Adiós al sueño chino de los comerciantes africanos

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Hace unos días, la cadena de noticias NetEase publicó un aclamado artículo sobre el declive de la población africana asentada en Guangzhou, capital de la provincia de Cantón. El artículo en cuestión no revela datos demasiado novedosos, pero destaca por sus críticas sobre el modo en que el gobierno, los medios de comunicación y la propia sociedad han reaccionado ante este particular movimiento migratorio.

Al pensar en las gentes que habitan el gigante asiático, no es habitual acordarse de los africanos, pero el hecho es que constituyen una demografía bastante notable dentro del conjunto de estudiantes y emprendedores llegados de otros países, especialmente en ciudades sureñas como Guangzhou, donde rondan los 30.000 y forman el tercer grupo de procedencia más grande, solo por detrás de los europeos y los asiáticos.

Obviamente, 30.000 africanos sigue siendo un número muy pequeño en comparación con un total de más de 13 millones de habitantes, pero igual que ocurre en muchas otras sociedades, los chinos tienen una percepción exagerada de esa pequeña proporción de inmigrantes. De hecho, muchos todavía siguen pensando que hay medio millón de africanos viviendo en la ciudad, cuando esta cifra, tristemente publicitada por los medios, se refería a los movimientos anuales de entrada y salida de la provincia.

No obstante, tal y como explica la autora del artículo, Yu Fang, esta percepción tan errónea no se debe solo a la dudosa labor de los medios, sino también al hecho de que los inmigrantes africanos se concentran en un área determinada, la de Yuexiu, también conocida como “la ciudad de chocolate”, la cual se extiende unos 10 kilómetros a la redonda y tiene como centro al distrito de Hongqiao.

Más adelante hablaremos sobre las causas de este fenómeno de concentración, pero antes repasemos el origen de esta pequeña isla africana en una de las ciudades más importantes de China.

Según relata Yu Fang, la llegada de los primeros africanos a la ciudad tuvo lugar a finales de los 90, en algunos de los años más movidos para los Cuatro Tigres Asiáticos, cuando los chinos comenzaron a dirigir sus inversiones hacia África, de la que esperaban obtener minerales de vital importancia para el desarrollo industrial y tecnológico.

Por su parte, los africanos llegados a Cantón al amparo de estas nuevas relaciones no tardaron en descubrir la oportunidad de negocio que suponía comprar productos fabricados en China y venderlos en sus respectivos países. Según indica Yu Fang, los primeros hombres de negocios en iniciar este tipo de negocio provenían de Mali y Nigeria, los países de los que procede la mayoría de inmigrantes africanos de Guangzhou, aunque también los hay de Congo, Ghana y Senegal.

Dichos hombres de negocios aprovecharon la demanda económica de sus países para comprar y exportar pequeños productos de uso diario, copias de zapatos y ropa de marca y electrodomésticos. Y como era de esperar en semejante contexto, no tardaron en proliferar rocambolescas historias de pelotazos, como la de un nigeriano que viajaba a Guangzhou cada dos meses para comprar 25.000 camisas y transportarlas a su país, donde su venta le reportaba casi 40.000 dólares netos.

Es más, entre 2004 y 2007, los años de oro de los comerciantes africanos en Guangzhou, se hablaba de almacenes en los que las copias de vaqueros D&G, zapatillas Adidas y bolsos Gucci se apilaban en montañas y se vendían a precios que rondaban entre los 3 y 12 euros.

De momento, no se sabe cuánto de cierto había sobre los volúmenes y márgenes de beneficio de tamaño negocio, pero lo que sí sabemos es que sus cifras atrajeron a una gran cantidad de emprendedores. De hecho, de acuerdo con Adams Bodomo, investigador de la Universidad de Hong Kong, en el año 2010, el 96% de los inmigrantes africanos de Guangzhou se dedicaba a los negocios, entre los que dominaba la importación y exportación de productos entre China y África.

Esta suerte de intermediarios entre los intereses económicos de ambas regiones comenzaron sus andanzas precisamente en el área de Yuexi, donde realizaban la mayoría de sus compras, y lo cierto es que su actividad tuvo un efecto muy positivo en la economía local, hasta tal punto que, ya en 2004, el gobierno chino decidió reformar la ley de inmigración para “facilitar” la llegada de más comerciantes extranjeros.

No es que a partir de entonces resultase fácil conseguir un permiso de residencia permanente para China, pero, por lo menos, era posible obtenerlo tras permanecer 5 años casados con un ciudadano chino o a través de inversiones continuadas en empresas chinas a lo largo de 3 años. Además, quienes tuviesen suficiente con un visado temporal de negocios, tenían la posibilidad de renovarlo en su propia provincia de trabajo, sin tener que viajar a Pekín.

No en vano, la mayoría de los africanos residentes en Guangzhou (56%) lo hace por menos de un año, aunque, ello no fue óbice para que acabasen predominando las exageraciones sobre su número, su situación legal y sus supuestas actividades criminales, otro mito igualmente desmesurado, pues la actividad criminal de todos los extranjeros juntos no llegaba al 1,65% de los casos contabilizados por el Departamento de Seguridad Pública de Guangzhou.

Con el objetivo de entender la forma en que los chinos veían a los africanos, en el año 2009, Michael Lyons llevó a cabo una investigación con 50 empresarios de Guangzhou que habían estado trabajando con agentes africanos. El resultado fue que solo un 40% estaba satisfecho con sus socios africanos, mientras que los adjetivos negativos, del tipo “maleducados”, “tacaños” y “deshonestos”, aparecieron el doble de veces que los de carácter positivos.

Muy al contrario, cuando Lyons repitió su investigación con comerciantes y empresarios africanos, descubrió que el 65% de ellos se sentían bienvenidos y respetados en China, y solo el 9,6% se manifestó descontento por sus socios chinos.

Según Yu Fang, tras la opinión negativa de los chinos se encuentra un racismo presente en casi todos los ámbitos de la vida social, desde la propia regulación hasta los comentarios de los internautas, aunque, a diferencia de lo que ocurre en Europa o los Estados Unidos, en China nadie habla de la discriminación racial como un problema.

Por otra parte, la autora insiste en que el giro en el parecer de los habitantes de Guangzhou se produjo de forma repentina y como consecuencia de un reportaje publicado por un importante medio local en el año 2007. Aquella fue la primera vez que un medio trataba el tema de la llamada “tribu africana” de Guangzhou con un mínimo de profundidad, aunque su autor enfatizó la “triple ilegalidad” (三非) de los inmigrantes que entraban, residían y trabajaban en la ciudad sin los permisos necesarios.

Por si no fuera poco, a esta campaña mediática de criminalización le siguió toda una maquinaria de control por parte del propio gobierno, que además de multiplicar las inspecciones de documentos, llegó a instalar un programa informático en 2175 hoteles de la ciudad con el fin de registrar el paradero de los visitantes africanos. Pero la cosa no quedó ahí, porque además se tomaron medidas para que los africanos permaneciesen en las zonas más sujetas al control de los agentes del gobierno.

Todas estas medidas hacen que Yu Fang utilice el término “Estado de Emergencia” para referirse a la situación en que pasaron a vivir los habitantes de la ciudad de chocolate, y parece que razones no faltan.

El 15 de julio de 2009, dos nigerianos que se dedicaban al comercio de textiles trataron de escapar de un control policial y uno de ellos acabó cayendo de una altura de casi 20 pisos. Tras la investigación pertinente, se descubrió que ambos contaban con la documentación en regla y más de 100 personas de origen nigeriano protestaron en las calles de Guangzhou.

En cuanto a los africanos que residen en la ciudad de forma irregular, de acuerdo con Yu Fang, ocurre que buena parte de ellos se han quedado atrapados en el país después de que el gobierno endureciese la política de visas en el año 2013. Y es que, a partir de esta nueva reforma, es obligatorio salir de China y volver al país de origen (ya no vale cruzar a Hong Kong) para renovar el visado de negocios, con lo que muchos se enfrentan a la opción de abandonar China para no volver en una buena temporada, o quedarse de forma ilegal, tratar de sobornar a los oficiales locales y enfrentarse al riesgo de ser multado, puesto en custodia o acabar extraditado.

Sin embargo, según las investigaciones de Michael Lyons, para el año 2013 la inmigración africana ya estaba en declive, pues tanto durante los Juegos Olímpicos de 2008 como en los Juegos de Asia de 2010, el gobierno limitó el acceso de las visas para periodos cortos, lo que hizo que hasta un 40% de los comerciantes africanos abandonasen la tierra prometida de Guangzhou y regresasen a casa o se mudasen a ciudades cercanas y menos controladas como Foshan.

Al mismo tiempo, la crisis financiera no ayudó precisamente a los emprendedores africanos, quienes sintieron de primera mano los efectos de la inflación, el aumento de los costes y la reducción de beneficios, por no hablar del creciente recelo de los consumidores de África por las copias de marcas famosas.

No obstante, una vez más, el destino de los inmigrantes africanos se revelo estrechamente unido al de los empresarios locales, parte de los cuales vieron cómo se esfumaba hasta un tercio de sus beneficios.

Aun con todo, el fin del “sueño chino” para los africanos no implica que se hayan marchado de Asia, ya que en Vietnam o Indonesia los trabajadores que producen los productos de mayor demanda en África cobran tres veces menos que los chinos.

Esperemos que allí tengan una mejor acogida y que las autoridades locales sepan apreciar el beneficio de acoger a estos ávidos intermediarios del desarrollo económico.

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