Represión sexual en la China del crecimiento

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Hace unos días volvía a encontrarme con la recurrente noticia de los “trastornos” sexuales que están afectando a Japón, cuya juventud parece cada vez meno interesadas en el tipo de relaciones productivas que el Estado requiere para mantener un nivel demográfico acorde a los objetivos económicos.

La noticia ha provocado todo tipo de comentarios más o menos jocosos allá donde se ha extendido, pero también unas cuantas reflexiones interesantes acerca de la estrecha relación entre el control de la sexualidad y el desarrollo económico.

Reconozco que ignoro las causas que dicho fenómeno pueda tener en el país del sol naciente, pero sí que puedo ofrecer unas pistas sobre el también peculiar estado de la sexualidad en China, gracias a algunos de los estudios que realicé durante el trabajo de campo de mi tesis.

Dentro de esta materia, una de las diferencias más visibles y recurrentes entre Japón y China consiste en la aparentemente radical diferencia de posturas de ambos gobiernos sobre materiales sexualmente explícitos y la pornografía.

Mientras en China resulta casi imposible ver un pezón femenino o un pubis en los medios visuales, Japón ha sido y todavía es imaginada por los chinos como el paraíso del destape y como un país poblado por degenerados sexuales (idea alimentada por algunas de las atrocidades cometidas por los nipones en la 2ª Guerra Mundial). Sin embargo, este estereotipo ha comenzado a revelar ciertas incongruencias entre los internautas chinos desde que se extendieron las noticias sobre la aparente falta de interés de los japoneses por echarse novia.

“¿Es que están tan perturbados por el porno que ya pasan de novias?”, me preguntó un colega de Wuhan en una ocasión, a lo que una amiga respondió: “quizás es que están demasiado cansados después de trabajar todo el día, igual que nos pasa a nosotros”.

Su respuesta nos dejó pensativos, como cuando, casi sin quererlo, alguien nos ofrece esa “explicación simple” y convincente filtrada por el principio de la Navaja de Ockham.

Por supuesto, la cuestión no se reduce simplemente a ese factor, y para los que estén dispuestos a complicarse un rato, ahí están las aportaciones de más de un siglo de psicoanálisis para reflexionar sobre la relación entre represión sexual y producción cultural e industrial. Pero como sé que la simple mención de Freud y sus seguidores repele a cantidad de lectores de toda índole, permitidme atacar el asunto desde la perspectiva económica.

Seguro que gran parte de los que estéis leyendo este artículo os habéis cruzado alguna vez con datos que hablan de que una sesión de sexo en pareja (o en grupo, supongo) equivale a correr varios kilómetros. Coincido en que en ocasiones dichos datos pueden sonar algo exagerados, pero supone un hecho contrastado que practicar sexo conlleva un gasto de energía relativamente alto.

Así pues, ciertamente es muy posible que en los países donde trabajamos ocho horas diarias, o menos, nos podamos permitir “correr” esa kilometrada cada tres días, dos días, o incluso cada día, ¿pero qué ocurriría si tuviéramos que trabajar más de 10 horas al día?

Es más, ¿qué sucedería si, durante las edades en las que se supone que comienza a desarrollarse nuestra sexualidad, tuviésemos que dedicar prácticamente todo el día al estudio? ¿Y si durante la adolescencia nuestros padres y profesores nos repitieran una y otra vez que echarnos un novio o novia durante el instituto supondrá tirar nuestro futuro a la basura?

Pues bien, esto es precisamente lo que ha ocurrido en China durante, al menos, los últimos 15 o 20 años, en los que millones y millones de estudiantes han sido educados bajo la lógica explícita de que el sexo constituye una distracción fatal para la conquista del sueño de prosperidad al que se lanzó el país a partir de los años ochenta.

Algunas de las medidas de represión que, todavía a día de hoy, se aplican en la mayoría de institutos del país pueden resultar realmente sorprendentes teniendo en cuenta que hablamos de una cultura casi ajena al concepto de “pecado original”.

En la fase de preparación que va desde los 15 a los 18 años, las relaciones entre alumnos están prácticamente prohibidas, y a medida que los estudiantes entran en la fase final de la preparación para la selectividad, los centros declaran una auténtica “guerra” a lo sexual; una batalla en la que, muy a menudo, familias y profesores colaboran codo con codo, obligando a las parejas descubiertas a dejar de lado su relación.

Los chicos y chicas que viven internos, opción muy común en la China actual, ven como la extenuante disciplina de estudio invade casi cada minuto de su día a día, devorando el espacio para lo lúdico, lo sensual, y por supuesto, lo sexual. Dentro de las clases, no resulta raro que los alumnos modélicos, o los delegados de la clase actúen como “informantes” de las relaciones entre los estudiantes, uno de los aspectos a controlar más cruciales a la hora de hacer que el centro educativo obtenga buenos resultados dentro de la fiera competencia que reina en el sistema educativo chino.

Obviamente, sigue habiendo muchos jóvenes que se salen con la suya a base de rebeldía o manteniendo sus amoríos en secreto, pero una buena parte de ellos acaba optando por el autocontrol, convencidos de que constituye el complemento ideal para acabar logrando esas décimas que les permitan acceder a las mejores universidades, y poder así mantener o aumentar el nivel de dignidad o “cara” (mianzi) familiar.

Pero todavía hay más, pues a pesar de que el acceso a la universidad permite a muchos estudiantes (sobre todo hombres) librarse de la férrea represión y persecución sexual sufrida en el instituto, buena parte de ellos continuará padeciendo la presión ejercida por los padres, aunque esta vez en sentido contrario, hacia el imperativo de buscar una pareja “aceptable” y casarse.

Tener a los padres de lado del objetivo de encontrar pareja podría sonar como una recompensa tras los sacrificios realizados durante la educación secundaria, no obstante, para muchos supone todo lo contrario. Y es que, desde su punto de vista, casarse no supone un acto de realización personal, sino más bien un nuevo paso para conquistar las altas expectativas de los padres, muchos de los cuales se reservará el derecho de seleccionar posibles candidatos o rechazar aquellos elegidos por los propios hijos.

Por otra parte, mientras los hombres se enfrentan al enorme reto de tener que comprar una vivienda para poder casarse (condición prácticamente sine qua non a día de hoy), las mujeres animadas a seguir estudiando ven como tal apuesta se traduce en mayores dificultades para acceder al matrimonio, debido al profundo rechazo que muchos hombres sienten ante la idea de casarse con alguien más preparado.

El resultado: alcanzar el modelo de sexualidad en pareja aprobado y promovido por la sociedad constituye un objetivo que acarrea grandes dosis de tensión.

Al mismo tiempo, para muchos ciudadanos chinos, dejarse llevar por sus impulsos sexuales implica tener que aceptar grandes dosis de culpabilidad, miedo, malestar y decepción, hecho que hace que buena parte de la población acabe relegando dicho aspecto de la vida a otros planos de menor importancia.

Durante el tiempo que llevo en China, he conocido varias parejas que se han casado y han formado familias guiadas por esta especie de “renuncia” a lo sexual. También he tratado con jóvenes a los que la simple idea del sexo les producía temor, matrimonios que han optado por separar convivencia y vida sexual, y no pocos maridos sin reparos a la hora de recurrir a la prostitución como vía para satisfacer sus impulsos.

Se trata de soluciones que millones y millones de ciudadanos siguen abrazando acosados por la enorme presión de las expectativas familiares, pero que probablemente no se puedan mantener por mucho más tiempo.

Cada vez que pienso sobre el proceso de modernización y desarrollo económico de China desde esta perspectiva, me acuerdo de las obras de Herbert Marcuse, pensador al que debemos buena parte de lo que se conquistó en Occidente tras Mayo de 1968.

Me refiero en especial a Eros y civilización, y también a la célebre El hombre unidimensional, dos trabajos con los que trató de alertarnos sobre los riesgos de que el desarrollo nos condujera a un futuro distópico que, a lo mejor, no se está fraguando en Europa o Norteamérica, como él pensaba, sino en las sociedades de lo que llamamos Asia Oriental.

Al fin y al cabo, mientras en Occidente se sigue recurriendo principalmente a ideas religiosas para disciplinar nuestros impulsos, en China, la cuestión de la represión sexual y el puritanismo se ha convertido en una opción “técnica” que gobierno y ciudadanos abrazan por su supuesta eficacia en términos económicos.

Me pregunto si esta tendencia no constituye un nuevo hito en nuestra rendición al pensamiento instrumental y a nuestra fascinación por la técnica, y si no acabará suponiendo un nuevo retroceso en las conquistas del pensamiento crítico y la libertad sexual, tal y como temía Marcuse.

7 comentarios en “Represión sexual en la China del crecimiento”

  1. No solo ocurre en Asia Oriental, pues en países del Golfo también existe una represión sexual elevada a dogmatismo reprobable por condenas criminales. Al igual que en China, y quizá incluso en mayor grado, el contacto físico aunque sea un beso en la mejilla o un roce, están vedados a la esfera privada de las parejas casadas, y solamente de éstas. Algo así es típico en regímenes autoritarios y suele explotar por otros cauces más subversivos que conducen a la doble moral y al doble rasero, tal como comentas. Todo ello se combina con la sazón de una educación sexual deficiente en el mejor de los casos que produce adultos inmaduros e ignorantes. He conocido a adultos de ventitantos años en China que hacía muy poquito que se habían enterado de por qué orificio vienen los niños al mundo, pensando que era por el de evacuación. Incluso mujeres. Y no es raro encontrárselos. Con este nivel de carencia en la esfera reproductiva, mucho menos puede esperarse de la esfera afectiva. No pretendo tampoco ensalzar los valores occidentales pues el judeo-cristianismo también tiene lo suyo, ni abogar por un libertinaje Californiano postmoderno porque estos sistemas también tienen sus problemas. Desde luego que una sociedad más sana es más feliz y el sexo es parte muy importante de la salud. Una sociedad más sana es más eficiente, ¿qué duda cabe? por mucho que algunos nos quieran convencer de lo contrario en una alocada y desinformada carrera por optimizar el “recurso humano” que termina deshumanizándolo en el proceso.

    1. “Desde luego que una sociedad más sana es más feliz y el sexo es parte muy importante de la salud”

      No podría estar más de acuerdo con tu afirmación, pero lamentablemente, en China están grabando a fuego en las mentes de las generaciones la idea de que el sexo es una distracción letal para el objetivo de la prosperidad económica.

      Y dada la escasa presencia e importancia que adquiere el pensamiento crítico en su sistema educativo, el resultado se parece a una especie de “puritanismo técnico”, no-religioso, en el que uno se auto-controla por motivos de eficiencia.

      Por otra parte, como bien indicas, la edución sexual brilla por su ausencia, y para la gran mayoría de los padres constituye un tabú absoluto.

      Por supuesto, la pornografía japonesa está al alcance de muchos a través de la economía sumergida y los rincones de internet, pero no sé si constituye un sustituto ideal.

      Recuerdo que, cuando estudiaba en Wuhan, al director de la facultad de música de una universidad famosa, se le cruzaron los cables y prohibió que los estudiantes pudieran caminar de la mano o se besaran en público dentro del campus. Aquello supuso cruzar el límite, y luego el tío tuvo que recular, pero todavía hay muchos agentes de la sociedad que se empeñan en alimentan ese puritanismo hipócrita que han padecido todas las grandes potencias durante sus periodos de desarrollo.

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