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No es país para bichófobos

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Desde que era muy pequeño, siempre me he considerado un amante de los animales y estoy seguro que muchos de mis compañeros de escuela me recuerdan como un pesado del medio ambiente y la conservación de especies, siempre y cuando tuviesen menos de 5 patas. Al resto ya le podía fulminar un apocalipsis cortesía de Raid, que no me verían llorar en el funeral. Y es que servidor padece un serio pavor a grandes insectos, ciempiés y arácnidos que debía haberse mirado antes de viajar a China Central, una de las zonas de mayor interés para los amigos de estos animales.

La primera pista del error que había cometido la recibí nada más llegar al campus de la Universidad de Wuhan, que bullía con todo tipo de cri-cris de timbre, tonalidad y volumen infernal. La segunda pista consistió en las pequeñas cucarachas que asomaban por los recovecos de la insalubre celda habitación en la que pasé aquella primera noche de septiembre. Pero, inocente de mí, en aquel momento me convencí a mí mismo de que se trataba de los mismos monstruitos domésticos con los que ya había “convivido” en la parte vieja de Pamplona y San Sebastián.

La confirmación de mi horror bichófobo llegó apenas la noche siguiente, mientras yo y otros recién llegados entablábamos algo de conversación en el patio de la residencia estudiantil. De pronto, me pareció que por allí cruzaba a toda velocidad una especie de erizo con las púas como muy coordinadas, pero lo que yo imaginé o quise imaginar como un simpático vecino mamífero se reveló como un individuo de la especie Thereuopoda Clunifera, bastante similar al que luce el insensato de la foto.

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No os puedo decir la cantidad de veces que soñé que el miriápodo aquel me aparecía por el retrete, pero os aseguro que fue muy duro para mí saber que los primos de aquel engendro espeluznante se paseaban tranquilamente por lo que los humanos de aquellos lares considerábamos como nuestros dominios más íntimos.

Después llegó el invierno y la mayoría de los animales de más de 4 patas pasaron a mejor vida o se fueron a hibernar, pero en cuanto llegó la primavera resurgieron a cientos y juraría que con muchas más ganas de asquear al personal.

Para mí lo peor de todo fue descubrir que las cucarachas que me habían hecho compañía durante el otoño y el invierno, a las que estuve a punto de bautizar, no eran más que unas birrias malnutridas en comparación con los tanques invertebrados que tomaron el baño y la cocina de mi humilde apartamento.

Sin embargo, salir fuera de casa tampoco suponía demasiado alivio, porque en las calles del campus proliferaba un tipo de arácnido todavía más difícil de ver: el escorpión de látigo o vinagrillo del sudeste asiático, que recibe este nombre porque sus glándulas anales pueden expulsar una sustancia con olor a vinagre. El animal en cuestión se alimenta de pequeños insectos y miriápodos, y es totalmente es inofensivo para el ser humano, pero su gran tamaño (hasta 15 centímetros) y su fea costumbre de dejarse aplastar por motos y coches lo convierten en un poderoso agente vomitivo.

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Por cierto, el miedo a estos animales puede afectar igual a las personas nativas, por muy expuestas que estén a este tipo de fauna. Esto lo descubrí una tarde que estaba escuchando a un colega tocando la guitarra, cuando me fijé que uno de estos escorpiones se le acercaba por detrás. Yo no dije nada por no parecer un cobardica y porque sabía que no hacían nada, pero resultó que el tío les tenía todavía más miedo que yo y su concierto culminó con una espectacular erupción de aspavientos y juramentos en lengua asiática.

Bromas aparte, el caso es que mi mujer y yo llegamos a correr un peligro real a manos de otro conocido miriápodo. Todo ocurrió una plácida noche de junio y, como de costumbre, justo antes de acostarnos. Estábamos los dos viendo una serie plácidamente cuando, de pronto, mi mujer pegó un salto del sofá y empezó a gritar apuntando al suelo. Entonces, haciendo gala de mi raciocinio y valentía, me puse a imitar sus movimientos de forma histérica, hasta que mi dedo apuntó accidentalmente al bicho en cuestión, que no era sino una pedazo de escolopendra.

Sobre estos animales, conviene aclarar que su picadura no es mortal (a menos que genere un shock anafiláctico) y resulta menos grave de lo que muchos piensan, pero puede ser muy dolorosa. Ahora bien, no me diréis que no se os pone la carne de gallina al pensar que podéis tener un amiguito como el de la foto debajo de la cama.

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Pues eso, que lo tengáis en cuenta antes de meteros en tierras chinas asilvestradas y que me perdonen los amantes de los artrópodos, a quienes invito a darse una vuelta por el sur de China, aunque sea de forma virtual. Allí podrían encontrarse con especies tan impresionantes como la Phryganistria chinensis Zhao o la Mosca DobsonSeguro que no les decepciona.

Comments

  1. Me parto! Aunque supongo que si tuviera yo que vivir con estos animalitos no me haría tanta gracia..

  2. Como te comprendo jajajajaja….
    Yo tengo una pequeña fijación con las arañas. A partes iguales me apasionan y aterrorizan. Me parecen impresionantes. Y las saltarinas me caen muy bien.
    La cuestión es que muchos de estos insectos que tanto aborrecemos, son estupendos cuidadores del medio ambiente, sin los cuales habría más bichejos sueltos por ahí 🙂

  3. Buen artículo, me he reído muy a gusto. Me gustaría comentar que dos de los amiguetes que comentas tienen primos en España, y no es tan difícil verlos. En Juslibol (Zaragoza) hay escorpiones y escolopendras iguales o más grandes que las de la foto. Una de ellas nos cayó del techo mientras trabajábamos en un conocido centro empresarial. No hace falta decir que hubo aspavientos y los bailes característicos.
    Muy buen artículo, un saludo.

  4. Santo dios! qué bichos tan feos! Yo sé que esto no va a sonar bien (porque no está bien jaja), pero, ¿cómo se mata algo así? ¿Qué matamoscas* se ocupa? jaja
    *en mi país todo se mata con matamoscas.

    • Normalmente tratamos de devolver a los bichos a su hábitat recogiéndolos con la escoba y la pala y lánzándolos por la ventana, pero la escolopendra se movía mucho y tuvimos que rociarle algo de insecticida para reducirla. Me dio un poco pena verla retorcerse, pero se me pasó bastante rápido 😆

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