El flautista de Wuhan

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Pese a la impresión que pueda dar en algunos de mis artículos, no todo es bullicio y frenesí en las ciudades de la China en desarrollo como Wuhan.

Una de mis formas de relación favoritas durante los periodos del año con clima más suave, consistía en dar un paseo nocturno por el Campus de la Universidad de Wuhan, donde decenas de estudiantes desperdigados en pequeños grupos practicaban sus habilidades con la flauta.

La verdad es que, tras un largo día de desvaríos y berenjenales sociológicos/antropológicos, mis nervios agradecían mucho la atmósfera casi mística que le daban el sonido de las flautas bajas y altas al Campus, uno de los más antiguos de toda China.

Confucio consideraba la música como una de los elementos más importantes para mantener una sociedad armoniosa, y aunque China olvidó gran parte de sus enseñanzas durante los desastres padecidos durante el Siglo XX, parece que sus educadores no se han olvidado de aquella lección tan valiosa.

Efectivamente, en las tres universidades chinas en las que he estudiado, cada tarde, hacia la hora de cenar, se reproducían a través del sistema de megafonía una serie de canciones de lo más soporíferas y cursis, como si los decanos tuvieran miedo de que la noche pusiera nerviosos a los estudiantes, y necesitaran amansarlos con música de guardería.

Yo ya había oído que los selváticos parques del Campus se llenaban de “vida” durante las noches estivales, y por el campus corrían muchos rumores sobre jóvenes que se reunían en la maleza para practicar el “yezhan”, que literalmente significa “lucha salvaje”, aunque es un eufemismo para referirse al sexo entre arbustos.

Recuerdo que, en ocasiones, mientras paseaba escuchando la melodía de las flautas, me divertía imaginándome a todos aquellos estudiantes como si fueran grillos tratando de cortejar a su grilla, analogía que quizás no estaba demasiado desatinada teniendo en cuenta que los chicos y chicas viven en residencias separadas.

Una de esas noches, calculo que sería por mayo del 2013, decidí sacarle provecho a la grabadora que utilizaba para registrar las entrevistas de mi investigación, y tuve la suerte de poder robarle a un flautista confiado algunas de sus piezas de ensayo.

Os dejo la grabación para que la disfrutéis y os distraigáis un poco, y espero que perdonéis si se oye algún ruidillo, que seguramente proviene de mis manazas mientras manipulaba la grabadora.

Mientras oís las melodías, que tienen una temática bastante variada y muy popular, me gustaría que aprovecharais para dar rienda suelta a vuestra imaginación, y aceptéis con humor lo que se os presente en la mente, por ridículo que sea. ¿Quién sabe? Quizás un día alguno de vosotros acabe pasando por Wuhan y escuchando a este mismo flautista, aunque es posible que le aplastara la flauta una moto eléctrica de esas del demonio y se haya pasado al tambor.

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