Un día de cuento y otro de escarmiento en la China del crecimiento

china-crecimiento-2

Cada vez que hecho un vistazo al diario que escribí durante mi primer año de investigación en China, me viene a la cabeza la misma cuestión: lo diferente que puede parecer el entorno en el que vivimos en función del pie con el que nos levantemos.

Por supuesto, no es lo mismo despertarse en la cama matrimonial de un hotel de lujo, o en el colchón mohoso que me proporcionaron en la desastrosa residencia de la Universidad de Wuhan. Aun así, me sorprende comprobar el modo en que dos días de rutina casi idéntica me podían sugerir valoraciones y reflexiones prácticamente opuestas, y para ilustrar esta paradoja, aquí os dejo un pequeño ejemplo de lo que podía suponer un día bueno y otro no tan bueno en la China del desarrollo.

Día de cuento

Hoy me he levantado descansado, y aunque, una vez más, no había agua caliente, he tomado una ducha revitalizante que me ha sentado ideal para presentarme a las clases de chino con las pilas cargadas. Ya lo decía Pedro, mi amigo de la infancia, que no hay nada para la salud y para el ánimo como asearse con agua fría, y creo que no le faltaba razón.

Como de costumbre, he pasado por la tienducha que queda de camino a la facultad para comprar un bollo y un té con leche, y de paso practicar un poco de lenguaje oral con la dependienta.

Las clases han resultado bastante amenas, especialmente las del profesor Lee, que siempre nos cuenta algún chiste o comentario gracioso sobre nuestros países de procedencia. Me llama la atención el respeto con el que los estudiantes asiáticos tratan a nuestros profesores, sobre todo a los de mayor edad, mientras los franceses (muy abundantes en Wuhan) y los occidentales, en general, tenemos un comportamiento mucho más tendente a interrumpir, discutir con el profesor, e incluso cuestionar sus métodos. Aun así, los profesores nos tratan muy bien, y nos permiten toda una serie de formas de conducta algo “caprichosas” que prácticamente avergüenzan a los estudiantes locales, mucho más disciplinados que nosotros.

Tras las lecciones he ido a la cantina, donde he podido disfrutar de un nuevo plato de tofu con patatas y el siempre presente y saludable arroz, en el que ya pienso como un sustituto del pan. Aunque las condiciones de vida no sean demasiado buenas en el Campus, lo cierto es que el sacrificio queda compensado por poder disfrutar de las variadísimas delicias de la cocina china, una de las más importantes del mundo. Cierto que al principio me costó un poco acostumbrarme al picante, pero también es verdad que mi organismo funciona de forma más regular, y me siento más sano desde que abracé la dieta local.

Después de comer he intentado dar con música o vídeos online por los buscadores chinos, lo cual no sólo me viene bien como entretenimiento, sino también como una forma de familiarizarme con los medios locales.

Tras un pequeño descanso, he salido a dar una vuelta por el área de construcción con la que la Universidad de Wuhan pretende unificar dos de sus Campus. Allí las obras se mantienen día y noche, incluidos fines de semana, para hacer que los estrechos plazos de finalización se cumplan, y Wuhan esté un poco más cerca de convertirse en la “Capital de la China Central”. La verdad es que no puedo evitar sentir admiración por el coraje que demuestran los trabajadores migrantes, llegados desde zonas rurales de provincias remotas, dispuestos a soportar la vida en los barracones y el duro trabajo en las zanjas, todo ello para garantizar una buena educación para sus hijos.

Esa disposición a darlo todo por el futuro de los descendientes y del linaje familiar se hace palpable incluso a pie de calle, ante entrañables escenas de padres y abuelos que miman a sus “pequeños emperadores” como si no hubiese otra cosa en el mundo. No en vano, en el caso de muchas familias, preocuparse por el futuro de sus sucesores equivale a preocuparse por su propio futuro, ya que, en estos momentos, el gobierno tiene otras prioridades que la de hacerse cargo de crear un sistema de pensiones y unos servicios sociales de calidad.

Al volver a la residencia he dado una pequeña clase de español a un grupo de estudiantes universitarios, a quienes espero poder entrevistar más adelante. Después de la clase hemos hablado un poco sobre sus planes de carrera, y he descubierto que varios de ellos han elegido estudios de acuerdo a los deseos de sus padres, pues gran parte de sus oportunidades laborales dependerán de los contactos de sus parientes y amigos en empresas, órganos administrativos, o en los diversos Campus del país.

Después de la clase he ido a cenar con mi amigo Adrián, quien se ha mostrado un tanto molesto debido a un percance que le ha surgido en su cuarto. Él lleva ya un año en Wuhan, y la verdad es que le veo algo cansado de la vida en estos lares. De momento, yo estoy encantado con la cantidad de novedades que me ofrece la ciudad y todo lo que estoy aprendiendo de ello, y sólo espero que siga siendo así.

Día de escarmiento

Hoy me he levantado descansado, pero, una vez más, no había agua caliente, así que he tenido que pasar por la ducha tiritando y maldiciendo cual chamán en trance. Mi amigo Pedro siempre decía que ducharse con agua fría es cojonudo para la salud, pero cada vez estoy más seguro de que iba de coña y de que el tío se parte de risa sólo de imaginarnos probando el método cada mañana. La verdad sea dicha, no hay manera humana de empezar el día con humor sin un poco de agua caliente.

Como de costumbre, he pasado por la tienducha que queda de camino a la facultad para comprar el desayuno y comprobar la cara de asombro con la que me mira la dependienta, mientras me lio con los dichosos tonos y le digo alguna barbaridad en chino.

Las clases han sido un tostón insoportable, especialmente las del profesor Lee, cuyo plan para amenizar la lección a consistido en dárselas de graciosete con la situación económica del Sur de Europa. Mientras, inocente de mí, trataba de explicarle que el PIB no es un indicador muy fiable para medir el bienestar económico, me he fijado en que parte de los estudiantes asiáticos se ruborizaban, cual monjitas piadosas, ante mi desvergonzada conducta, como si el simple hecho de discutir de igual a igual con el profesor fuese un pecado.

Tras las clases he ido a la cantina, donde he podido disfrutar de otro nuevo plato a base de tofu y el siempre presente arroz, que puede que sea más saludable y digestivo que el pan, aunque el que sirven aquí suele venir con alguna que otra piedrilla capaz de patrocinarte una visita al dentista. Por otra parte, con lo variada que es la cocina china, no entiendo ese empeño de los cocineros por hacer que todo sepa igual. Da igual que se trate de pollo o granos de maíz, la cosa es añadir glutamato por un tubo a todo, y picante como para provocarle una úlcera a Godzilla, para que los platos adquieran ese supuesto “toque de Sichuan” que no engaña a nadie. Todavía se me tensan los glúteos cuando me acuerdo de lo mal que lo pasé durante las primeras semanas al “des-comer” los menús de la cantina, aunque, eso si, lo que se dice jiñar, jiñaba como un reloj, o quizás más bien como una locomotora de las de carbón.

Después de comer he intentado ver algún vídeo o oír algún disco por Youtube, pero como está censurado en China, la alternativa a consistido en volverme loco descargando programas en chino y dándoles permisos de vaya usted a saber qué operaciones, para acabar viendo medio capítulo de Friends con el audio desfasado. En fin, al menos así puedo conocer lo que les gusta ver a los chinos a través de Internet.

Tras un pequeño descanso, he salido a dar una vuelta por el área de obras con la que la corrupta y tiránica Universidad de Wuhan pretende unificar dos de sus Campus. Allí los currelas arriesgan su salud y su vida en jornadas interminables para que los responsables del proyecto puedan llenarse los bolsillos cuanto antes, y Wuhan esté un poco más cerca de convertirse en la “Cloaca de la China Central”. La verdad es que no puedo evitar sentir una profunda lástima por los trabajadores migrantes, quienes se desplazan cientos de kilómetros y soportan durísimas condiciones de vida y trabajo, con tal de garantizar a sus hijos un nivel de enseñanza que debería constituir un estándar universal, dado que hablamos de un país socialista.

Sin embargo, esa disposición a hacer lo que sea por la familia de uno mismo y a preocuparse sólo por sus intereses puede llegar a límites dañinos para la convivencia ciudadana, salpicada por escenas tan típicas y toleradas como la de los padres que ponen a mear o cagar al niño en plena acera, o la de quienes conducen por ella como si los viandantes fuesen infrahumanos mutantes. Vamos, que las familias chinas no acaban de ver muy claro el beneficio de formar una buena fraternité protegida por un Estado del Bienestar, y al gobierno chino eso le viene de perlas, porque así se ahorra tener que invertir una millonada en seguridad social y servicios públicos.

Al volver a la residencia he dado una pequeña clase de español a un grupo de estudiantes universitarios, a quienes espero poder entrevistar más adelante. Después de la clase hemos hablado un poco sobre sus planes de futuro, y he descubierto que varios de ellos se han limitado a dejar que sus padres les elijan los estudios, porque es gracias a sus contactos y amiguetes (además de la membresía del partido) como lograrán los enchufes necesarios para convertirse en chupasangres profesionales de alto nivel.

Después de la clase he ido a cenar con mi amigo Adrián, quien estaba un tanto afectado porque el retrete de su cuarto ha vuelto a actuar a modo de desagüe comunitario, provocando un combo de erupción e inundación de mierda como para hacer llorar de desesperación a Rambo. La verdad es que entiendo perfectamente su cansancio tras un año en la residencia, y aunque estoy seguro de que aprenderé mucho de mi estancia, espero que las cosas mejoren para quienes elegimos pasar una temporada aquí y, sobre todo, para los que no tienen otro remedio que crecer en el lado menos amable del desarrollo chino.

4 comentarios en “Un día de cuento y otro de escarmiento en la China del crecimiento”

    1. Lo de Wuhan fue un poco extremo porque llegué por mi cuenta, sin convenios universitarios ni nada, y me pusieron en una de las peores habitaciones de la residencia. Incluso mis alumnos chinos, que estaban acostumbrados a todo tipo de calamidades, se extrañaban del chamizo en el que vivía, y sobre todo de todo lo que me hacían pagar al mes.

      En cualquier caso, una vez pasadas las peripecias te ríes un montón, aunque sí que da un poco pena por los que no tienen elección.

      Muchas gracias por los ánimos y por participar. Mi mejor saludo desde Changchun.

  1. La vida no es blanca ni negra, sino del color del cristal con que se mira.
    Así y todo, lo del retrete suena como un “marrón” sin paliativos… 😉

    1. Exacto, Alfonso, el humor hace un montón. Aunque es difícil no desesperarse ante la visión de un retrete “volcánico”, o de roedores asomando por su desagüe, como le ocurrió a un amigo kazajo. Fue entonces cuando comprendí la importancia de bajar la tapa del inodoro, e incluso colocar algo pesado encima, por si las moscas…

Deja un comentario