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Lo que he aprendido sobre mí desde que emigré a China

Hay que ver las vueltas que da la vida. Durante la mayor parte de mi corta existencia nunca fui una persona demasiado interesada por los viajes. De hecho, monté por primera vez en avión cuando ya tenía 26 añazos y por aquel entonces ni se me pasaba por la cabeza la posibilidad de quedarme a vivir en un país como China. Yo siempre me había sentido muy satisfecho y hasta orgulloso de mi sedentarismo y la idea de envejecer en la pequeña Bera me parecía más que razonable.

A fin de cuentas, si de eso se trata, estudiar las muchas caras del ser humano en sus diferentes culturas es algo que hoy en día puede hacerse sin ninguna necesidad de viajar. Para eso basta con leer las obras destacadas de la antropología, aunque muchas veces preferimos engañamos y pensar que lo mejor es tomar un avión y plantarnos en X país, sin ninguna otra fuente de contexto que la de la guía turística de turno.

Obviamente, la experiencia de vivir en otra sociedad ofrece una amplia gama de cosas que los libros y documentales no son capaces de darnos. Por ejemplo, la sensación que deja la interacción social en clave local es un aspecto del día a día que todavía resulta muy difícil de transmitir. Se puede intentar mediante palabras o documentos audiovisuales, pero el resultado nunca llegará a ser como el hecho de estar allí, porque nuestras realidades son sumamente complejas y están llenas de detalles imposibles de transferir de forma virtual.

Ahora bien, sabemos que a nuestro cerebro no le hace demasiada gracia lidiar con todos esos detalles y tras la sorpresa inicial y las correspondientes reflexiones, pasa rápidamente a obviar y reducir dichos detalles a pequeños e invisibles ladrillos que conforman nuestra rutina. Ya que, por mucho que viajemos o aunque nos lleguemos a ganar la vida de ello, la rutina siempre acaba apareciendo de una forma u otra, por el simple hecho de que tenemos una serie de necesidades biológicas que deben ser satisfechas por vías que admiten un grado de flexibilidad amplio pero limitado.

Es decir, en el mundo puede existir una barbaridad de formas diferentes para alimentarse, pero la práctica totalidad se produce introduciendo alimentos por la boca y en todas las sociedades existe una tendencia a tratar de garantizar este proceso por medios predecibles y reproducibles.

En mi caso, lo cierto es que ya hace tiempo que aprendo mucho más de lo que leo sobre China que de lo que experimento en ella. Y aunque he probado y sigo probando cantidad de cosas nuevas en este gran país, siento que la curva de lo que puedo obtener mediante “nuevas experiencias” aquí es mucho menos empinada que la que asoma frente al conocimiento producido por personas que se han molestado en investigar cualquiera de sus temas a fondo.

Sin embargo, hay algo muy valioso que he aprendido de vivir en este país y de mis repetidas mudanzas de una provincia a otra, aunque me temo que no tiene tanto que ver con otras culturas, sino conmigo mismo.

Me explico. Al contrario de lo que ocurre cuando empremos un viaje turístico, tras el cual sabemos que nos espera el hogar, una mudanza a tierras desconocidas y extrañas implica llegar con lo puesto y empezar prácticamente desde cero, sin la posibilidad de regresar a los brazos de la tan odiada como deseada rutina. Y a mí esto es algo que me costó horrores hacer la primera vez, cuando tenía 21 años y me mudé a Pamplona, una ciudad situada a apenas 45 minutos de carretera desde mi pueblo natal. Aunque suene difícil de creer, lo cierto es que en aquellos momentos lo pasé muy mal por el hecho de separarme de mi familia y de mis amigos del pueblo, aunque los visitase cada fin de semana.

Es más, transcurrirían muchos años hasta que me plantease volver a alejarme de ellos. Pero esta vez, en parte por el empeoramiento de las oportunidades laborales y en parte quizás por mi mayor grado de madurez, me sentí más animado a dar el paso. Después de mi primera estancia en Irlanda, de unos 3 meses, el año siguiente pasé 2 meses en Berlín y poco después de aquello vino China, con periodos de entre varios meses y hasta dos años en 5 provincias diferentes, y llegando a pasar 22 meses seguidos sin volver a casa.

Y sí, es cierto que estas estancias y mudanzas en China las he realizado casi todas acompañado de Lele, quien me ayuda muchísimo en los procesos de adaptación. Además, en China hoy en día abundan las oportunidades de trabajo para personas con mi nivel de formación, por lo que resulta más fácil moverse si ocurre que no estamos satisfechos con nuestra situación. Sin embargo, los primeros cambios de hogar me siguieron suponiendo un reto psicológico y ciertas dosis de angustia, en la medida en que implicaban que me desapegase de cantidad de cosas que me ofrecían una sensación de seguridad.

Puede que a algún lector le sorprenda oírme hablar de desapego, un término muy usado en la retórica del budismo, al cual he dedicado más de una crítica en este blog. Sin embargo, lo cierto es que antes de emigrar pasé varios años practicando meditación y yoga regularmente para tratar de solucionar ciertos problemas personales. Recuerdo que entonces pensaba mucho sobre la necesidad de aprender a disfrutar de la vida sin aferrarme a aquello que más apreciaba (sobre todo mis amigos y mi pareja). No obstante, tengo que reconocer que ni la meditación ni el yoga me sirvieron de mucho cuando llegué a China y me di cuenta de lo realmente lejos que estaba mi familia si me ocurría algo grave.

Las técnicas de meditación y relajación pueden venir muy bien para combatir los episodios de ansiedad que pueden acompañar al proceso de emigrar. Pero al final siempre hay momentos en los que uno simplemente lo pasa mal y tiene que apechugar con ello.

Afortunadamente, esto sí es algo que se cura con el tiempo, ya sea porque se nos fortalece el corazón o porque nos apañamos para rodearnos de buena gente. Además, cuesta cada vez menos repetir la jugada y a veces hasta se le coge el gusto, al menos mientras uno goza de buena salud.

Por eso, aunque todavía no tengo muy claro si estoy aquí porque elección personal o porque no me queda otra, ahora puedo decir que me siento contento ante la idea de quedarme en un país como China, a la que considero mi segundo hogar y en la que ya tengo una segunda familia que me acepta plenamente.

Dicho de otro modo, mediante esta experiencia he aprendido que puedo tener una vida satisfactoria en un ambiente cultural muy diferente a aquel en el que crecí, aunque esto sí que no hay manera de saberlo leyendo libros o mediante cualquier otro tipo de proceso de tipo intelectual/espiritual. Para eso no queda más remedio que hacer las maletas y marcharse, aunque si alguien tan miedoso como yo ha podido hacerlo, prácticamente todo hijo de vecino puede.

Comments

  1. Lo más importante de tus relatos es el corazón y sentimiento que pones en ellos y aprecio tu inseguridad consustancial al ser humano.Suerte.

  2. Yo también me he movido un poco por estudios (Canadá y Países Bajos) y me da la impresión de que los españoles y los italianos nos desquiciamos bastante más que otros con el tema de tener la familia lejos, quizá por no empezar a salir de casa más jóvenes, como hacen en otros sitios. Podemos hablar de desapego, pero creo que estamos muy condicionados culturalmente a intentar tener cerca a la familia.

    • Comparto plenamente tu opinión sobre nuestro apego a la familia. No sé si se debe solo al carácter algo menos individualista de nuestra cultura o a que la economía no nos ayuda demasiado, pero es cierto que no sentimos tanta prisa por separarnos del hogar y quizás eso se nota cuando nos toca emigrar. A mí, además, me da la impresión de que somos muy de juntarnos con nuestros paisanos cuando estamos en el extranjero, aunque esto también podría tener algo que ver con la sensación de precariedad económica.

  3. Veo mi vida reflejada en tu texto de una forma tan nítida que lo he releído. Una vez más felicidades por tu pasión escribiendo. Pones mucho más que corazón en cada entrada y eso me lleva a resaltar nuevamente la calidad de tu blog. Pones un cuidado exquisito tanto en la redacción del texto como en la fotografía que adjuntas. De mi etapa en China saco en positivo muchas cosas; desde aprender a apreciar lo que tengo en la vida (después de visitar ciertas zonas rurales), pasando por aprender a estar solo (completamente solo, sin entender absolutamente nada o muy poco), hasta redescubrir el amor. Después de esto creo que sería capaz de formar parte de una misión a Marte sin entrar en pánico o sentir soledad. Hasta ese punto me ha servido mi tiempo en China

  4. Yo me siento más o menos identificado con tu texto, aunque la diferencia es que yo siempre me vi motivado y animado para viajar, aunque nunca me fue posible hacerlo hasta hace bien poco.

    Yo crecí en las sierras orientales de Jaén, en un pueblo pequeño de apenas 2.000 habitantes del que apenas había salido hasta que cumplí los 18. Fue entonces cuando me mudé a la capital para estudiar y reconozco que el primer año, sobre todo al principio, se me hizo muy cuesta arriba y eso que volvía a casa todos los fines de semana prácticamente. Así que en mi segundo año de carrera, decidí coger el toro por los cuernos y pedir una Erasmus a Polonia, yendo yo solo. Pasé allí unos 7 meses y mentiría si te dijera que no lo pasé mal al principio (mi primera vez en el extranjero y fue para pasar 7 meses), pero también la experiencia me quitó el miedo a repetir. Y ahora simplemente adoro salir de la rutina para descubrir cosas nuevas.

    Eso me ayudó bastante a venir a China, un poco por gusto (ya lo intenté antes con una beca que no salió) y un poco empujado por la situación económica (tras tres años en paro y/o trabajando por cuatro duros en negro). Llegué a China con una maleta y 300 euros en el bolsillo y el proceso de adaptación, aunque fue muy duro por momentos, para mi fue bastante emocionante y enriquecedor. Todo me sorprendía, todo me llamaba la atención y nunca paraba de querer probarlo y verlo todo. Creo que es esa sensación de curiosidad y de sorpresa ante lo desconocido la que me empuja a querer viajar y seguir aprendiendo cosas in situ.
    Hoy día, la verdad, y tras tres años en China, no tengo planes de marcharme. He conseguido un nivel de chino bastante alto, tengo un trabajo que adoro y además mi pareja también es china, como el 90% de mis amigos aquí. Me siento bastante bien integrado pese a todo y veo China como mi segunda casa prácticamente.
    Y todo esto pensando que hace apenas 10 años, nunca había salido de España. La vida da muchas vueltas.

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