Desde Navarra hasta Shangchuan: La odisea del jesuita Francisco Javier.

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A los occidentales que venimos a China para quedarnos un tiempo se nos compara a menudo, y a tono de broma, con aquellas grandes figuras que se atrevieron a realizar el viaje en unos tiempos en los que suponía una verdadera aventura llena de riesgos.

Quizás una de las referencias más comunes y facilonas es la del legendario Marco Polo, mercader y viajero veneciano cuya obra, El libro del millón, constituye una de las primeras crónicas de introducción de Asia Central y China a los Europeos.

Sin embargo, el mundo francés, español, y en particular el mundo vasco-navarro cuentan con una conexión muy especial con China a través de la Compañía de Jesús, es decir, los  jesuitas de toda la vida, una organización que en la actualidad cuenta con ramificaciones que llegan hasta la propia Universidad de Georgetown en Estados Unidos, y que fue fundada por Ignacio de Loyola.

La Compañía de Jesús dio sus primeros pasos en Roma hallá por 1539, en plena resaca de la Conquista de Navarra, territorio que, como más de uno sabrá, constituía una pieza fundamental para la recién creada España y para sus vecinos franceses, cuyos monarcas, dicho sea de paso, serían nombrados reyes de Francia y de Navarra, entre otros títulos (Os sorprenderéis de ver de dónde proceden los Borbones que reinaron Francia hasta su Revolución y España a partir de la Transición).

El caso es que, entre aquellos miembros de la nobleza navarrica que salieron peor parados del arreglo con Carlos I, estaba un tal Francisco Jasso Azpilicueta Atondo y Aznares, señor de Xabier, más conocido como Francisco Javier, cuyos hermanos, defensores de los Albret, fueron encarcelados al quedarse Navarra sin su independencia.

El padre de Javier, Juan de Jasso, era el presidente del Real Consejo del Rey de Navarra, el derrocado Juan III de Albret, mientras que su madre fue María de Azpilicueta, hija de Martín de Azpilicueta, denominado también doctor navarrus.

No está del todo claro que fueran dichas circunstancias políticas y familiares las que empujaran a Xabier o Javier a llevar una vida de fe, pero en cualquier caso, lo que sí atestigua la historia es que en 1524 viajó a París para estudiar en la Sorbona. Allí conoció al que se convertiría en su mejor amigo, Iñigo o Ignacio de Loyola, quien lo ayudó en muchos aspectos, incluido el económico.

Y fue precisamente a través de ese relación entre Iñigo y Xabier como se formó aquel primer embrión que daría lugar a la Compañía de Jesús años más tarde, organización que fue aprobada por el Papa Pablo III en 1540.

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Francisco Javier e Ignacio de Loyola inspirando el diálogo sobre China entre Matteo Ricci y Johann Adam Schall von Bell.

Mucho se ha escrito acerca de la particular orientación “mundana” de los jesuitas, de cuyo pensamiento derivan diversas fórmulas cristianas de cooperación como la célebre Teología de la Liberación. Y es que, si algo caracterizó a aquellos primeros jesuitas fue su carácter de “hombres de acción”.

Al leer acerca de Javier, sin ir más lejos, da la impresión de que era un verdadero ejemplar de eso que en casa denominamos “culo-inquieto”.

Al ser nombrado sacerdote, además de jurar los votos de caridad y castidad, Javier prometió viajar a Tierra Santa, pero, según parece, dicho proyecto fue imposible debido a los conflictos entre Venecia y Turquía. Así pues, incapaz de contener sus ansias de evagelización, volvió a Roma para solicitar que fuera enviado a cualquier otro lugar.

Pero detengámonos un momento para pensar cómo demonios se las arreglaban en aquellos años para organizar este tipo de misiones, porque hoy uno puede organizar un viaje al otro extremo del mundo en apenas un día, pero en el Siglo XVI la cosa era muy distinta.

En el caso de Javier, lo más parecido a internet que tenía a disposición era la Santa Sede, cuyas redes se extendían por buena parte del mundo, y gracias a la cual fue puesto en contacto con su “patrocinador”, un tal Pedro de Mascarenhas, embajador de Portugal en Roma. Al parecer, Pedro requirió en nombre del monarca portugués unos cuantos hombres al Papa para ser enviados a las Indias Orientales, y fue así como Xabier acabó siendo nombrado legado suyo en las tierras del Mar Rojo, del Golfo Pérsico y de Oceanía, a uno y otro lado del Ganges.

Armado con semejante título, que seguramente no valía más que un saco de patatas en muchos de los lugares donde se aventuró el misionero, Javier partió a Mozambique el 7 de abril de 1541, y tras casi un año predicando y metiéndose en jaleos por el trato ofrecido a los nativos, partió a Goa, más tarde capital de la India Portuguesa.

El compromiso de Javier por extender la fe católica no lo llevó a relacionarse principalmente con las élites sociales, sino con los más necesitados, entre los que a menudo se menciona a pobres, moribundos y presos. Además, al contrario de lo que dictaban las formas del catolicismo más conservador, el navarro se molestó en aprender las lenguas locales para evangelizar, algo que el protestantismo ya había empezado a reivindicar en la propia Europa, que poco a poco iba haciendo de la Biblia un material más accesible al público.

De hecho, quizás no constituya una burrada traer a colación el hecho de que en Navarra, especialmente en la parte francesa, la pequeña reforma protestante llevada a cabo por Juana de Albret daría lugar, poco más tarde, al primer evangelio traducido al euskera, tarea que fue realizada por Joannes Leizarraga en 1577.

Volviendo a los periplos de Xabier, en octubre de 1542 viajó a las islas de la Pesquería, donde se ganó la enemistad de los brahmanes de diferentes ciudades. Para entonces Javier ya comenzaba a estar un tanto cansado de la palabrería de aquellos que vivían cómodamente en Roma, mientras, según su punto de vista, el mundo requería urgentemente de más misioneros dispuestos a extender la “Buena Nueva” por el mundo.

Sin embargo, aquello no hizo desistir al misionero, que desde 1544 hasta 1549 viajó a Malaca, a las Islas Molucas, las Islas de Amborio y Ternate, las Islas del Moro y Ceran, aunque durante todo aquel tiempo nunca temió transmitir a sus superiores algunos de los “problemas de gestión” que se iba encontrando.

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El Domingo de Ramos de 1549 Xabier se embarcó en su viaje a Japón, país muy celoso hacia el cristianismo en aquellos tiempos, consiguiendo ciertas garantías de predicación en Yamaguchi, donde hizo que más de un samurai se convirtiese al cristianismo.

A partir de finales de 1551 emprendería otros viajes alrededor del inestable sub-continente de la India, que llegó a ser nombrado “provincia jesuítica” independiente de Portugal, con el propio Javier como provincial.

El 14 de abril de 1552 emprende su viaje a China, país que consideraba como una pieza clave para la expansión del catolicismo a través del Sudeste Asiático y hasta Japón.

El viaje sufrió un retraso de dos meses, pero al fin llegaron a Sanchón, isla que, curiosamente tiene una denominación latinizada que suena muy parecida a la de los célebres Sanchos de Navarra, pero que según el sistema de alfabetización chino se escribe como “Shangchuan” (上 川).

No obstante, pese a los grandes planes que el misionero tenía para China, lo cierto es que murió a la espera del barco que lo iba a introducir ilegalmente en el territorio continental. El día fue un 3 de diciembre, fecha festiva para todos los navarros.

¿Quién sabe lo que habría sucedido si hubiese llegado a su destino? Puede que hoy en día fuese una figura tan recordada en China como la del propio Matteo Ricci, ya que es muy posible que se hubiese adaptado tan bien como aquel a las costumbres y al idioma chino.

Sin embargo, quizás  su hazaña resulta aún más inspiradora para los que nos estamos acercando a China desde donde él lo hizo, ya que, todavía a día de hoy, la presencia vasca, navarra, y española en general, sigue siendo una “misión”, no ya en términos religiosos, que apenas a comenzado y a la que, sin duda, le queda un largo camino por recorrer.

Quizás aquellos que se estén planteando venir a Asia o a China deberían acordarse de las hazañas de Javier o Xabier, quien, igual que muchos jóvenes de hoy en día, fue “expulsado” de su patria y trató de llevar lo mejor de sí mismo y de su mundo a otros lares, y lo hizo adaptándose a las costumbres y lenguas locales.

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