The show must go on: la curiosa relación entre los trabajadores chinos y los escenarios

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Puede que a algunos esto les suene curioso, porque en Occidente impera una concepción muy gris del mundo laboral chino, pero lo cierto es que una gran parte de los funcionarios y los empleados de empresas disponen de una variedad de actividades culturales que, muy a menudo, incluyen preparar una actuación en vivo para disfrute del público, del resto de la plantilla y de los siempre presentes “líderes” (领导).

A mi entender, esta tradición bebe de dos fuentes principales: la primera es la centenaria costumbre de ofrecer entretenimiento a los ociosos miembros de las clases privilegiadas, a personas de rango superior o a los anfitriones de casi cualquier reunión que se precie. La segunda fuente se remonta unas cuantas décadas atrás, cuando China era un país comunista con claros tintes totalitarios, y las Unidades de Trabajo (单位), antepasadas de las actuales empresas estatales, se encargaban de controlar, organizar y cubrir casi todas las necesidades de sus empleados, incluidas las culturales y las de ocio.

Normalmente, estos espectáculos se concentran en fechas señaladas, como las vísperas de Año Nuevo o el día nacional (1 de octubre), pero también pueden celebrarse con motivo de un nuevo proyecto gubernamental, la inauguración o el aniversario de una empresa u oficina, el comienzo de un curso, el lanzamiento de un nuevo producto, o por el simple capricho de quien pueda permitirse semejante despliegue artístico.

En cuanto a las formas de entretenimiento, lo cierto es que antes de los 80 era más complicado ofrecer actuaciones no aprobadas por los caprichosos censores del régimen, incluso aunque fuesen parte de la propia herencia china, como bien muestra la película Adios a mi concubina (1993) Pero hoy en día no resultaría nada extraño que, por ejemplo, al Departamento de agricultura de la alcaldía de Chengdu se le ocurriese preparar una coreografía al ritmo de Enrique Iglesias (o algo todavía peor) para celebrar el aniversario de la Nueva China.

En fin, me imagino que a algunos se os quedará el culo torcido imaginando a vuestros funcionarios favoritos ensayando pasos de Michael Jackson o haciendo gorgoritos a lo Madonna en sus ratos libres, pero os juro que esto constituye una parte sustancial del calendario de trabajo en China.

Por si fuera poco, en los últimos años, las empresas privadas han añadido otro ingrediente más a este peculiar cocktail cachondo-laboral, que no es otro que el de las odiosas actividades de motivación tipo coaching procedentes de Estados Unidos. Como resultado de ello, en las aceras y espacios públicos los viandantes ya no solo se deleita con los célebres grupos de baile de maduritos y jubilados, sino también con los números de grupos de empleados visiblemente desganados o simplemente asqueados.

Y es que, una cosa era cantar las glorias del partido o del socialismo cuando no había otra cosa y, por lo menos, el Estado pagaba comida y hogar, y otra muy distinta es hacer el payaso porque a un señor emprendedor, con papá bien apoltronado y pocas ganas de pagarte los salarios atrasados, le parece que es una buena forma de atraer clientes.

En cualquier caso, al margen de que se trate del sector público o del privado, y al margen de que nos encontremos ante una sublime interpretación artística o de cuatro sinvergüenzas haciendo el indio, se supone que esta forma de insertar el entretenimiento en el ámbito laboral ofrece grandes ventajas a la hora de mejorar las relaciones entre los empleados y suavizar las tensiones con los superiores,  y hasta hay quienes aseguran que supone una oportunidad para ascender en la jerarquía.

Durante sus todavía escasos años de experiencia en China, servidor ha presenciado cantidad de eventos de este tipo y hasta ha participado en más de uno de ellos (con bochornoso resultado), porque en este país no hay nada mejor que un exótico extranjero sometido a las fuerzas  del escenario para sorprender a la audiencia y honrar a los líderes. Y es que, en cierto sentido, todo esto no supone más que una ofrenda para la parte más selecta de la audiencia.

Es decir, igual que ocurría con la rubia de King Kong, la actuación anual o semestral de los funcionarios del departamento de turno constituye un sacrificio que se realiza en honor de los superiores y que, en caso de mostrar un buen nivel de ejecución y/o entrega, puede puntuar incluso más alto que muchos de los criterios laborales que en Occidente consideramos vitales para garantizar un buen grado de eficiencia. No en vano, muchas de estas celebraciones se llevan a cabo en forma de concurso, y los departamentos pueden llegar a competir muy duro para ofrecer el mejor show de la esperada noche.

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Sin embargo, está claro que si se eliminase la presión por parte de los superiores, buena parte de los empleados más jóvenes pasarían olímpicamente de perder el tiempo en estas cosas, porque en la China de hoy, gran parte de las actividades de entretenimiento y ocio más populares ya están en manos del sector privado, y basta con pagar para acceder a ellas. Ahora bien, a medida que los trabajadores se van haciendo mayores, es posible que empiecen a agradecer la posibilidad de dedicar un tiempo a la semana a actividades más o menos “culturales” en un ámbito ajeno al de la familia, sobre todo si no hay que pagar un duro por ello.

Dicho esto, también me planteo que este tipo de eventos funcionen y se mantengan dentro del sistema económico y administrativo de China debido a sus bajos niveles de transparencia. Me explico:

Puede que suene un tanto sorprendente, pero en este país muchas veces resulta difícil enterarse de para qué demonios hacemos lo que hacemos en nuestro trabajo, y esto es debido a que los cargos de alto rango, tanto los del sector público como los del privado, no sienten el deber de informar y coordinar a sus empleados para garantizar el logro de los objetivos.

Como muchos sospecharéis, este problema tiene mucho que ver con la corrupción y las pocas ganas de dar explicaciones a los ciudadanos y empleados sobre el uso del dinero público o la contabilidad de la empresa. Pero también tiene que ver con la competencia y las luchas internas entre altos cargos, a los que muchas veces se les resulta más rentable ofrecer una imagen de eficiencia que una realidad de ella. En Europa o en Estados Unidos esta imagen de eficiencia tiende a venderse a través de los medios de comunicación, con las típicas fotos y vídeos de políticos  o empresarios soltando el rollo sobre nuevos y vistosos planes, o posando junto al primer ladrillo de un hospital.

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No obstante, en China todavía hay muchos líderes que prefieren los actos públicos al estilo de las viejas Unidades de Trabajo, con encuentros de tipo festivo y de acceso mucho más limitado, aunque con un efecto quizás más intenso sobre los presentes. Al fin y al cabo, si la ciudadanía o los empleados tiene poco o nada que decir sobre los proyectos políticos, ¿no resulta más rentable intentar vender la moto solo a los que sí tienen algo que decir? Así pues, mejor centrarse sobre ese círculo de personas influyentes para informarles, para hacerles pasar un buen rato, para que se sientan respetados y honrados, y para que nos ayuden cuando lo necesitemos.

Fuera como fuese, tanto si se recurre a la reunión de prensa como a la reunión en un auditorio (o ambas), el objetivo es el mismo: crear la ilusión de que se está haciendo algo importante, calmar las dudas o críticas de empleados y ciudadanos mediante una puesta en escena, y recurrir a los cantos de sirena para atraer más inversión.

También es muy posible que estas actividades culturales o de ocio respondan a esa herencia política que se obsesiona por controlar a los ciudadanos en diversos ámbitos de sus vidas y por encauzar su impulso de asociación hacia vías bien conocidas por el gobierno. Dicho de otro modo: a lo mejor a algunos todavía les conviene que los funcionarios establezcan lazos entre ellos y se entretengan dentro de actividades monitorizadas por la jerarquía política, en lugar de triscar alegremente por el apenas inexplorado terreno de las asociaciones libres y/o espontáneas.

Ahora bien, ¿qué parte del dinero se invierte realmente en las carreteras y los puentes (por poner un ejemplo), y qué parte se pierde en ensayos de baile y en otras formas de “contentar” a los superiores y entretener al personal? Me temo que eso no lo podemos saber en la actualidad, pero es muy posible que el gobierno imponga cada vez más límites a esta práctica, igual que ya hizo hace unos años con la costumbre de los funcionarios de regalarse opíparas comidas y cenas a costa de las arcas públicas. Aun así, eso no quita que no podáis asistir a una de estas celebraciones, que disfrutéis de sus variadas actuaciones y que incluso os abandonéis a los encantos de un impecable moonwalk ejecutado por el técnico de obras municipales.

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