¿Lost in translation? Los mitos del shock cultural

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Cuando comencé a plantearme en serio la posibilidad de viajar a China para realizar una investigación sociológica, recibí todo tipo de opiniones y consejos por parte de familiares, amigos y colegas.

Por raro que parezca, lo cierto es que mis padres no pusieron ninguna pega, en parte porque ya están más que acostumbrados a oír mis ideas de bombero, y en parte también porque saben lo burro que soy y la cantidad de rebuznos que les podía costar llevarme la contraria.

En cuanto a mis amigos, más o menos todos me apoyaron en la idea, y seguro que más de uno hasta escuchó música celestial cuando se imaginó tomándose un merecido respiro de un tío tan cargante como yo.

Sin embargo,varios colegas de la universidad y algún que otro profesor del departamento de sociología se mostraron un tanto dudosos sobre mi intención.

El principal temor que tenían era que acabara “perdido” en las enormes diferencias culturales y lingüísticas del país, y que se me sobrecargaran los chips sociológicos y la CPU antropológica y acabara volviendo a Pamplona medio descacharrado y con los objetivos sin cumplir.

Durante estos dos años de trabajo en China he reflexionado en varias ocasiones sobre este asunto, y creo que ha llegado el momento de poner las ideas en orden.

Para empezar,  me parece que eso de que llegar a este país implica pasar sí o sí por el famoso “shock cultural” es ya un tópico que podría ser cierto para quienes lo visitaron hace más de 30 años, o para quienes vayan a parar a zonas remotas donde no hay siquiera teléfono, pero no para la mayoría de visitantes occidentales que van llegando cada día.

En realidad, cuando uno sale del aeropuerto y comienza a adentrarse en Pekin, Shanghai o Guangzhou, por poner tres de los destinos más comunes, se da cuenta de que lo que ve a su alrededor no difiere dramáticamente de lo que vería en cualquier otra gran ciudad del mundo.

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Por supuesto, está la barrera del idioma, pero ello implica más o menos el mismo obstáculo que le supondría a cualquiera que visite Francia sin hablar francés. Por lo demás, en China nadie viste ropa que llame la atención por su exotismo (más bien lo contrario), ni se utilizan medios de transporte que no hayamos visto en la vida, y como en buena parte del planeta, todo el mundo parece igual de inmerso en la pantalla de su teléfono móvil.

¿Se puede comer algo en Pekín que no se pueda comer en Berlín o en Londres? ¿Es el ambiente urbano tan diferente como para dejarnos atontados? Lo dudo mucho.

Por lo general, cuando uno imagina China, imagina su larguísima historia, la Gran Muralla, y casas y templos con esos curiosos tejados en punta. Pero todo ese exotismo se viene abajo estrepitosamente en cuanto uno se entera de que ese tramo de la Gran Muralla que la mayoría de turistas visitan fue reconstruido hace apenas 50 años, o cuando uno descubre que prácticamente todos esos templos de aire tan antiguo fueron reconstruidos tras los destrozos de la Revolución Cultural.

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Recuerdo que, una vez, un profesor de cultura china un tanto crítico nos contó que, en realidad, su historia no produjo la continua acumulación de patrimonio que muchos deducen al ver restos como los de los soldados de terracota de Xi’an, sino que más bien consistió en procesos de creación y destrucción cíclica tan abruptos o más que los sufridos en Occidente. (De hecho,  el propio mausoleo de soldados de terracota fue machacado con saña por los súbditos del primer emperador de la historia de China poco después de su funeral)

Pero eso es algo que uno puede aprender leyendo historia china desde Pamplona, y para eso no hace falta enfrentarse a “shocks” culturales ni gaitas de esas.

Lo que quería decir antes de irme por las ramas es que, según mi experiencia, así como la de muchos de mis colegas expatriados en China, las verdaderas diferencias culturales, esas que pueden suponer un verdadero reto de adaptación, no las encuentra uno hasta que tiene la oportunidad (o la obligación) de entablar un trato periódico y cercano con personas nativas.

En mi caso, las diferencias comenzaron a aparecer cuando decidí dar clases semi-voluntarias de español a alumnos chinos, tarea que emprendí con el fin de establecer un trato de confianza con la mayor cantidad de estudiantes posible y poder, de ese modo, entrevistarlos para mi investigación doctoral.

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Pero no fue hasta que uno de ellos me invitó a festejar el año nuevo con su familia, cuando empecé a descubrir algunas de las particularidades más significativas de la vida social y familiar de este país.

Fue entonces cuando me encontré con que muchos de los conceptos y esquemas que venía utilizando en mi investigación no servían para dar cuenta de lo que estaba pasando a mi alrededor, y en medio de ese estupor me di cuenta de lo jodidamente interesante y revelador que puede resultar verse a sí mismo y a los demás desde el enfoque de otra herencia cultural.

Sin embargo, ese tipo de oportunidad no se presenta si uno no está dispuesto a bajar las orejas de burro (eso va especialmente por mí) y no es lo suficientemente humilde como para hacer que ese “otros” se abra y lo invite a la intimidad de su vida familiar y personal.

Es decir, el intercambio de verdad solo se produce cuando hay buena voluntad y ganas de conocerse y aceptarse mútuamente, cosa que no es difícil que ocurra a nivel personal o grupal. Y es por eso que, personalmente, no puedo tomarme muy en serio la propia ideal del “shock cultural” o la del famoso “choque de civilizaciones” de Samuel Huntington, porque creo que cuando usamos tales conceptos, lo hacemos principalmente para justificar las amarguras que cosechamos cada vez que nos acercamos a esos “otros” no tanto para conocer, sino avasallar y dominar.

Por supuesto, si uno pretende vivir en Wuhan como lo hacía en Pamplona, lo que le va a ocurrir es que se va a desesperar con el concepto de higiene, el de profesionalidad, o con las maneras de gran parte de los ciudadanos locales, como me ocurrió a mí y aún me sigue ocurriendo en muchas ocasiones.

Afortunadamente yo cuento con la enorme ventaja que supone estar emparejado con una persona nativa, sin la cual no me habría entererado ni de la mitad de lo poco que conozco de su cultura y su sociedad. Pero todavía hay quien desde su despacho universitario frunce el ceño ante la idea de cruzar la línea de separación entre sujeto/objeto de investigación, como si se pudiera hacer ciencia social al estilo de las naturales.

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Y en cuanto a los dilemas de los valores universales y el típico debate del relativismo cultural, sobre los que quizás algún lector andará cavilando a estas alturas, por lo que a mi respecta, creo que, si es cierto que valores como los de libertad o igualdad (tal y como los entendemos en Occidente) suponen un referente intrínseco a la humanidad, las diferentes culturas y civilizaciones avanzarán hacia ellos por su propia cuenta sin necesidad de que nadie les de “ánimos”.

Quizás lo lógico en un mundo cada vez más interconectado sería que los sistemas educativos de las principales potencias reforzaran algo más el conocimiento antropológico. Sería interesante para ver el impacto que tendrían tales medidas en el crecimiento ecónomico y en el desarrollo de nuevos mercados, porque decir que podría mejorar el entendimiento mutuo estando como están las cosas a nivel geo-político suena tan cursi e ingenuo que da risa.

Es posible que entenderse unos a otros no sea tanto una cuestión intelectual como una cuestión intelectual-afectiva, en la que la flexibilidad conceptual es tan importante como la flexibilidad adaptativa y las “agallas” para poder afrontar la lejanía de lo familiar sin perder ese núcleo de impulsos y principios que somos en esencia.

Yo de momento ya me he vuelto un poco más chino, y aunque tengo una tendencia innata a hacerme líos mentales, prefiero tratar de pensar más con los pies sobre la tierra y, por ejemplo, intentar llevarme bien con mis futuros suegros, que ya es buen reto, y resulta bastante más interesante y esclarecedor que lanzarse a discutir si a los chinos les gusta o no la democracia.

3 comentarios en “¿Lost in translation? Los mitos del shock cultural”

  1. En realidad, yo sí he vivido un duro shock cultural. En cuanto sales de las megalópolis (Shanghai, Beijing, Guanzhou, Shenzen…) o las capitales de provincia (Wuhan, Nanjing, Chengdu, Hangzhou…) y vas a parar a una ciudad como la mía, en la que no hay ni un solo restaurante o bar o tienda occidental y ni un solo forastero (en mi ciudad somos dos)… esto es otro planeta. Si añadimos que casi nadie habla inglés y que en ciudades como esta (ojo que aquí viven seis millones de personas…) los niveles de ruido y suciedad son a veces intolerables…pues el shock cultural existe.

    1. Sí, es verdad lo que dices. El verdadero reto cultural de China empieza cuando estableces lazos estrechos con la gente, o cuando te vas a zonas menos desarrolladas como has hecho tú. Pero aunque sea duro, seguro que ganas una experiencia muy valiosa de tu estancia.

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