Meritocracia y ciencia, una afinidad crucial en el desarrollo chino

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Entre los numerosos y variados factores que han motivado los procesos de modernización y desarrollo económico de China, hoy me gustaría ofrecer una pequeña reflexión sobre la afinidad entre su tradicional concepto de meritocracia y la ciencia moderna como elemento “adoptado” de la cultura occidental.

Y es que, por muchas cosas que podamos criticar de este país, no cabe duda de que China se ha tomado muy en serio la inversión en Investigación y Desarrollo, y desde los años 80 ha hecho prácticamente todo lo posible por mejorar su sistema de enseñanza superior y ponerlo a la altura de los centros de investigación más avanzados del mundo.

Ahora bien, es importante que señalemos el arranque de esa década, ya que coincide con el momento en que fue re-instaurado el sistema de acceso a la formación universitaria, el cual había quedado prácticamente paralizado desde los años de la Revolución Cultural.

No obstante, en China, los exámenes de acceso a la educación de élite y a los cargos de responsabilidad cuentan con unas reminiscencias que van mucho más allá de la edad moderna y se remontan más de mil años en la vasta y riquísima historia de este país. Porque además de destacar por sus tempranas aportaciones en el área tecnológica, esta civilización fue una de las que tuvo más éxito a la hora de desarrollar un sistema “burocrático” capaz de pacificar las disputas por el acceso al poder entre los linajes sometidos al mandato del Emperador.

En cuanto al tipo de formación que era requerida para acceder al estrato de los literatos, y poder acceder a un cargo administrativo, el sociólogo Max Weber la consideraba “semejante quizás aunque todavía más específica, a la cualificación educativa humanista de la tradición occidental”, que en la Alemania decimonónica “posibilitaba el ingreso en la carrera de cargos con mando en la Administración civil y militar, al tiempo que etiquetaba a los educandos como socialmente pertenecientes al estrato de los cultivados”.

Es decir, hablamos de un sistema de movilidad social basado en el mérito de dominar un cuerpo de conocimientos estructurados sistemáticamente, o una ciencia, en el sentido más amplio de su acepción. Y aunque es cierto que durante el auge de las potencias occidentales las élites políticas de China llegaron a mostrar cierto rechazo por la ciencia moderna, su “ADN sociológico” mostraba ya una clara disposición a organizar la sociedad en torno a la producción y la gestión del conocimiento.

Por otra parte, tal y como señalan expertos como José Casanova, uno de los más destacados paisanos con los que el mundo cuenta en este área de estudio, China acumulaba un largo recorrido como civilización “secular” cuando en el Occidente moderno se comenzó a debatir más seriamente sobre la necesidad de limitar el área de influencia de la religión. Dicho de otro modo, debido a la clara orientación “mundana” del confucianismo, doctrina oficial del Imperio durante cerca de milenio y medio, la modernización del llamado “Reino del Centro” no ha requerido de los conflictivos procesos de secularización que atraviesan la historia de Europa y América.

Así pues, gracias a esta afinidad con el saber secular, en la China (así como en otros países de cuño confuciano), el avance científico no se ha visto afectado por muchos de los obstáculos que encontró en la Europa Medieval, y que sigue encontrándose en determinados focos del Occidente más enfrascado en la “palabra de Dios” como explicación a los grandes (y no tan grandes) problemas de la humanidad.

Cierto que a partir del Movimiento del 4 de Mayo el país fue sacudido por varias oleadas de políticas “anti-superstición” dirigidas contra diversos festivales y tradiciones de carácter “mágico” dentro del budismo chino, el taoísmo, o la religión popular. Sin embargo, ya fuese por la base “lógica” que antropólogos como Tylor y Fracer atribuían a la magia, o por el interés mundano que sigue a muchos de estas prácticas, lo cierto es que sus promotores nunca han llegado a constituir un frente capaz de frenar y castigar el recurso a explicaciones científicas como lo han hecho el cristianismo o el islam, entre otras religiones de salvación.

En cualquier caso, y como ya he sugerido antes, desde un punto de vista político y sociológico, el antiguo sistema de exámenes de acceso al funcionariado supuso una solución muy efectiva al siempre presente problema del nepotismo y la herencia de cargos, ya que estableció un modelo de acceso al poder y a las oportunidades de enriquecimiento regido por normas abiertas y aplicables a todos los aspirantes por igual.

Es decir, acceden al cargo quienes pueden demostrar el dominio de los conocimientos necesarios, y esto es algo que sigue muy vigente desde que, ya a finales de los años 70, el Partido Comunista Chino apostase por solapar los procesos de acceso a la educación universitaria con los procesos de acceso a las organizaciones del partido. Es más, en estos momentos, la proporción de universitarios que se convierten en miembros del Partido Comunista Chino ronda el 40%, y la cifra no ha hecho más que crecer en los últimos años.

Sin embargo, mientras en el sistema de formación imperial las formalidades de los rituales eran entendidas como un elemento crucial para mantener la armonía en el cosmos social y natural, en el sistema de formación actual son la ciencia y la tecnología las que se convierten en herramientas primordiales para garantizar el buen rumbo del país a través de un tiempo dominado por ese ente llamado mercado.

Porque no olvidemos que, afinidades culturales aparte, buena parte del enorme apoyo que el Gobierno Chino ha educación y la investigación científica responde al objetivo de industrializar el país y crear una generación de expertos capaces de asimilar y rentabilizar el conocimiento proveniente de las potencias mundiales.

En cuanto a los propios estudiantes, y a pesar del enorme esfuerzo y sacrificios que para ellos acarrea acceder a la enseñanza superior, cuando me encontraba investigando sus “historias de vida” descubrí que la mayoría de ellos veía de forma muy clara la alineación histórica entre el sistema de exámenes imperial y el sistema de acceso a las universidades.

Es más, al igual que ocurría en épocas pasadas, llegar a acceder a un campus no solo suponía todo un honor para los propios aspirantes, sino también para sus padres, sus familiares, e incluso su vecindario, en el caso de proceder de entornos más humildes. Por ello, no es de extrañar que, aquí en China, la mayoría de los niños no sueñen con destacar por sus capacidades físicas o artísticas, sino por su intelecto.

Por otra parte, la mayoría de las familias con menor estatus social son muy conscientes de que la apuesta por los estudios del área de ciencias y tecnología supone una forma de compensar su falta de recursos y relaciones a la hora de conseguir un puesto de trabajo para los hijos, táctica de lo más recurrida en China desde tiempos inmemoriales.

Es decir, tanto padres como hijos perciben que esos estudios están más regidos por el principio del mérito, y que la ciencia y la tecnología cuentan con ámbitos profesionales a los que es más difícil acceder a través de sobornos e influencias.

No obstante, como muchos otros aspectos de la vida en China, la evolución en tendencias formativas avanza a un ritmo trepidante, y aunque el país sigue requiriendo de millones de ingenieros para explotar su potencial industrial, en los últimos años, las carreras del área de economía se han convertido ya en las más “calientes” de la oferta universitaria. “¿Por qué ser ingeniero en una empresa cuando se puede ser el jefe?”, es la pregunta que muchos cabezas de familia parecen haberse hecho en los últimos años.

Sin embargo, a mi modo de ver, no está nada claro que el represivo y férreamente disciplinado sistema educativo chino esté a la altura de los requerimientos formativos de la economía de los servicios y del conocimiento, y un pinchazo en la carrea hacia la superación de la sociedad industrial podría suponer todo un desastre para quienes se están educando bajo ese tipo de expectativas.

Y es que, como ya advirtió el propio Max Weber, la alternativa de crecer envueltos por una idiosincrasia más mundana, o más pragmática, como muchos señalan en el caso de China, también cuenta con sus propios riesgos, como el de valorar la riqueza por encima de los procesos sociales y elementos culturales que contribuyen a su acumulación.

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