El transiberiano por etapas: Vladivostok

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Aunque la mayoría de viajeros occidentales visitan Vladivostok como etapa final del transiberiano, para mi mujer y para mí supuso el punto de inicio de tan emocionante viaje, e igual que harán muchos antes de partir de Moscú, empleamos las primeras horas de la mañana en preparativos importantes, como la compra de otra tarjeta SIM rusa (mi mujer ya había adquirido la suya en China) y de algunas provisiones para el viaje de casi 17 horas que nos esperaba a la noche.

Por suerte, la recepcionista del hostal en el que nos alojamos nos permitió dejar parte de nuestro equipaje y de la compra en una esquina de su sala de estar/cafetería, y para las 10:00 de la mañana ya estábamos libres de cargas y quehaceres que perturbasen nuestra vuelta por la ciudad.

Vladivostok era la primera ciudad rusa que habíamos visitado nunca, y como ya mencioné en la entrada previa, nos llamó bastante la atención lo diferentes que son sus entornos y ambientes en comparación a los de las urbes chinas. No sé lo que pensaría Lele, porque como china que es, su concepto de lo habitual es bastante diferente al mío, pero a mí la arquitectura me resultó bastante familiar, en el sentido de que no hay apenas nada que no pueda verse en Europa, sobre todo si incluimos en esta última a la Europa del Este y la que se extiende hasta los Urales.

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Los edificios de estilo clásico conviven de forma más o menos armoniosa con sobrias obras de hormigón, uno de los materiales más característicos de la última etapa soviética, aunque también asoma algún que otro capricho de cristal y acero, de esos que abundan en los centros financieros de todo el mundo.

De todos modos, pese a ser la ciudad portuaria más importante del Lejano Oriente Ruso, Vladivostok no es una ciudad playera, y por lo que nos contaron, pocos se atreven a bañarse incluso en los meses más calurosos. Al contrario, esta es una ciudad de costa esencialmente mercantil y militar, como bien sugiere el submarino de la Segunda Guerra Mundial que capitanea el paseo de Korabelnaya.

Por cierto, a cambio del módico precio que cuesta una entrada, cualquier visitante puede entrar en tan portentosa máquina y pasear por sus principales compartimentos, desde la sala de mandos hasta la de torpedos, donde dormía buena parte de la sufrida y valerosa tripulación.

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Otras muestras destacadas del aire militar de Vladivostok se encuentran en el Monumento a los Luchadores por el Poder Soviético o el Museo de la Fortaleza de Vladivostok, construida hace más de 100 años con el fin de defender la ciudad de la amenaza japonesa.

Pero si os apetece disfrutar de una vista panorámica de la ciudad, lo mejor es subir al Monte del Nido del Águila, un viejo volcán extinto situado en pleno centro y al que podéis subir en funicular o a pie, aunque es un punto difícil de ubicar en Google Maps si usas otro idioma que no sea el ruso. De hecho, nosotros nos perdimos al tratar de llegar haciendo uso de nuestros móviles, pero por el camino tuvimos la gran fortuna de conocer a Angelina, una amabilísima estudiante de bachillerato que nos acabó acompañando hasta el lugar en cuestión.

Angelina fue la primera persona local que tuvimos el gusto de conocer durante nuestro viaje, y gracias a que hablaba inglés, pudimos conocer ciertas curiosidades de sus conciudadanos, como su vena artística y algo bohemia, o la facilidad con la que, al parecer, los jóvenes de Vladivostok cambian de pareja.

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Sin embargo, Angelina veía su ciudad como un lugar sin demasiado interés y con un clima poco acogedor, donde el viento, la lluvia y la nieve se compinchaban una y otra vez para poner a prueba su humor. Quizás por ello, Angelina esperaba poder marcharse a estudiar a Los Angeles, a la que imaginaba como una especie de antítesis costera de Vladivostok, aunque la orografía de esta última hace que muchos americanos la comparen con la californiana San Francisco.

En cualquier caso, las vistas del mirador del volcán, coronado por los apóstoles de los eslavos, Cirilo y Metodio, revelan una ciudad de muy buen ver, con distintivos tan sobresalientes como el Puente del Cuerno de Oro, construido recientemente junto al de la Isla Russki, el puente atirantado con mayor vano del mundo.

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Tras despedirnos de Angelina, quien tuvo la bondad de dejarnos su número de teléfono por si nos surgía algún problema, volvimos al hostal para merendar un buen chocolate caliente, descansar un rato y prepararnos para la última visita antes de ir a la estación de tren.

Aunque no ofrece un paseo muy recomendable si se va cargado, el puerto deportivo, con su plaza, sus atracciones y la música folklórica que emiten por megafonía, resulta un lugar curioso para comprobar el ambiente en el que los lugareños pasan sus ratos de ocio en un lugar público y al aire libre como este. Nosotros lo recorrimos a gusto, aunque lamentamos la dificultad de acceso por el extremo sur del puerto.

Más tarde, de camino a la estación de Vladivostok, y con la luz solar en rápido descenso, recordé la cantidad de referencias que existen en Internet sobre la criminalidad y el pasado mafioso de esta ciudad, especialmente en los 90, pero aunque nunca está de más andar con cuidado, la verdad es que no tuvimos ningún problema en las zonas del centro que visitamos (ni en ninguna otra ciudad rusa).

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Ahora bien, es cierto que resulta bastante fácil cruzarse con personas que quizás han bebido un poco más de la cuenta. No en vano, Rusia es un país que lidera las tasas mundiales de muertes por causa del alcohol, pero la mayoría de las veces basta con ignorar a los borrachos o con cambiarse de acera, en caso de que se les vea con ganas de incordio.

También es verdad que durante el viaje a lo largo de Rusia fuimos bastante cautos, apenas salimos por la noche, y tampoco nos quedamos de juerga hasta altas horas de la madrugada, pero en lo que se refiere a las horas del día, tanto Vladivostok como el resto de ciudades que visitamos nos parecieron muy seguras, y no supimos nada de las bandas de gitanos ni de otros peligros sobre los que se comenta en la red de redes.

No obstante, ahora que lo pienso, es muy posible que nuestro aspecto zarrapastroso, mezcla de viajeros pobres y pareja en plena mudanza (por la cantidad de trastos que llevábamos), desanimase a posibles malhechores.

Fuera como fuese, nos dio la impresión de que el camino desde el centro hasta la estación se podía completar a pie sin ningún problema, y la propia estación ofrece un espacio muy seguro en el que descansar o pasar un par de horas a la espera cuando se carece de otro lugar en el que estar.

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Además, aparte de ser bien bonita y de albergar una elegante locomotora de vapor en su andén principal, la estación de tren de Vladivostok cuenta con un famoso mojón que marca el final de los 9.288 kilómetros que la separan de Moscú, omnipresente referencia espacial y temporal de todo el viaje, en tanto que todas las salidas de trayectos se muestran según la hora moscovita.

Por esto último, resulta crucial asegurarse un par de veces de que la hora local a la que esperamos que salga el tren coincida con la hora de Moscú, y es que un error de cálculo o un descuido a la hora de ajustar el reloj en las diferentes zonas horarias del país puede acarrear un caos de cancelaciones y una pérdida de tiempo y dinero como no se las deseo a nadie.



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Los últimos momentos antes de subir al tren los pasamos entre ciertos nervios por no saber con quién nos tocaría compartir literas, bastante sueño por el cansancio acumulado y una gran emoción por arrancar un viaje que haría parada en otras 7 ciudades rusas. Afortunadamente, ni los nervios ni el sueño nos acompañarían por mucho tiempo, porque este es un viaje en el que se puede descansar bastante bien, especialmente cuando uno va en compartimentos de 4 literas, pero la emoción de conocer nuevos lugares se mantuvo junto a nosotros hasta el final, y todavía vive con el recuerdo de la cantidad de lugares que nos quedaron por visitar.

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De hecho todavía me estremezco un poco al revivir aquellos instantes de práctica medianoche en que subimos al tren y nos acomodamos en nuestro compartimento, que resultó ser tanto o más confortable que el de cualquier vagón chino, por no hablar del momento en que comenzamos a deslizarnos por los raíles.

Aquella noche nos fuimos a dormir pronto, aunque no sin antes charlar un rato con Karina, una joven estudiante que volvía a Birobidján y que acababa de pasar unos días en Vladivostok visitando posibles universidades en las que cursar un grado. Karina no entendía muy bien nuestra decisión de visitar Birobidján en lugar de Jabárovsk, una de las ciudades más prósperas de toda Siberia, y al igual que le ocurría a Angelina, su deseo era mudarse a una gran ciudad, cuanto más cosmopolita, mejor.

Recuerdo que cuando nos echamos a descansar, pasé un rato pensando en la forma tan curiosa en que se cruzan nuestros caminos, y lo diferente que puede saber el retorno a casa para dos personas que viajan en el mismo vagón. Y con estos y otros pensamientos en mente me quedé dormido hasta bien entrada la mañana del día siguiente, que nos acogió sin apenas nubes y luz de sobra para admirar el paisaje de praderas y bosques que se extendían de camino a Birobidján.

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