Capítulo 3: Viaje al Reino del Centro

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El viaje desde mi idílico pueblo del pre-pirineo navarro hasta la tremenda ciudad de Wuhan fue una pequeña epopeya que guardo con especial cariño en mi recuerdo.

Como era la primera vez que me iba de Bera por un periodo tan largo, mis amigos decidieron hacerme una despedida justo en la víspera del viaje; despedida que, como de costumbre, acabó yéndosenos de las manos.

Lo que en principio no iba a ser más que una “cenica” en una nueva cervecería alemana de un pueblo cercano, acabó convirtiéndose en un auténtico festival de chupitos de tequila que se alargó hasta las 5 de la mañana. Yo contaba con que mis padres me despertaran el día siguiente a las diez de la mañana y me llevaran a Donostia, donde me despediría de ellos y embarcaría en el largo camino en solitario hasta Wuhan. Con lo que no contaba era la pedazo de resaca monumental con la que me levantaría, y cuyos efectos me acompañarían hasta la mismísima capital de China.

Para colmo, soy una de esas personas que le tiene mucho miedo a volar y se puede pasar todo el vuelo aferrado a los posa-brazos del asiento, así que os podéis imaginar lo bien que me lo pasé durante las más de 15 horas que duró el trayecto Bilbao-Munich-Pekín.

Cada vez que mi actual pareja se pone a dar explicaciones por mi cara de terror durante los vuelos, la razón que suele dar a los pasajeros de al lado es que tengo miedo a las alturas, pero aunque esto último no deja de ser cierto, creo que mi temor a volar se debe más bien al horror que supondría verme en la situación de saber que vamos a sufrir un accidente y no poder hacer nada al respecto.

En especial hay una situación que siempre me viene a la cabeza y que me la contó una vez mi querido amigo Hector Rodriguez, a quien le hacía mucha gracia imaginarse a sí mismo siendo “escupido” del avión tras colapsar parte del fuselaje para caer en solitario y a 200 por hora durante un buen rato, aunque eso sí, bien sentadito y abrochadito en su asiento.

En fin, que las pasé putas y sin pegar ojo hasta llegar a Pekín, pero lo bueno es que, por lo general, tras pasar ese nivel de tensión durante tantas horas, cuando al fin el avión aterriza y quedo a salvo, me suele entrar una reconfortante sensación de que a partir de ahí, todo lo demás está chupado.

Sin embargo, por muy feliz que me sintiera de haber sobrevivido el viaje, me encontraba hecho un cristo por el cansancio y la resaca extremas, y en el tramo desde el desembarque a la salida del aeropuerto estuve a punto de perder pasaporte, cartera, mochila y maleta en más de una ocasión, razón por la que desaconsejo fervientemente emprender un viaje de este tipo en semejantes condiciones (pero no me vais a hacer ni caso, ya lo sé).

El camino desde el gigantesco aeropuerto internacional de Pekín hasta el hostal en el que iba a pasar un par de días de descanso lo recorrí como en una nube, medio comatoso. Recuerdo haber contemplado, con cara de pasmado y la baba medio caída, los enormes rascacielos, monstruosos edificios, y caóticas callejuelas que tan curiosamente se combinan en esa ciudad gris, aunque desbordante de vida, que es Pekín.

Cuando por fin me las arreglé para cargar con mis trastos hasta el hostal y entré en mi habitación compartida, ya no me quedaba energía más que para quedarme en calzoncillos y desplomarme en la cama. Por cierto, aprovecho este momento para pedir disculpas al coreano, al escoces y al americano que compartían habitación conmigo, porque sé que ese día ronque como un auténtico gorrino, y seguramente a todo volumen, como acostumbro a hacer cuando estoy extenuado o he bebido más de la cuenta.

Cuando me “metí” a la cama serían más o menos las 10 de la mañana, y dormí aproximadamente hasta las cinco de la tarde. Todavía podía haber dormido más, pero decidí aprovechar lo que quedaba de luz para dar una vuelta por los alrededores del hostal y reservar el sueño para la noche.

Esa tarde me acompañó el chico coreano de la habitación, llamado Choi Young Joo, quien prefirió no alejarse demasiado del hostal, ni meterse por las callejuelas, no fuera a ser que algún chino le atracara o le hiciera alguna trastada. Yo tenía unas ganas muy grandes de curiosear por ahí, porque sabía que China era un lugar en general más seguro que Europa o Estados Unidos, pero en lugar de ello Choi prefirió que fuéramos a comer algo a un pequeño restaurante coreano y de paso enseñarme a usar los dichosos palillos.

El caso es que al final fue todo un acierto invertir ese rato en tratar de dominar el arte de usar los “kuai zi”, como los llaman los chinos, porque gracias a la paciencia del bueno de Choi, llegué a aprender la forma tradicionalmente correcta de hacer uso de ellos, habilidad que fue apreciada en más de una ocasión por los comensales de mi alrededor y que sirvió de excusa para iniciar más conversaciones de las que recuerdo.

Esa tarde-noche aproveché para preguntarle a Choi como veía a los chinos y cómo se veía a sí mismo como coreano en comparación con sus vecinos del país de los pandas gigantes y del país de los luchadores sumos. Su respuesta fue simple pero contundente: “los chinos son más sucios que nosotros pero nosotros somos más sucios que los japoneses”. Y es que, todo hay que decirlo, ¿para qué nos vamos a engañar?, la diferencia del concepto de higiene es un aspecto inesperado que te pega en todas narices cuando llegas de un país algo más limpito.

No es que Pekín sea un lugar especialmente sucio, ni mucho menos, pero sí que es cierto que en algunos lugares, como son las grandes estaciones, puede oler un poco a orines, porque cada noche una gran cantidad de indigentes y migrantes pobres se refugia en algún rincón de sus enormes estructuras donde quizás no siempre hay unos servicios disponibles.

Pero también es cierto que Pamplona, ahí donde la vemos tan cosmopólita, apesta a rancio cada San Fermín como para tumbar a un toro, y lo mismo se puede decir de casi cualquier pueblo navarro durante las fiestas patronales.

Donde sí que se deja sentir más la falta de higiene es en las zonas en desarrollo del país, donde entraría la propia Wuhan, aunque de ello nos ocuparemos más adelante y con todo tipo de detalles de lo más grotesco.

Volviendo sobre Choi y nuestra estancia en Pekín, tras comprobar que el coreano no estaba con humor para hacer nada especial por la noche, quedamos en descansar bien y dar una vuelta juntos por Tian’anmen y la Ciudad Prohibida el día siguiente por la mañana.

No es que a mí me entusiasmen las visitas-relámpago de este tipo, pero me apetecía mucho estirar las piernas y moverlas antes de montarme de nuevo en el tren de 10 horas que me esperaba para Wuhan, así que ese día no sólo completé la visita programada con Choi, sino que además dediqué la tarde a visitar el Templo del Lama y el Palacio de Verano.

Más tarde tendremos ocasión para tratar acerca de la estrecha relación entre los modelos arquitectónicos de las sedes del Estado Imperial y los templos religiosos, así como de la rica simbología que atesoran, pero creo que ahora mismo es más conveniente que intente ofrecer un relato de acción al estilo navarro, y deje los rollos reflexivos para más tarde, que ya han caído bastantes en el anterior capítulo.

Bueno, el caso es que, tras un día de turismo demoledor, estaba yo preparado ya para emprender el día siguiente por la mañana mi esperado viaje en tren a Wuhan. Ya me había preocupado de antemano de reservar el billete y de que me lo enviaran al hostal, así que con eso y el pasaporte ya tenía que bastar para llegar a salvo a la capital de Hubei.

Para mí era un momento bastante emocionante, porque sabía que estaba a punto de embarcarme en un viaje a la China profunda o la China del desarrollo, donde las condiciones de vida no son las que puede uno disfrutar en las ciudades de la línea costera o los focos de desarrollo del interior como Chongqing o Chengdu. Tampoco sabía a ciencia cierta si iba a ser capaz de adaptarme al entorno o si, por el contrario, acabaría perdido en el intento, como había predicho mi director de tesis.

Hasta el momento, ya dentro de la propia habitación del hostal dí con un mal augurio en forma de turista norteamericano frustrado.

Se trataba de un joven de veintipocos que, según me contó el chico coreano, venía de una zona rural de Estados Unidos, y a quien no parecía haberle gustado China en absoluto, porque en los dos días que pasé yo allí no le vi hacer otra cosa que estar tirado en la cama leyendo libros. El colega escocés que tenía en la cama de al lado, y al que apenas vi en el hostal, me dijo que el yanqui se había quedado espantado por el famoso “shock cultural”, e incapaz de digerir las peculiaridades del hacer chino, había optado por pasar los últimos días de su viaje de mochilero traumatizado en la habitación del hostal.

A mí ese caso ya me puso un poco en guardia, y quizás hasta me entró algo de cagalera al compararme a mí mismo, tan poquica cosa y con zapatillas de verano, con el mozo americano, tan grandote y rodeado de los atuendos típicos del viajero aventurero.

Por eso, aquella noche me fui a dormir bastante inquieto, y con esa pequeña porción de angustia que resulta indispensable en toda aventura que se precie. Por fortuna, todavía llevaba demasiado cansancio acumulado como para pasar la noche en vela, y antes de contar unas pocas ovejas ya me había quedado totalmente frito.

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