La seguridad del “gran hermano” chino y la de su uniformado primo

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A pesar de la precaria situación de los derechos civiles en China, considero que es un país aparentemente seguro en muchos niveles. Eso no quita que quienes vivimos allí no tengamos que desarrollar cierto “sentido arácnido” para evitar ser aplastados por un autobús o por la carga de un operador de grúa despistado mientras andamos por la calle. No obstante, a diferencia de lo que ocurre en algunos países occidentales, la criminalidad no supone un problema que angustie a sus ciudadanos.

Esta sensación de seguridad, palpable incluso incluso en los suburbios de las grandes ciudades, se debe, entre otras razones, a la gran cantidad de “agentes del orden” que protegen las zonas donde habitan y trabajan los trabajadores de cuello blanco. De hecho, en China no es nada extraño que los bloques de edificios se ordenen por áreas separadas unas de otras por su propia “muralla”, y custodiadas por personal contratado específicamente para mantener el orden y la armonía en la vecindad.

Recuerdo que, cuando vivía en Wuhan, tuvimos un pequeño percance con el conserje-segurata del área en que vivíamos, quién, al ver entrar al padre de mi novia, pensó que se trataba de un posible maleante, y lo persiguió a grito pelado hasta la puerta de nuestro piso, donde pudimos aclarar el asunto.

Normalmente, este tipo de agentes, a los que nos dirigimos bajo el título de “shifu” (师傅 aplicable a una gran variedad de profesionales), obtienen su salario de una pequeña tasa aplicada a los residentes de cada vivienda, y aunque a veces el puesto viene con un hueco dentro del área vecinal, por lo general no gozan de condiciones de vida demasiado buenas. Es decir, su profesión no es precisamente una de las más valoradas en el mercado laboral, y a la vista de la pachorra que demuestran muchos de ellos, no parece que cuenten con incentivos para preocuparse por eso de la imagen profesional.

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El área donde vivimos desde que nos mudamos a Changchun, situada muy cerca de la Universidad de Jilin, cuenta con miles de vecinos y más de diez agentes de seguridad contratados por la oficina de “administración de la propiedad” o “wuye” (物业), que puede estar en manos de los administradores públicos o de empresas privadas.

En nuestro caso, se trata de una empresa privada a la que se paga anualmente en función de los metros cuadrados de la vivienda. Para mí, eso supone aflojar unos 130 euros con los que me aseguro que el “gran hermano” del barrio vela por nosotros. Y es que, aunque los ronquidos de los vigilantes, o la escasa apertura entre sus pestañas sugieran un bajo nivel de alerta, lo cierto es que todo un ejército de cámaras “protegen” a los vecinos en el espacio comprendido entre los muros del barrio y la puerta de su hogar.

Sin embargo, y aquí es donde entra en juego la cuestión de los derechos, la información recogida por el “gran hermano” rara vez es puesta a disposición de los habitantes, ni siquiera en los casos en que dicha información afecte a su seguridad.

Por ejemplo, hace un par de días, mi pareja y yo presenciamos un par de sucesos de lo más sospechoso en dos viviendas prácticamente contiguas.

El primero de ellos ocurrió hacia las tres de la madrugada, momento en el que volvíamos de tomar unas cervezas en el centro. Nada más pasar por una de las puertas de acceso electrónico, vislumbramos un grupo de unos 10 hombres que parecían estar retirando una escalera colocada para acceder a una ventana del segundo piso.

Mi pareja pensó que se trataba de un grupo de obreros realizando alguna reparación de urgencia. Sin embargo, pronto nos percatamos de que había algo muy extraño en el modo en que se deshicieron de la escalera y la forma tan inquietante en la que nos miraban. El grupo se quedó en medio de la acera, sin saber muy bien cómo reaccionar, mientras pasábamos por su lado, teniendo prácticamente que esquivarlos en zigzag por el tramo de acera que ocupaban. Entonces nos dimos cuenta de las voces que provenían de la ventana del segundo piso, cuyos cristales mostraban un boquete travesado por algo, o alguien, de tamaño considerable.

Mi novia y yo seguimos caminando en silencio y como si no pasara nada durante unos diez metros, hasta que sentimos que el grupo volvía a sus andadas, momento en que echamos la mirada atrás y apreciamos cómo los hombres desaparecían por el portal más cercano.

La hipótesis de mi pareja fue que podría tratarse de una disputa familiar en la que, como en otros tantos casos, una de las partes solicita el socorro de sus parientes o amigos. De hecho, esto mismo ya le había sucedido a uno de nuestros amigos, quien ya había recibido la visita de ciertos “amigos” de su ex-mujer con la intención de “negociar” los términos del divorcio.

Intrigados por los hechos, al día siguiente decidimos preguntar a uno de los agentes de seguridad del área vecinal, quien nos contó el rumor de que, por lo visto, lo que presenciamos constituía una especie de “redada policial” contra uno de nuestros vecinos, supuestamente buscado por actividades delictivas.

Sin embargo, al acudir a la citada oficina de “administración de la propiedad”, sus encargadas negaron todo rumor y optaron por hacerse las suecas, fingiendo no tener ni idea de lo que les estábamos contando. La pequeña función que improvisaron fue tan poco creíble, que resultaba verdaderamente difícil aguantar la risa. Pero lo más gracioso del asunto es que, justo cuando nos disponíamos a salir de la oficina, recibieron una llamada alertando de un incendio nada menos que dos pisos más arriba de la vivienda de los cristales rotos.

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Cuando se corrió la voz entre los allí presentes, las encargadas de la oficina se miraron unas a otras como pensando: “leches, ¿y ahora qué les contamos a estos para que no se inquieten?” Porque una cosas es pretender que los cristales de una ventana se partan solos, y otra, bastante más complicada, es defender que el humo proveniente de una ventana se deba a la fiesta jamaicana montada por unos estudiantes extranjeros.

Por supuesto, tuvo que presentarse la policía y los bomberos, quienes no tardaron en extinguir el incendio ante la mirada atónita de un grupo de vecinos y curiosos.

La explicación que nos ofrecieron los agentes tampoco fue demasiado tranquilizante: “no ha pasado nada, sólo ha sido un pequeño problema eléctrico. Por favor, vuelvan a sus asuntos”. Vale, muy bien, un problema eléctrico, pero, ¿causado por un mal uso de los vecinos, o por el mal estado de las instalaciones? Porque a mí, por lo menos, me parece un detalle bastante importante. Sin embargo, la actitud y expresión de los cuerpos de seguridad no dejaba duda alguna de que les importaba un carajo explicarnos lo ocurrido, y como muchos habréis deducido ya, nos volvimos a casa sin respuestas de ningún tipo.

Personalmente, no pude evitar sentirme reducido en mi condición humana, y aunque pueda sonar algo exagerado, la verdad es que me imaginé a mi mismo como la vaca a la que no conviene inquietar para que no se le agrie la leche, o como el gorrino que ignora su inevitable San Martín.

Algunos objetarán que, por lo menos, servidor goza de unas condiciones de vida superiores a las de la mayoría de los locales, y que la policía china protege mejor a los extranjeros occidentales que a los propios chinos. Puede que ambas objeciones sean ciertas, pero también es verdad que la “prosperidad” sin garantías civiles no sabe igual que la que se disfruta sobre un reconocimiento fáctico de los derechos de las personas.

En cualquier caso, entiendo que, si es verdad eso de que la información es poder, lo más lógico es que, en un país sin democracia, sólo unos pocos tengan el derecho de enterarse de los principales riesgos y oportunidades que atraviesan cada situación social. Y mientras tanto, a todos los demás nos corresponde seguir inmersos en nuestro trabajo y nuestros asuntos familiares, y sin cuestionar esa aparente seguridad que se encargan de garantizar los vigilantes, ¡faltaría más!

2 comentarios en “La seguridad del “gran hermano” chino y la de su uniformado primo”

  1. Una de las cosas que más me sorprendieron de aquí es que no veo gente que parece “peligrosa” por la calle. En Madrid por ejemplo a veces te cruzas con alguno que te dan ganas de cambiarte cruzar la calle, canis que parece que se pelean cada día, yonkis, no sé, gente con malas pintas siempre ha habido. Pero aquí es que no, ni siquiera los más malotes (que hay pocos) te dan esa sensación de cierto peligro (aunque a lo mejor no esté justificado). Al menos es mi impresión, me siento muy seguro aquí, da igual la hora del día o el barrio. Las veces que he estado en la China continental ha sido igual, pero aquí es que ni siquiera se ve policía por las calles, la seguridad no es fruto de un cierto “miedo” o control, yo creo que a lo mejor tiene que ver con la herencia japonesa, los taiwaneses son muy muy civilizados.

    1. Hola Toni,

      mi sensación en China es muy similar, y coincido totalmente en la impresión de que no abunda la gente que va buscando problemas por la calle.

      Como bien apuntas, es posible que ello se deba a motivos culturales. Es posible que la abundancia de agentes de seguridad se deba al riesgo de robos, que aunque no suelen ser violentos, son relativamente abundantes.

      Por otra parte, también es cierto que, al menos en la China continental, la policía se preocupa mucho porque los extranjeros estemos seguros. Es decir, si alguien me ataca o me roba y lo denuncio en la policía, es más probable que se esfuercen en hacer algo, mientras que los chinos ni se molestan en ir a comisaría por lo poco efectivo que resulta.

      Por eso mismo, según me cuenta mi novia, muchos chorizos suelen pasar de los extranjeros (en parte porque no saben muy bien cómo vamos a reaccionar), y quizás eso hace que imaginemos las situación más segura de lo que es en realidad.

      A ella, por ejemplo, ya le han robado el teléfono tres veces, aunque lo habrán intentando unas cuantas veces más. Y su padre, que vive en un bloque sin agentes de seguridad, anda siempre preocupado de que le entren a robar en casa, razón por la que tiene a “tigre blanco”, un chihuahua insoportable que al único que ataca es a mí.

      En cualquier caso, coincido plenamente en lo que comentas de las gamberradas callejeras, y tengo que admitir que es una gozada poder andar por ahí sin miedo a que unos graciosos te metan en líos.

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