El transiberiano por etapas: Birobidzhán

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Como ya indiqué en la entrada previa, la decisión de visitar Birobidján fue un tanto arriesgada, en la medida en que se trata de una ciudad de apenas 80.000 habitantes conocida esencialmente como la capital del primer estado judío de la historia moderna. Sin embargo, ni mi mujer ni yo sabíamos hasta qué punto se trataba de un lugar con una herencia cultural propia, aunque nuestra compañera de compartimento, natural de Birobidján, ya nos avisó de que aquel lugar tenía más bien poco de pintoresco.

Karina también se extrañó de que quisiésemos visitar Birobidján por su peculiaridad religiosa, y nos advirtió de que allí no era posible encontrar nada remotamente similar a Israel, salvo las costumbres y negocios regentados por los judíos, quienes apenas constituyen un 5% de la población total.

De hecho, por mucho que Stalin se adelantase a crear esta “región autónoma judía” allá por 1928, ni el reconocimiento de los judíos como grupo nacional ni la cesión de esta tierra prometida bastaron para ponerlos a salvo del antisemitismo y las purgas sufridas por sus líderes hasta años después de la Segunda Guerra Mundial. En aquellos tiempos, la población judía de la región llegó hasta los 30.000 habitantes, pero al llegar los años 60 ya se había reducido a la mitad, y otros muchos marcharon a países como Israel y Alemania tras la caída de la Unión Soviética.

Ahora bien, para los judíos que se quedaron en Birobidján, el colapso de la Unión Soviética también supuso una nueva oportunidad para la reorganización y activación de sus prácticas religiosas, iniciativa que dio lugar a la apertura de la primera sinagoga en el año 2007.

Fuera como fuese, la propia plaza de la estación de tren de Birobidján recibe a los viajeros con una enorme menorá, el candelabro de siete brazos que representa la fe del pueblo hebreo y que anuncia el distintivo judío de esta ciudad y del Óblast al que pertenece.

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Tras descender del tren y sacar la foto de rigor a la estación de tren, la buena de Karina nos ayudó a llamar a un taxi local para llegar a nuestro hotel. Supongo que también podíamos haber tomado un autobús, pero lo cierto es que no encontramos información en inglés sobre las líneas disponible, y nos pareció mucho más razonable pagar los dos euros que nos pidió el taxista para recorrer los tres kilómetros que separaban el punto A del punto B.



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En cuanto al hotel en cuestión, pese a que no estaba precisamente en el centro de Birobidján, nos gustó mucho su ambiente casero, casi de posada, y aunque nos costó bastante comunicarnos con las señoras que lo regentaban, nos trataron de maravilla durante el poco tiempo que nos quedamos. Otro aspecto llamativo de este hotel era el tamaño de sus habitaciones, exageradamente enormes para el precio que costaban, así como la posibilidad de disfrutar de una sauna, tan típica por estos lares, aunque el calor del día no invitaba precisamente a ello.

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Nada más llegar a la habitación nos dimos una buena ducha y salimos disparados a dar una vuelta por la ciudad. La primera impresión que nos dio Birobidján fue la de una ciudad ordenada y tranquila, en la que reinan los bloques de apartamentos y las calles amplias, sin demasiados coches ni gente, rasgo que contrasta de lleno con las ciudades chinas que bullen de actividad a escasos 75 kilómetros de distancia.

Quitando algunas construcciones visiblemente deterioradas, en las que se delata la depresión económica vivida en los 90, el paisaje urbano se mantiene saludable y todo parece girar en torno a las plazas y avenidas principales, auténticos ejes de una ciudad diseñada casi enteramente a golpe de cuadrícula, aunque no carente de ciertas sorpresas, como la Iglesia de San Nicolás, una pequeña joya arquitectónica construida a base de madera.

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Mientras caminábamos en dirección al corazón de la ciudad, atravesado por dos grandes avenidas y una franja de parques reminiscentes del periodo soviético, presididos por monumentos como el de la siempre presente llama en honor de los caídos durante la Segunda Guerra Mundial. El centro de Birobidján también cuenta con algunas calles comerciales de cierto interés, pero los dos días en que las recorrimos mostraron un ambiente de lo más relajado, y dado que no somos precisamente unos locos de las compras, decidimos no perder más tiempo por allí y visitar otros lugares más interesantes como el edificio de la Filarmónica Regional o el paseo a orillas del río Bira.

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La Filarmónica Regional es un edificio bastante interesante desde el punto de vista arquitectónico. Marcado por un modernismo anguloso, lo imaginé irresistible para los amantes del brutalismo, si bien sus fachadas no lucen el característico “hormigón crudo” de Le Corbusier, que sí se aprecia en otros muchos edificios de la Unión Soviética. En cuanto al paseo fluvial (abajo), sin duda fue el lugar más transitado que encontramos, probablemente debido a las agradables vistas al río, en el que encontramos más de un pescador probando suerte, o al hecho de que el paseo contaba con un hilo de música popular al estilo de lo que ya encontramos en Vladivostok.

De camino de vuelta al hotel, en lo que serían los dos últimos kilómetros de los 8 que anduvimos ese día, exploramos algunas de las calles paralelas a la carretera principal y encontramos algún que otro local comercial o restaurante que exhibía una menorá en la puerta o el escaparate, aunque, tal y como nos advirtió Karina, no encontramos ningún otro signo visible del supuesto carácter judío de la ciudad.

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Sin embargo, al margen de las señas judías de Birobidján, si es que uno tiene la suerte de toparse con ellas, creo que visitar esta ciudad ofrece la oportunidad de experimentar el ambiente de tranquilidad y, ¿por qué no?, también de aburrimiento en el que viven los habitantes de una pequeña ciudad siberiana que, como muchas otras, fue levantada sobre la nada hace menos de 100 años.

En cuanto a si merece o no realizar una parada en esta ciudad, desde luego, no es la mejor idea si solo vamos a realizar dos o tres paradas a lo largo del transiberiano, pero si hay posibilidad de parar  más a menudo, tampoco es un mal lugar parar descansar en el trayecto entre el lago Baikal y Vladivostok.

En general, mi mujer y yo pasamos una tarde de paseo bastante agradable, y el día siguiente dispusimos de todo la mañana para dormir a gusto, degustar la deliciosa comida casera de las señoras del hotel, dar una última vuelta por el centro de Birobidján y comprar provisiones para el viaje con destino a Chitá.

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Por cierto, entre los productos que compramos para el viaje, no faltaron unas salchichas alargadas y con la punta torcida que probamos en Vladivostok y que nos encantaron. Pero no penséis que nos las comíamos frías, porque, igual que ocurre en los trenes chinos, los rusos cuentan con unas máquinas de agua caliente (prácticamente hirviendo) que se puede utilizar para preparar un café, una infusión, u otras cosas.

Nosotros decidimos utilizar uno de los termos que llevábamos para poner las salchichas dentro y calentarlas con el agua caliente. Sé que puede sonar un poco estrafalario, pero os aseguro que nos sentíamos como unos reyes después de comer unas buenas salchichas calientes ayudadas con un puré de patatas instantáneo. Por supuesto, también es posible pedir un menú en el vagón restaurante o hacer que lo traigan al compartimento, pero está totalmente aceptado que los viajeros lleven su propia comida (queso, embutidos, fruta, etc.), y tampoco viene mal ahorrar unos rublos, sobre todo cuando el viaje cuenta con muchas paradas.

Sin embargo, todavía nos quedaban otros muchos trucos de viaje que aprender, como el que vimos realizar a nuestros nuevos compañeros de compartimento; Andre y su hijo de nueve años, Igor. Y es que, cuando uno tiene por delante toda una noche y más de tren, no es muy buena idea pasar el rato con las ropas de viaje puestas, sobre todo los días en que hace más calor. Al contrario, lo mejor es aprender de los rusos y ponerse una bermuda y una camiseta ligera en cuanto arranca el tren, ya que estas prendas son más fáciles de lavar y con ellas ahorramos en cambios de ropa interior y camisetas.

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Respecto de el viaje en sí, volvimos a tener suerte de poder conversar en inglés con Andre, quien, además de ser un hombre muy amable y humilde, trabajaba en una empresa de telecomunicaciones. Aquella fue la primera vez que tratamos con una familia rusa, y tengo que decir que me impresionaron muy gratamente el cariño y la paciencia con la que Andre trataba a Igor, sobre todo cuando este último se mareó. Es decir, nada más lejos del tópico de hombres fríos que suele asignarse a los rusos.

Por otra parte, al atardecer se acercó a nuestro compartimento un joven de 21 años llamado Anton, quien sentía una gran curiosidad e interés por nosotros, aunque sus ganas de hablar y su reticencia a marcharse acabaron cansando un poco a Andre. Más tarde, el padre de familia nos contaría que hay muchos jóvenes que, como Anton, abandonan los pueblos y ciudades pequeñas para tratar de buscar trabajo en urbes más grandes, aunque no siempre tienen suerte y acaban padeciendo todavía más penurias que las que pasaban sus padres o abuelos en el pueblo.

Sin embargo, además de por la compañía que disfrutamos, recordaré el trayecto entre Birobidján y Chitá por ofrecernos algunas de las vistas más bonitas de todo el viaje, especialmente en el paso por pueblos como Mogocha, con el que finalizo el relato de esta etapa.

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2 comentarios en “El transiberiano por etapas: Birobidzhán”

  1. Javier, ¡que maravilla de viaje! y de comentarios también. ¿Podrías pasarme al final los hoteles que estén bien durante la ruta? Tenemos pensado hacer el mismo viaje, y eso nos ahorraría esfuerzos y decepciones…Muchas gracias!

    1. ¡Muchas gracias Marta! En cada etapa voy poniendo enlaces a los lugares en que pasamos la noche, pero en cuanto saque un hueco busco los enlaces y te los paso.

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