Yao, Shun y las vueltas que da la piedad filial

yao-china-1

Continuando con el repaso histórico de China según es contado a las nuevas generaciones, hoy nos adentramos en los relatos concernientes a dos de los tres grandes líderes tribales erigidos a la postre del gran Huangdi. Se trata de Yao y Shun, dos figuras que ya ostentaron cargos de liderazgo dentro de sus propias tribus antes de haber sido recomendados como cabecillas de aquella “China primitiva”.

Curiosamente, la función ocupada por los líderes de aquellos tiempos es explicada como un menester un tanto engorroso, y que no parecía recompensar en demasía a quien lo ejerciera, dada la alta complejidad de los problemas que afectaban al colectivo.

Quizás por eso, para cuando Yao se acercó a su vejez, estaba ya bastante harto de que le llamaran cada vez que a alguien se le rompía una tripa, así que decidió convocar un encuentro para discutir la cuestión de la sucesión y jubilarse de una vez por todas. Con esta idea en mente, lanzó una llamada a los líderes tribales de todos los rincones del país, a los que reunió con la intención de que le ayudaran a elegir un nuevo cabecilla.

Puede que la decisión de Yao suene muy democrática y considerada por su parte, pero es muy probable que dicha decisión hubiera sido recibida como una coz en las partes nobles a buena parte del séquito del propio Yao. Es por eso que, durante la celebración del encuentro, no faltó quien recomendó al propio hijo de Yao como sucesor, quizás con la esperanza de que el liderazgo quedara cerca de casa, o simplemente por hacer la pelota al jefe, ¿quién sabe?

En cualquier caso, según cuenta la historia de China en versión para niños, Yao descartó tal opción aduciendo que su hijo carecía de la altura moral necesaria, y que era demasiado aficionado a discutir con el personal.

Entonces otro de los presentes pasó a recomendar a Gong Gong, quien debía ser un auténtico manitas en el tema de la irrigación y el control de las crecidas de los ríos, cuestión que constituyó uno de los dolores de cabeza principales de los gobernantes chinos durante siglos y siglos.

A lo que Yoda respondió: “Gong Gong el don de la palabra tiene, respetuoso y cuidadoso en apariencia es, pero el interior de su corazón otra cuestión es. Recurrir a este tipo de persona tranquilidad no me ofrece”. Perdón, no fue Yoda el que lo dijo, sino Yao, aunque es posible que la traducción literal de sus solemnes palabras no quedara muy lejos de la peculiar sintaxis del mítico Jedi.

Y os preguntaréis, ¿quién era ese tal Gong Gong? Pues a pesar de que en este relato Yao lo hace quedar peor que el rey de España disparando a unos elefantes, Gong Gong pasó a convertirse en toda una deidad del agua gracias a sus grandes contribuciones en la administración de este preciado recurso.

Supongo que a estas alturas ya comenzáis a sospechar que la forma en que los chinos desarrollaron sus creencias religiosas dista bastante de la de otras grandes religiones del mundo, en las que la esfera mundana tiende a quedar subordinada a un más allá que es el que da sentido a la vida y es de dónde proviene la esencia de los dioses, santos, y profetas en última instancia.

Sin embargo, en China muy a menudo ocurre que son aquellos elementos y sujetos que contribuyen a mejorar la vida mundana los que pasan a formar parte de un “más allá”, que es más bien un “más acá” en cuanto que, por estos lares, no se llegó a establecer una división entre mundos tan radical como la erigida por religiones como el Judaísmo, el Islam o el Cristianismo.

Pero volvamos a la elección del cabecilla tribal, que es donde está la gracia de este pasaje histórico. Tras un primer encuentro finalizado sin resultados satisfactorios, Yao volvió a convocar otra gran reunión en la que se recomendó de forma unánime a Shun, de quién el viejo líder ya había oído alguna que otra historia.

shun-familia-2

El piadoso Shun visitando a su padre.

Entonces Yao solicitó a sus consejeros que le hablaran del tal Shun, y es en ese momento cuando llega la parte con más moraleja del relato, que básicamente viene a tratar el tipo de actitud y conducta que debería caracterizar a un buen gobernante según los ideales de aquella época, o al menos los de la época en que fue escrito este pasaje.

Y como muchas otras historias ejemplares, ésta cuenta con el aderezo de personajes buenos buenísimos y personajes malos malísimos, que para colmo del culebrón forman parte de la misma familia.

Como ya sospecharéis, el bueno de la historia es el propio Shun, que tuvo la desgracia de haber sido engendrado por un padre un tanto gilipollas. No es que lo diga yo, es lo que dice el propio relato, que lo describe como un viejo decrépito al que todos llamaban “Viejo Ciego” (瞽叟). En cuanto a la madrastra de Shun, parece que se trataba de otra pájara de armas tomar, y su hijo Xiang, hermanastro de Shun, acabó siendo el favorito de Viejo Ciego, a pesar de que el relato lo pinta como una persona orgullosa hasta la arcada.

Pero aunque su familia no lo trataba precisamente bien, nuestro “Ceniciento” chino se mantuvo fiel al principio de la piedad filial, y siempre trató al tonto de su padre, a su malvada madrastra, y al orgulloso de su hermano menor con un gran respecto, rasgo que lo hizo conocido en los alrededores.

Fue debido a esa misma reputación que Yao decidió llamarlo para un periodo de escrutinio, durante el cual se convenció de su valía y su potencial como sucesor. Y con el fin de dejar el arreglo cercano a su descendencia, Yao procedió a casar a Shun con sus dos hijas Ehuang y Nuying, construirle un granero-despensa, y regalarle un buen número de cabezas de ganado, para que luego digan que reinar no es sacrificado.

Sin embargo, aquel ascenso meteórico no hizo ninguna gracia a los mezquinos familiares de Shun quienes, verdes de envidia, pasaron a maquinar la forma de matarlo y heredar su fortuna, haciendo que todo pareciese un accidente.

El primer intento de Viejo Cegato y sus secuaces consistió en mandar al bueno de Shun a arreglar el tejado del granero, momento que aprovecharían para tirar la escalera, prender fuego a la estructura, y calcinarlo vivo. Pero Shun, que no heredó precisamente la inteligencia de su padre, agarró en cada mano un sombrero que se había llevado para evitar la insolación, y saltó del tejado planeando cual pajarraco y aterrizando sin sufrir ningún daño.

viñetas-shun-1

Viñeta contemporánea ilustrando el célebre pasaje del granero en llamas.

Lejos de rendirse, Viejo Ciego y su hijo menor Xiang volvieron a intentar cargarse a Shun, aunque esta vez optaron por mandarlo a limpiar el fondo de un pozo y enterrarlo vivo mediante una lluvia de tierra y pedruscos lanzados desde arriba. Pero una vez más, nuestro bueno buenísimo (y quizás un tanto inocentón) logró librarse de una muerte segura cavando un túnel hasta la superficie, y lo hizo de forma tan rápida que incluso llegó a casa antes que su padre y su hermanastro.

Os podéis imaginar el chasco que se llevaron los dos conspiradores, que venían ya repartiéndose las propiedades de Shun, al descubrir que éste los esperaba tocando el arpa china en su cuarto.

Sin saber muy bien qué decir, el hermanastro Xiang fingió añoranza exclamando: “Ay, te he echado mucho de menos”, a lo que el paciente Shun respondió: “Qué bien que hayas venido, porque tengo muchos asuntos pendientes y necesito que me ayudes con ellos”.

Como sé que este toma y daca puede sonar un tanto insípido para los lectores de este blog, he decidido traducirlo al habla vasco-navarra, para ver si de paso ponemos en contexto las sutilezas culturales del relato:

Xiang: La hostia, tú, ¿todavía vives?

Shun: Sí que vivo sí, ¿qué te pensabas pues?

Xing: No sé…

Shun: Ya sé yo…

(Tras un rato de silencio)

Xing: Cómo te he echado de menos, copón.

Shun: Tranquilo, ahora me ayudas a arreglar el pozo y el granero otra vez, ya verás qué bien lo vamos a pasar.

Pero lo que en los Pirineos se hubiese arreglado a base de un buen calentón de orejas, en China se resolvió por medio del ideal de la “no-acción”, denominado “wu wei” (无为), que para Shun supuso mantenerse siempre respetuoso y amable hacia sus familiares, quienes finalmente cejaron en sus oscuros planes.

Y fueron precisamente estos pasajes, en los que Shun demostró su gran altura ética y su ingenio, los que contribuyeron finalmente a que el gran Yao lo pusiera al cargo de la toma de decisiones, cesión que, al parecer, no era extraño de aquellas sociedades tribales.

No obstante, según cuenta el relato, aún habiendo ascendido a dicha posición, Shun mantuvo siempre una actitud trabajadora, acompañada de una vida simple y muy cercana a las labores de su gente, lo que le valió la confianza de todos ellos.

Pero eso no es todo. En un gesto más de su lealtad hacia el principio de la piedad filial, más tarde Shun llegó a ofrecer el liderazgo al Danzhu, hijo de Yao, aunque dicha opción fue rechazada por los involucrados en la elección, quienes finalmente lo nombraron cabecilla de forma oficial.

Moraleja de la historia: Si quieres convertirte en líder de una tribu china, acata el ideal de “prestar la otra mejilla” a tus familiares, por muy tontolabas que sean, que al final serás recompensado (o enterrado vivo en el fondo de un pozo).

Deja un comentario