Los dominios del último emperador

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Seguramente muchos de vosotros conozcáis la historia de Aisin-Gioro Puyi (1906-1967), o hayáis visto la célebre película de Bernardo Bertolucci, El último emperador (1987), en la que se relata su vida y periplos bajo uno de los periodos más revueltos de la historia de China.

Así pues, quizás no os sorprenda saber que, aunque durante su niñez fue considerado prácticamente una divinidad, buena parte de los chinos de hoy en día le conocen por su nombre de pila, Puyi, en una muestra del rechazo a considerarlo a la altura de otros grandes monarcas.

No en vano, la figura de Puyi cumple con todos los ingredientes necesarios para convertirse en un personaje denostado por el pueblo chino.

Para empezar, era el heredero al trono de una dinastía considerada como “extranjera”, pues su sangre no provenía de los Han, sino de los Man, o manchúes, según el término latinizado, hecho que sólo se repitió en la dinastía Yuan, dominada por los mongoles.

En segundo lugar, fue educado por un tutor occidental, el diplomático escocés Reginald Johnston, hecho que fue explotado por la propaganda comunista como una de las causa de su bajeza ética y su flagrante traición a la patria.

Y en tercer y último lugar, se convirtió en el emperador-títere de Manchuria, el estado creado por el Imperio Japonés en las provincias cruelmente ocupadas del Noreste de China.

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De hecho, fue en Changchun, capital de Manchuria, y de la actual provincia de Jilin, donde Puyi estuvo más cerca de conquistar sus deseos de gobernar al modo en que hizo su tía-abuela, la célebre emperatriz Cixi. No obstante, en la práctica, apenas llegó a erigirse como dueño y señor del palacio en el que habitó entre 1932 y 1945.

Los japoneses le ofrecieron un hogar moderno y de rasgos marcadamente occidentales en comparación al entorno que constituía la Ciudad Prohibida, de donde no pudo salir hasta que los 15 años de edad. Una clara muestra del espaldarazo que le ofreció Puyi a las costumbres dinásticas la encontramos en uno de los aseos del palacio, donde un barbero japonés se encargaba de cortarle el pelo al estilo del Oeste, algo que hubiese constituído todo un sacrilegio a ojos de sus antecesores.

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Incluso las salas de mayor pompa, como aquella que acoge el trono, muestran un estilo que recuerda más al de los palacios europeos del Siglo XIX. Y aunque el resultado pueda resultar muy familiar para el ojo occidental, lo más probable es que luciera como un espacio de lo más alienante para la élite local de gusto conservador.

En realidad, sólo las salas reservadas a las ceremonias de culto a los ancestros muestran un claro dominio de las formas tradicionales, aunque de forma un tanto descontextualizada.

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Y pese al enorme lujo que constituía aquel palacio en contraste con las condiciones de vida de sus súbditos, muchas de las salas muestran un aire de sencillez casi minimalista, en parte debido a la influencia del estilo decorativo japonés, y en parte por el propio gusto de Puyi, quien arrastraba cierto hastío por las complejidades del Fengshui y de la rutina hogareña altamente ritualizada que padeció en Pekín.

Prueba de ello es su dormitorio, de tamaño y decoración visiblemente más humilde que el de su esposa y sus concubinas. Además, al parecer, a Puyi no le gustaba usar las sábanas y las colchas provistas en el palacio, y durante todo el año se cubría sólo con las mantas que podéis apreciar en la cabecera de la cama.

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Arriba, el dormitorio de Puyi; abajo, el de una de sus concubinas.

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En cuanto a su vida amorosa, aunque en la película de Bertolucci se presenta al último emperador no exento de cierto aire de Don Juan, las evidencias históricas y biográficas apuntan a que apenas tuvo interés sexual por las dos esposas y tres concubinas que tuvo a lo largo de su vida, de cuya relación nunca llegó a obtener descendientes.

Además, su trato no fue precisamente un camino de rosas.

La emperatriz  Wanrong mantuvo un affair con su chófer, y de su relación nació una niña que fue asesinada en secreto por agentes de la armada japonesa. Cuando Wanrong tuvo noticia de ello, comenzó a consumir opio y a desarrollar una adicción por la que acabó perdiendo la cabeza.

En cuanto a la relación entre la emperatriz y Wenxiu, la consorte del emperador, parece que no fue tan positiva como se retrata en el famoso film, pues ambas desarrollaron una obsesión por los lujos y unos celos que desembocaron en el divorcio de la segunda ya en 1931.

Su segunda concubina, Tan Yuling, a la que Puyi apreció especialmente, murió con apenas 22 años en circunstancias de lo más sospechosas. Al parecer, Tan mostró especial preocupación por el grado de control que los japoneses ejercían sobre Puyi, lo que pudo hacer que los agentes nipones de la corte la identificasen como un riesgo para sus intereses.

Fuese o no así, lo cierto es que la concubina murió apenas un día después de que un médico japonés le inyectase un medicamento contra la cistitis, lo que hizo que el propio Puyi desarrollase cierta paranoia por los cargos japoneses que lo “asistía” en sus funciones políticas.

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El último emperador era muy consciente de lo que les ocurría a las dinastías reales cuando perdían su carisma y su poder de facto, y sabía que su figura apenas constituía un símbolo de poder hábilmente instrumentalizado por otros agentes políticos.

En realidad, más allá de la aparente libertad asociada a su estilo de vida moderno, y las comodidades y divertimentos de que disponía en su palacio real, lo cierto es que Puyi seguía estando tan preso de los intereses ajenos como lo estuvo cuando, supuestamente, ostentaba el poder supremo sobre China.

Sin embargo, mientras en la Ciudad Prohibida, al menos, logró ejercer su autoridad sobre los eunucos, a quienes expulsó del palacio por sus conspiraciones en 1923, en Changchun prácticamente se limitó a firmar documentos cuyo contenido e implicaciones escapaban totalmente a su control.

Y sí, es cierto que durante su estancia en la nueva capital de Manchuria, disfrutó de su pasión por la equitación, el tenis, y los deportes de pelota, pero lo hizo a cambio de no tener nada que decir sobre sobre lo que estaba ocurriendo más allá de los muros de palacio.

Tras su fracasada huida y 10 años de prisión y re-educación bajo las autoridades del nuevo régimen comunista, Puyi se volvió a casar, escribió su biografía, y trabajó en un jardín botánico hasta 1963. Un año más tarde, y como signo de su aparente conversión al maoísmo fue nombrado miembro del Consejo Consultivo Político del Pueblo Chino.

Durante el periodo final de su vida, que coincidió con los tumultuosos años de la Revolución Cultural, Puyi fue reducido, una vez más, a un simple símbolo de la lucha de poderes, y fue fotografiado sonriente, entre otros, junto a los líderes militares que acabaron con el Imperio Chino, y con el propio Mao Zedong.

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El último emperador de China murió a los 61 años víctima del cáncer y otras afecciones. Pero aun con todos los horrores de los que fue acusado cómplice, los chinos que se acercan a su palacio de Changchun y escuchan los detalles de su vida, no parecen reaccionar con rabia u odio. Al contrario, sus gestos y comentarios denotan más bien cierta vergüenza o lástima ante la historia de un ser humano víctima de las paradojas del destino, y ante la figura de un emperador sin dominios.

8 comentarios en “Los dominios del último emperador”

  1. Al hilo de los japoneses de este artículo, una cosa que me llama la atención es el resentimiento que noto por parte de mi novia (generación de los 90´s) con los japoneses, quizás adoctrinada en las escuelas? .

    Efectivamente hicieron grandes barbaridades -como en Nanjin-, pero por más que le digo que la culpa fue de los japoneses de esa época y no de los de ahora, no acaba de verlo. Que no quiero decir no tenga conocidos de allí, pero no acaba de….

    Yo le digo que es como si en España hecho en cara a los gallegos de ahora el formar parte de las columnas XXX en la Guerra Civil, pero si están ya todos muertos!!. La historia es importante no olvidarla para no caer en los mismos errores, no para rememorar heridas que uno nunca sufrió en persona (los abuelos si, pero…).

    Otro tema ya es lo de Mao y el salto adelante, el gran número de muertos que generó y lo importante que es/fue para China. O que Gengis Kan fue el Chino más importante… (pero si nació en el Lago Baikal!!!, el más mongol de los mongoles!!!)… ufff, tema tabú en casa jajajaja

    1. Hola Sergio,

      con respecto al sentimiento anti-japonés, también lo he comprobado en la familia de mi novia, y aunque a veces suena un tanto exagerado, creo que lo comprendo.

      Las atrocidades que cometieron los japoneses en la Segunda Guerra Mundial sólo son comparables a las de los nazis (algunos creen que fueron todavía peores).

      Ahora bien, imagina que viviésemos en una Europa donde el gobierno alemán nunca hubiese pedido perdón por los crímenes cometidos. Pues eso es lo que, más o menos, ocurre entre Japón y China.

      Por supuesto, el gobierno chino le saca un buen partido a estos rencores cuando los problemas nacionales se hacen de notar. Pero yo entiendo muy bien la indignación de los chinos cada vez que los políticos japoneses hacen declaraciones cuestionando los crímenes de la guerra.

      De hecho, creo que esa visión “simpática” que tenemos hacia los japoneses en Occidente, cambiaría mucho si se supiese más acerca de la actitud de su gobierno hacia estos temas.

      Pero bueno, ya se sabe que con los amiguitos del Tío Sam uno no se puede meter, por muchas burradas que cometan sus políticos.

      En cualquier caso, te doy la razón en que a veces el odio por los japoneses llega a límites ridículos, y a veces se hace pagar a turistas y empresarios que no tienen nada que ver en las tensiones entre los gobiernos de ambos países.

      El abuelo de mi novia debía ser especialmente sensible a estos temas (en manchú y luchó en la Guerra de Corea), y casi se dejó de hablar con su hija cuando comenzó a salir con un japonés en Shanghai. Sin embargo, hace unos años se convirtió al cristianismo y cada vez que me ve siempre me suelta el sermón de que todos somos hermanos, hehehe.

      En fin, muchas gracias por tu comentario, una vez más. Saludos desde el Norte

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