La edición de genes se abre camino en China: ¿resultado de una bioética laxa?

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En los últimos días, medios de todo el mundo han informado sobre un innovador ensayo que tendrá lugar en el hospital de la Universidad de Sichuan, uno de los centros de investigación médica más importantes de China. Dicho ensayo consiste en aplicar la técnica de edición de genes CRISPR-Cas9 para modificar los glóbulos blancos de pacientes afectados por un tipo de cáncer de pulmón y convertirlos en un arma más eficaz contra los tumores.

El experimento en cuestión, fruto de un equipo liderado por el oncólogo Lu You, será llevado a cabo en agosto y convertirá a China en el primer país en aplicar este sistema de edición de genes en seres humanos, hito con el que se ha adelantado a los Estados Unidos, donde se prevé llevar a cabo un ensayo similar a finales de año.

Pero, ¿cómo es posible que un país en desarrollo como China se haya colocado al frente de este tipo de avances? En primer lugar, tal y como explicaba el genetista Luís Montliú en un artículo de El País, merece recordar que China disfruta de un nivel de inversión “tremenda” en este tipo de investigaciones y cuenta con un número “descomunal” de grupos dedicados a ellas.

Lo que la mayoría de diarios españoles no cuentan o pasan por alto es que el liderazgo de China en la biomedicina se debe en buena parte al apoyo que ha recibido esta rama de la ciencia por parte del gobierno. Es más, los investigadores estadounidenses llevaban años advirtiendo sobre el aumento de la inversión en el gigante asiático (hasta un 33% entre los años 2007-2012) y lamentando la falta de fondos y de planes por parte de la administración estatal en su propio país.

A la vista de tales hechos, se me ocurre que, a lo mejor, resulta que no es tan buena idea dejar este tipo de avances en manos de las fuerzas del mercado, las cuales podrían estar más interesadas en otro tipo de sectores más “burbujeantes”. No obstante, todas estas cuestiones parecen irrelevantes para El País, que prefiere cerrar su artículo con una curiosa mención a la ventaja que disfrutan los investigadores chinos al poder realizar pruebas con monos.

Entiendo que dicha mención no fuese más que un guiño de apoyo a las demandas de los investigadores españoles, pero me parece que el modo en que está redactada puede dar pie a otro tipo de elucubraciones sobre la teoría y la práctica bioética en China, una cuestión muy debatida en el ámbito académico y en el de la opinión pública, aunque dentro de esta última acaben destacando ciertas interpretaciones sensacionalistas.

Al fin y al cabo, que los chinos puedan hacer lo que les da la gana con un macaco en un laboratorio encaja bastante bien con los informes de abortos forzados que circulan desde los años de la política del hijo único, o con el hecho de que se comen al mejor amigo del hombre, ¿no es así? Pues eso, que si se les da tan bien aquello de la biomedicina no puede ser por sus propios méritos, sino porque juegan sucio o hacen algún tipo de trampa, como con la venta de productos de marca.

En fin, uno puede entender que este tipo de asociaciones se produzcan en la mente de personas racistas o sin formación, pero resulta preocupante que se alimenten o se sugieran a la ligera en medios con cierta reputación, más cuando las autoridades científicas en la materia refutan este tipo de prejuicios.

De hecho, si echamos un vistazo a lo que opinan en revistas tan prestigiosas como Nature, nos encontraremos con afirmaciones como la siguiente:

“En nuestra opinión, los temores de que las ambiciones científicas de China estén abrumando su capacidad para ejercer la debida precaución en las ciencias de la vida – sobre todo en la investigación con embriones humanos – son exagerados. De hecho, China ha demostrado cuidado y moderación en cuanto a la alteración de los genomas de los óvulos humanos, espermatozoides o embriones, y en el uso de embriones humanos en la investigación de manera más amplia (traducido).”

Ahora bien, es cierto que ciertos investigadores chinos han cruzado la línea de lo éticamente aceptable por más de un comité de expertos occidentales, como cuando una empresa de Shenzhen trato de secuenciar el genoma de voluntarios con altas capacidades cognitivas, o cuando un laboratorio intentó crear células madre insertando el núcleo de células de nuestra piel en un óvulo de conejo.

Sin embargo, Nature insiste en que las regulaciones chinas impiden tajantemente la transferencia de cualquier embrión modificado al útero de una mujer y, en cierta manera, se podría decir que aplaude la claridad y firmeza con la que las autoridades chinas han marcado este límite:

“Durante años, los investigadores de células madre en los Estados Unidos se han enfrentado a la incertidumbre sobre el futuro del campo y sobre si una línea celular dada seguiría siendo utilizable en trabajos con fondos federales. Esta confusión se ha agravado por las diferencias entre los estados; Actualmente, el uso de células madre embrionarias puede ser legal en un estado pero un crimen al otro lado de la frontera. Otros países, entre ellos Australia, Brasil y Japón, han luchado de manera similar para desarrollar políticas de investigación de embriones, dejando a los científicos en el limbo durante muchos años.

La fuerza vinculante de las directrices del Gobierno, combinada con la posición consecuente de China – prohibición de usos en la reproducción, pero permitiendo los de investigación – ha dado a los científicos la confianza para iniciar estudios en un “espacio seguro” bien definido. De hecho, los avances significativos que China ha hecho, sobre todo en relación con la edición de genes, son en parte gracias a esta claridad (traducido).”

Más claro, agua. Quien se sienta con ganas puede dedicarse a sembrar dudas sobre los logros de China en esta materia, pero visto lo visto, yo optaría por dejar de echar balones fuera con un tema tan crucial para toda la humanidad y me inclinaría por copiar a los chinos en eso de tomarse la I+D en serio.

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