Pesadillas de la modernización acelerada: el incidente de Jianguomen

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Desde el Goya que nos avisaba de los monstruos producidos por los sueños de la razón, hasta el Zygmunt Bauman de Modernidad y holocausto, la historia del arte y el pensamiento nos ha dejado innumerables figuras que optaron por revelar los aspectos más oscuros de los procesos de modernización.

En la vieja Europa, el recorrido histórico de dichos procesos puede cambiar en décadas y hasta siglos según el punto de vista de diferentes corrientes, escuelas y autores.

Algunos autores consideran que la modernización nació en el seno de los primeros grandes estados con monarcas capaces de decidir sobre los asuntos del país y definir sus objetivos al margen de la autoridad papal.

Otros sitúan su comienzo en la Revolución Francesa, o en los procesos de transformación política que llegaron con el desgaste de la nobleza y la aristocracia, y el auge de la burguesía como principal sujeto social.

Y, cómo no, también están los que destacan los procesos de acumulación de capital e industrialización que despegaron en países de influencia protestante como Gran Bretaña, Holanda y Alemania, y de los que nacieron ideologías tan cruciales como el “socialismo científico” de Carl Marx y Friedrich Engels.

Hablamos, por tanto, de unos procesos que cuentan con un mínimo extremo de alrededor de 150 años de antigüedad para la mayoría de países europeos. 150 años en los que se han producido los más terribles enfrentamientos bélicos de la historia, y en los que la humanidad parió engendros tan horrendos como el asesinato a escala industrial en las cámaras de gas.

Pero si eso que se supone que era una cura para la irracionalidad del ser humano ha causado semejante colección de sarpullidos y efectos secundarios en la larga y extensa modernización occidental, ¿qué podríamos esperar de aquellas regiones del planeta que se han modernizado o lo están haciendo a marchas forzadas?

En el caso de China, por ejemplo, a las transformaciones políticas que abrieron, o quizás forzaron, el camino de la modernización allá por comienzos del Siglo XX, les siguieron varias décadas de guerras, destrucción, barbarie, hambre, y continuos horrores de todo tipo que no comenzaron a calmarse hasta los años 70. El resultado: una sociedad privada de muchos de los aspectos más básicos de la dignidad humana; una sociedad traumatizada y huérfana de sí misma.

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Anti-revolucionario” humillado públicamente durante la Revolución Cultural

Tras los desastres de la política económica de Mao Zedong y el terror de la Revolución Cultural, llegaron los “movimientos de apertura” liderados por Deng Xiaoping, y con ellos, un nuevo pistoletazo de salida hacia la carrera que suponía competir en la economía de mercado “con características chinas”.

Dentro de la sinología es un hecho más o menos reconocido que la cultura tradicional china mantuvo una actitud positiva hacia el ideal de la prosperidad y la riqueza, lo que, sin duda, pudo jugar un papel importante a la hora de lanzar a las todavía empobrecidas familias de los años 80 a luchar por acceder a los estándares de consumo abanderados por las potencias occidentales.

Sin embargo, como ya expliqué en un artículo anterior, tratar de entender el desarrollo económico chino sin atender al papel jugado por el gobierno es como tratar de explicar la industrialización en Europa ignorando el papel de la banca. Nunca me cansaré de repetir el enorme impacto que tuvo la llamada “política del hijo único” sobre un país acostumbrado a tener descendencia abundante como garantía para la supervivencia y para la jubilación. Es más, desde mi experiencia como investigador de las generaciones nacidas como fruto de dicha política, me inclino a pensar que la política del hijo único supuso una medida de transformación social que trasladó al seno del contexto familiar buena parte de las tensiones que acarrean los procesos de modernización.

Aplicada sobre una sociedad que acababa de dejar atrás la paranoia de acusaciones, chivatazos, venganzas, y ejecuciones públicas que reinaron durante la Revolución Cultural, la política del hijo único supuso una auténtica “declaración de guerra” velada entre las familias chinas, que ajenas a cualquier forma libre de asociación y a un Estado de Bienestar que las protegiese ante el infortunio, vieron cómo toda esperanza de mantener la dignidad quedaba en manos de su único descendiente.

Y dado que las condiciones que el ciudadano chino disfruta no derivan tanto de su relación con el resto de ciudadanos, ni del conjunto de deberes y obligaciones que asume de su relación con el Estado, sino principalmente de la gestión de sus relaciones de parentesco, su sentido de la individualidad puede distar mucho de lo que damos por hecho en Occidente.

Por eso mismo, cuando el individuo chino siente que no puede soportar el estado de guerra y competencia brutal en el que ha crecido, y revienta hacia los demás, lo hace llevándose por delante a la sociedad como ente no diferenciado y ante el cual está prácticamente solo.

Ya sabemos que China es uno de los países que con peor nota suspende en esas controvertidas encuestas sobre felicidad y bienestar social, y sabemos también que el suicidio es un problema que preocupa cada vez más a las autoridades, aun cuando la mayoría de familias se inclina por ocultar estos casos para no perder la honra.

Pero no todos optan por la auto-destrucción como salida al problema, y todavía siguen repitiéndose esas escenas tan televisivas de “sociópatas” que deciden vengarse de la sociedad (报复社会), una expresión muy común y recurrida del imaginario popular.

Uno de los casos más famosos que persisten en la memoria colectiva fue el protagonizado por Tian Mingjian, teniente primero del Ejército Popular de Liberación, quién dio lugar a una verdadera masacre el 20 de septiembre de 1994.

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Tian Mingjian

Según puede leerse en diversos artículos que circulan por Internet, Tian comenzó su particular “día de furia” en su lugar de trabajo, la base militar de Tongxian, situada en una zona suburbial de las afueras de Pekín.

Allí se hizo con un rifle de asalto tipo 81 y asesinó al comisario político del regimiento y a tres oficiales, e hirió a al menos otros diez. No satisfecho con el derramamiento de sangre causado, decidió llevar su carnicería al centro de Pekín, hasta donde se desplazó en un Jeep según algunos, y en un autobús ordinario según otros.

Al llegar a un cruce de la calle Jianguomen, Tian se vio envuelto en un accidente de tráfico, tras lo cual mató al conductor involucrado y comenzó a disparar indiscriminadamente a los transeúntes, mientras se dirigía hacia el distrito de las embajadas. En su recorrido causó la muerte a 17 civiles, entre ellos el diplomático iraní Yousef Mohammadi Pishknari, y su hijo de nueve años.

Todo un tropel de agentes de policía se acercó urgentemente a la zona para tratar de detener al criminal, aunque ello les costaría un esfuerzo y sacrificio mucho más alto de lo esperado, dada la gran experiencia y precisión de Tian como tirador. Finalmente, y bajo el intenso fuego policial, Tian fue empujado a un callejón sin salida, donde fue abatido por un francotirador.

La cantidad de victimas inmediatas por los disparos fue de 15 según el diario Lian Ho Pao, aunque otras fuentes hablan de entre 40 y 50 personas fallecidas posteriormente a causa de la gravedad de las heridas causadas.

Este constituye uno de los casos más famosos que llegó a calar en la conciencia pública, en parte, gracias a la labor informativa de un reportero canadiense, quien probablemente “forzó” a los medios oficiales a hablar del suceso tras haberla lanzado a los noticiarios internacionales.

En cuanto a los motivos que llevaron a Tian a realizar semejante acto de barbarie, lo cierto es que abundan referencias a su carácter difícil e iracundo, aspecto que, al parecer, le costó una degradación en la jerarquía militar. Otros insinúan que quizás la degradación se debió precisamente a su gran talento y preparación en el aspecto tecnológico, algo que quizás sonó amenazante para una élite acostumbrada a ascender más por el tráfico de influencias y por la “compra” de cargos que por las vías de la meritocracia.

En cualquier caso, el nuevo cargo de Tian impedía que su mujer viviera junto a él en el cuartel, hecho que, según diversas fuentes, le causó nuevas disputas con sus superiores, quienes se negaron a negociar su situación. Sin embargo, dentro de los antecedentes del caso, la cuestión más comentada hace referencia a los rumores de que la mujer de Tian y su hijo no-nato falleciesen en el quirófano al ser obligados a practicar un aborto, circunstancia que permite una interpretación alternativa de la explosión colérica del tirador.

Efectivamente, una de las explicaciones que más abunda en las distintas versiones de la historia hace referencia al origen y mentalidad tradicional del protagonista, quién, al parecer, provenía de una región (Henan) en la que todavía prevalecía el ideal patriarcal de tener al menos un hijo varón entre los descendientes. Sin embargo, para Tian, que ya contaba con una hija, tener un segundo hijo con su mujer hubiese supuesto un duro castigo que podría incluso acarrear el despido, situación que probablemente le creó un fuerte conflicto interno, y toda una guerra psicológica durante el trágico desenlace de su esposa embarazada.

Dentro de una sociedad todavía desconfiada y reacia a compartir los miedos y temores privados, es posible que sean este tipo de narrativas, convertidas casi en leyenda, las que nos ayuden entender el potente simbolismo y la enorme carga de significado que adquieren casos como el del incidente de Jianguomen en eso que denominamos “cultura popular”, donde todavía hoy en día, y más a menudo de lo que nos gustaría, sigue existiendo un hueco para las pesadillas producidas por los chirriantes engranajes de la modernización acelerada.

3 comentarios en “Pesadillas de la modernización acelerada: el incidente de Jianguomen”

  1. “la política del hijo único supuso una medida de transformación social que trasladó al seno del contexto familiar buena parte de las tensiones que acarrean los procesos de modernización”. Muy interesante tesis.

    1. Muchas gracias Lustucruu.

      La verdad es que parece una cuestión muy a tener en cuenta a la hora de entender el denominado “milagro chino”, aunque no pocos expertos la obvian en favor de causas más estrictamente culturales.

      Parece que es más elegante decir que la modernización china se debe a cieras particularidades de la mentalidad confuciana, que considerar los efectos de medidas políticas tan cruciales como la de limitar la cantidad de descendientes a uno. Sobre todo teniendo en cuenta que gran parte de los matrimonios chinos dependen, todavía a día de hoy, del futuro de sus hijos para gozar de una jubilación digna.

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