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En el nombre del pueblo: la serie sobre corrupción que triunfa en China

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¿Os imagináis que el gobierno del Partido Popular decidiese promover una producción que tratase sobre uno de sus peores males? Pues esto mismo es lo que ha hecho el Partido Comunista de China, cuyo experimento mediático se ha convertido en uno de los mayores éxitos televisivos de los últimos años.

De hecho, las tribulaciones del inspector Hou Liangping están rompiendo récords de audiencia, con una cuota de pantalla de hasta un 21%, más de 1620 millones de reproducciones en los primeros 10 días en Internet y una nota que roza el sobresaliente (8,7) en Douban, la web de reseñas basada en los votos y comentarios de los internautas chinos.

Pero este nuevo romance entre la propaganda y los camerinos no está exenta de ciertas trampas, ya que la ciudad en la que transcurren los tejemanejes de En el nombre del pueblo (2017) es ficticia y los casos de corrupción solo salpican a los gobiernos provinciales, nunca al gobierno central. Con ello, el gobierno de Xi Jinping evita sembrar desconfianza sobre el núcleo del partido y promueve la idea de que los sobornos, la prevaricación y el tráfico de influencias nacen y se extienden allá donde no llegan los ojos de Pekín.

Para los que no estéis familiarizados con la última cruzada de China contra la corrupción, os la resumiría diciendo que hay dos versiones opuestas aunque no del todo incompatibles sobre ella. La versión oficial trata este problema como fruto del desmadre vivido durante las últimas administraciones. La versión extraoficial, muy apoyada por los medios occidentales, defiende que la lucha contra los “tigres” (curiosa zoomorfización) de la política china es en realidad una lucha entre diferentes facciones del partido.

Y es que, cualquiera que se haya molestado en investigar un poco sobre el PCCh entiende que es demasiado grande como para ser reducido a un monolito de intereses, y si la Espe y el Mariano ya se metían garrotazos ideológicos dentro de un partido de supuesto centro-derecha, os podéis imaginar las que se lían en una formación que ya se acerca a los 100 millones de miembros.

Ahora bien, como humilde observador in situ de estos desarrollos, tengo que reconocer que, desde que gobierna Xi Jinping, la cantidad de comilonas a costa del erario que se celebraban a mi alrededor se han reducido drásticamente en número y opulencia. De hecho, el sector de la restauración ha sido uno de los más afectados por el zarpazo de oso que el presidente chino ha asestado contra la felina corruptela del país. Pero es muy posible que otros sectores también se hayan tenido que cortar con las mamandurrias.

Fuera como fuese, el enfoque de la serie no habla tanto de las luchas entre facciones dentro del partido como del juego sucio entre poderes económicos y políticos. Sus 55 capítulos muestras sin tapujos la inyección de favores, montañas de dinero y mujeres que engrasa la maquinaria del fraude político, y aunque la mierda no salpica más allá de ciertos límites, no está nada mal para un país con tan mala prensa en cuestión de transparencia. No en vano, las audiencias chinas llevaban toda una década sin producciones sobre este tema desde que una ley de 2004 prohibiese las series de contenido violento y dudosa calidad que proliferaron a partir de los años 90.

El reflejo televisivo de la corruptela china pegó su último giro en 2013, año en el que arrancó la tan discutida campaña anticorrupción y en el que la Fiscalía Popular Suprema propuso convertir una de las historias del aclamado novelista Zhou Meisen en una trama televisiva con moraleja incluida. Por cierto, se trata de la misma fiscalía que envía al protagonista de la serie a investigar presuntos sobornos millonarios.

Sin embargo, los responsables del proyecto vieron cómo 50 de sus mecenas en potencia abandonaban el barco antes de que zarpase, dejando solo a 6 agentes más o menos convencidos, 5 de los cuales nunca habían invertido en series de televisión. Es más, la serie, dirigida por Li Lu y escrita por el ya mencionado Zhou Meisen, echó a andar con un agujero de 20 millones de yuanes, pese a que contaba con un envidiable elenco de actores.

Desde luego, el hecho de que las grandes empresas no quisiesen saber nada de la serie da mucho que pensar. ¿Cómo puede ser que no viesen el pelotazo que suponía? ¿Acaso dudaban del respaldo del proyecto? Hay quienes dicen que hubo miedo de que el gobierno censurase la serie, pero esto es algo difícil de creer sabiendo que el propio PCCh era el principal promotor del proyecto. ¿No será que los gigantes económicos temían que la serie los mostrase como parte sustancial de la corrupción?

No cabe duda de que En el nombre del pueblo, la serie de mayor éxito en los últimos 10 años cuenta mucho más sobre China de lo que se ve en sus escenas. Con el tiempo veremos si el culto televisivo da paso a un cambio de conciencia nacional sobre este problema o si todo se reduce a un fútil experimento propagandístico.

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