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El asedio de Changchun

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En el norte de Changchun, antigua capital de Manchuria y centro industrial del noreste de China, hay un área residencial en decadencia a la que muchos consideran un lugar encantado y habitado por fantasmas. Pero lo que no todos saben es que su fama se debe a que allí fueron enterradas muchas de las víctimas de uno de los episodios bélicos más terribles de la historia de China y del mundo moderno.

Me refiero al sitio de Changchun, el cual se extendió desde el 23 de mayo al 19 octubre  de 1948, cobrándose entre 150.000 y 330.000 víctimas. El sitio tuvo lugar en el marco de la guerra, tras la expulsión de las fuerzas japonesas que habían dominado el posteriormente denominado “Estado títere de Manchuria” por parte de tropas soviéticas y mongolas (1945).

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Tras la retirada de los japoneses, el Guomindang (los nacionalistas chinos) tomó el control de Changchun, hasta que el comandante Lin Biao (arriba), del Ejército Popular de Liberación, la señaló como uno de los objetivos prioritarios de la Campaña Liaoshen y decidió asediarla.

Según el historiador noruego Odd Arne Westad, la rendición del Guomindang se produjo después de que Mao Zedong ordenase a Lin Biao atacar la ciudad de Jinzhou, operación que había estado en los planes del comandante meses atrás y cuya demora le reprocharía el líder de la Nueva China.

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Durante los 150 días que duró el sitio, y como medida de presión para las tropas nacionalistas, el Ejército Popular de Liberación no permitió salir a la población civil y recurrió a las armas para reprimir los intentos de escape de la desesperada ciudadanía, que quedó reducida a 40.000 supervivientes.

Es decir, hablamos de un episodio de esquilmación de la población civil comparable al de la masacre de Nanjing, aunque, todavía hoy, las fuentes oficiales recuerdan el suceso como una victoria “sin derramamiento de sangre”.

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Sin embargo, pese a la supuesta falta de violencia que el régimen atribuyó al asedio de Changchun, tendrían que pasar 40 años para que saliesen a la luz publicaciones más tarde censuradas como la del Coronel Zhang Zhenglu, quien en White snow, red blood (1989) ofrece una desgarradora crónica del inmerecido coste que tuvo la revolución para la sociedad civil.

En su libro, cuya información está basada en numerosos datos del ejército y testimonios de participantes y supervivientes, Zhang Zhenglu describe los límites a los que llegaron los habitantes de la ciudad, desde el comienzo del sitio, en el que todavía era posible comprar alimentos a un precio desorbitado, hasta su fase avanzada, cuando se hizo necesario ingerir insectos, el cuero de los cinturones, o las cortezas de los árboles.

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Sin embargo, tanto los testimonios recogidos por Zhang como los citados en diversos artículos y páginas conmemorativas hablan de casos que se adentran en los límites del horror, como los de las familias que tuvieron que comerse a sus miembros difuntos, los de perros criados cual ganado a base de cadáveres, o incluso los referidos a la venta de carne humana.

Muchos de los relatos conservados hablan de Changchun como una ciudad habitada por muertos vivientes, muchos de ellos enfermos e incapaces de moverse, y apestada por el hedor a putrefacción acentuado por el calor del verano.

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De hecho, de acuerdo con la investigadora Lun Ying-tai, de la Universidad de Hong Kong, la mayoría de los oficiales supervivientes a los que entrevistó al estudiar el asedio de Changchun se derrumbaron a la hora de rememorar sus experiencias, reacción muy habitual entre quienes padecieron más de cerca los desastres de la guerra civil.

En suma, una de las más terribles cicatrices de un país que pasó buena parte del Siglo XX asolado por las guerras y el hambre, y que lleva décadas acostumbrado a olvidar el pasado y luchar por un futuro mejor.

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