Etapa 0: Changchun – Vladivostok

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La noche del 6 de julio de 2015, víspera de San Fermín, marcó el comienzo del mejor y más largo viaje que he realizado en mis treintaypocos años de vida. Atrás quedaba todo un mes de preparativos y decenas de horas invertidas en solicitudes de visados y reservas de trayectos. Ya solo faltaba subir al tren y disfrutar del recorrido y de las paradas programadas hasta Irún, pero sin relajarnos demasiado, porque un simple descuido en los horarios podía hacer que el resto de etapas cayese como una fila de fichas de dominó.

Para mí y para mi mujer, de nacionalidad china, aquel lunes no solo marcaría el inicio de 14.000 kilómetros sobre raíles, sino también el embarque a una nueva etapa en Bera, el pueblo navarro en el que crecí, después de pasar juntos cerca de cuatro fabulosos años en el gigante asiático.

A decir verdad, a mí me dio bastante pereza y pena decir adiós al país, a poder elegir dónde trabajar, llegar a fin de mes holgadamente, disfrutar de su cocina, y participar de su interesantísima vida social. Pero al mismo tiempo sentí alivio por no tener que seguir respirando aire peligrosamente contaminado, y también una gran ilusión por acompañar a Lele en sus procesos de descubrimiento y adaptación a la vida en términos vasco-navarros.

Desde luego, el viaje ofrecería ratos de sobra para pensar y discutir acerca de los pros y los contras de nuestra decisión, pero en el momento de partir nos sentíamos desbordados por la simple emoción de explorar las piezas geográficas y culturales que separan a China y Europa por la franja norte del puzzle continental.

Ninguno de los dos habíamos visitado nunca Rusia, y aunque podíamos haber acortado el viaje partiendo hacia el noroeste desde Changchun (nuestro hogar en China), decidimos gastar un poco más de dinero y comenzar con una “etapa 0” con destino a Vladivostok, probablemente la gran ciudad más interesante de todo el extremo este de Rusia. Además, esta etapa previa nos permitiría entrar a Rusia pasando por la boscosa y montañosa frontera entre China y Corea del Norte, antiguo escenario de disputas entre manchúes, han, coreanos, japoneses y rusos.

El primer tramo de la entrada consistía en un viaje en tren-litera de casi nueve horas desde Changchun hasta Yanji, capital de la prefectura autónoma de Yanbian y hogar de más de 700.000 chinos de etnicidad coreana. Aquel sería nuestro último trayecto a bordo de un tren chino, y lo cierto es que me dio algo de pena decir adiós a esa experiencia, porque he pasado unos ratos buenísimos en los viejos vagones-litera de la China Railway.

También tenía cierto temor de que los rusos no fuesen tan buenos compañeros de viaje como los chinos, o de no poder comunicarnos con ellos, así que trate de aprovechar al máximo de trayecto y pasar el rato más agradable posible con nuestros compañeros de compartimento.

Curiosamente, el mayor de ellos era un profesor de la universidad en la que trabajé hasta pocos días antes, aunque nunca me había encontrado con él previamente, mientras que el otro era un hombre de negocios de lo más dicharachero.

Recuerdo que hablamos de algún que otro tema interesante, como la ola de inmigrantes norcoreanos que huyeron de las hambrunas de finales de los años 90, o las protestas estudiantiles de Tiananmén, que no solo tuvieron lugar en Pekín, sino en muchas otras capitales de provincia y ciudades universitarias, como la propia Changchun (foto inferior, cortesía de Michelle Bucanan), aunque nuestros compañeros coincidían en la opinión de que aquel fue un movimiento orquestado por el imperialismo yanqui.

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Y es que, a diferencia de lo que se puede uno encontrar en muchas zonas del sur y sureste de China, el noreste es una región en la que todavía impera una curiosa nostalgia por aquellos años en que el Partido Comunista de China se encargaban de cubrir -y también controlar- toda necesidad básica, incluidas la vivienda, la alimentación y las actividades de ocio. Por otra parte, y aunque las diferencias entre ambos lados de la frontera sino-coreana son más que notables, la barrera anti-estadounidense que constituye el país liderado por Kim Jong-un sigue afectando de manera bastante palpable en la mentalidad de los norteños, quienes son muy conscientes del riesgo que supondría la vecindad de una Corea unificada y pro OTAN.

Ahora bien, esta idiosincrasia no afecta demasiado al modo en que los chinos tratan a los turistas occidentales, y nadie le va a poner caras raras a un turista por el simple hecho de que venga de Nueva York, sino más bien todo lo contrario, ya que, a fin de cuentas, la curiosidad que sienten por los pocos occidentales que se acercan por estas zonas supera con creces el efecto de cualquier ideología.

Otra cuestión son las miradas que te puedan echar ciertos jóvenes si resulta que eres un hombre occidental o de origen no asiático y vas acompañado de una mujer local, pero eso ya son historias que tienen que ver más con la vena patriarcal-tradicionalista de la cultura china, vena que, dicho sea de paso, resulta más visible en el frío noreste.

En cuanto a nosotros, completamos el viaje en tren-litera sin mayor percance que alguna que otra fuga de gas intestinal, y Yanji nos acogió con una mañana despejada y bastante calurosa.

Cuando preguntas a los chinos sobre lo que opinan de una ciudad de alta presencia coreana, los tópicos más recurrentes son los relacionados a su deliciosa gastronomía y su concepto de la higiene, sensiblemente más estricto que el de los han.

De hecho, aunque no tuvimos ocasión de desayunar nada con sabor especialmente local (Changchun también cuenta con muchos restaurantes coreanos), sí que presencié un gesto que me hizo pensar en el tópico de la limpieza y que consistió en una reprimenda por parte de una encargada de una compañía de autobuses a una madre que puso a orinar a su hija en plena acera. Es más, creo que nunca había visto algo así en otras zonas de China, puesto que, generalmente impera una gran permisividad hacia las necesidades de los niños, y muy pocos se atreverían a expresar su desaprobación a los padres.

Sea como fuere, tras una fugaz estancia de apenas media hora en Yanji, montamos en un pequeño autobús de camino a Hunchun, la ciudad de la que era natural el abuelo de Lele, un señor de ochenta años que sirvió como conductor durante la Guerra de Corea y que todavía hoy se aferra al volante de su mini-coche eléctrico, aunque ya no ve ni tres en un tigre.

Hunchun (abajo) es famoso por estar situado entre las fronteras de Rusia y Corea del Norte, y alberga un punto en el que coinciden los límites de los tres países, aunque, más allá de su importancia simbólica, no es un lugar demasiado vistoso. En mi opinión, lo realmente interesante de esta pequeña localidad es el modo en que convergen estas tres nacionalidades, unidas por una intensa actividad comercial que recibe a los clientes en chino, coreano, ruso, y lo que haga falta.

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En cuanto a nosotros, resistimos a las ofertas que los tenderos nos voceaban y nos centramos en la búsqueda de algún banco que pudiese cambiarnos yuanes por rublos. Afortunadamente, esta es una operación bastante sencilla de realizar en Hunchun, ya que hay unos cuantos lugares más o menos oficiales en los que la ofrecen, aunque nosotros optamos por pagar algo más y comprar los rublos en un banco, por si las moscas.

Tras solucionar la cuestión monetaria y comer unos fideos, nos perdimos un rato entre los grupos de rusos atraidos por los precios chinos y volvimos a la estación de autobuses de Hunchun (foto inicial), donde tuvimos una discusión motivada por la cantidad de equipaje que llevamos, primera causa de los pocos conflictos que protagonizamos durante el viaje. Y es que, pese a que intentamos enviar la mayor cantidad posible de enseres por correo, hubo muchas cosas que tuvimos que llevar junto con nosotros, como nuestros ordenadores portátiles, lo que implicó añadir una pequeña maleta a las espaciosas mochilas que cargábamos cada uno.

Es decir, lo nuestro no solo fue una mezcla de viaje de novios y de regreso a casa, sino que el periplo también tuvo un aire de mudanza bastante peculiar, puesto que parte de lo que llevábamos a cuestas carecía de utilidad para el viaje, y mientras mi mujer se negó a desprenderse de ciertas prendas y cremas, yo me aferré de forma no menos pueril a una colección de cómics chinos y otros recordatorios que podría haber dejado en casa de mi suegra.

Tras casi una hora de negociaciones infructuosas, agarramos los bultos, que seguirían creciendo en volumen durante todo el viaje, y subimos al autobús con destino a Vladivostok acompañados de una treintena de rusos cargados de compras y con ganas de echar la siesta.

En principio, el viaje duraba seis horas, pero cerca de una de ellas la pasamos entre las cinco paradas realizadas con motivo del paso transfronterizo.

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La primera parada del lado chino no se produjo en la aduana como tal, sino en un almacén comercial instalado dentro del recinto aduanero, jugada con la que los chinos consiguen sacar algún que otro rublo más a los rusos de cartera generosa, justo antes de que regresen a su país.

La segunda parada implicó un chequeo y escaneo de documentos y equipaje que causó más de un resoplido por parte de los pasajeros, aunque se completó en apenas 10 minutos.

Antes de dejar atrás el territorio chino, pasamos por otro pequeño punto de control en el que no es necesario abandonar el autobús, y desde allí accedimos lentamente al complejo aduanero de Rusia, que es mucho más humilde que el chino, aunque su inspección de equipaje es todavía más exhaustiva (foto superior), y además cuentan con perros entrenados para olisquear drogas y demás.

Tras finalizar el segundo desfile de equipajes y pasaportes, volvimos a subir al autobús y avanzamos unos pocos kilómetros hasta dar con el último punto de control, que apenas consistía en una curiosa caseta de madera. Por cierto, cuando intenté sacar fotos del recinto, las señoras viajeras de mi alrededor me hicieron unos aspavientos con los que entendí que a los soldados rusos no les iba a hacer mucha gracia, y esto es algo que confirmaría más adelante en varias ocasiones.

En cuanto al recorrido hasta Vladivostok, lo cierto es que me agradó mucho comprobar la espesura de los bosques que crecen sobre y alrededor de los pequeños montes y colinas que forman los dominios del tigre siberiano, una de las especies más emblemáticas de la región. De hecho, el propio Vladimir Putin se ha involucrado personalmente en los programas de cría y liberación de esta espectacular subespecie que prácticamente ha desaparecido en China, debido a la caza motivada por sus propiedades según la medicina tradicional.

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Respecto de Vladivostok, aparte del verdor de sus alrededores, me llamó la atención el aire occidental de su arquitectura, su gente y su ambiente en comparación a lo que se puede encontrar en ciudades chinas muy cercanas, y eso que se trata de una ciudad de fundación china. Es decir, los cambios que se aprecian al cruzar la frontera son mucho más grandes que los que pueden distinguir a la mayoría de los países europeos, y choca el contraste de rasgos fisiológicos que domina a cada lado, con mayoría de rubios por un lado y de morenos por el otro, aunque el lado ruso parece algo más heterogéneo y dado a la mezcla en lo que a tonos de ojo, piel y pelo se refiere.

Tras llegar a la estación de autobuses, de aspecto un tanto deteriorado, activamos la tarjeta SIM rusa que habíamos adquirido ya en China y averiguamos el autobús urbano a tomar a través de Google Maps, que funciona más o menos bien por toda Rusia, si bien con alguna excepción. El viaje al hostal en el que nos alojamos no duró más de 20 minutos, y sus alrededores de ambiente más o menos artístico nos causaron muy buena impresión, pero el cansancio acumulado y la noche en ciernes nos convencieron de dejar la exploración para el día siguiente y dedicar la noche al descanso, ingrediente fundamental para un viaje de este calibre.

Eso sí, antes de irnos a dormir nos permitimos un rato de relax en la recepción-cafetería-sala de exposición del Gallery and More Guest House, que además es una especie de museo viviente con todo tipo de antiguallas, entre ellas un viejo tocadiscos con elepés rusificados de bandas como AC/CD. Ahí queda eso.

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