El silencio ante la violencia de género en China y allá donde nos sigue

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Tras casi dos semanas celebrando el año nuevo al estilo chino, había planeado reservar el día de regreso a Changchun para descansar y preparar un artículo especial sobre el festival de primavera. Sin embargo, en el tren de Pekín a la capital de Jilin nos acaba de suceder algo que creo que merece ser escrito “en caliente”.

El suceso ha tenido lugar apenas diez minutos antes de llegar a nuestro destino, y ha sido el colofón inesperado para unas vacaciones llenas de “significado”.

El caso es que, estábamos mi novia y yo viendo Mulholland Drive en nuestra tableta, cuando, de pronto, ella se ha incorporado para mirar lo que estaba pasando en el extremo anterior del vagón. “Una pareja está discutiendo y el marido le ha dado una bofetada a la mujer”, me ha dicho medio sonriente. Yo me he quedado un tanto sorprendido, pero no le he dado mucha importancia al hecho por la expresión un tanto jocosa de mi novia.

Como ya nos estábamos acercando a nuestra estación, hemos dejado la película aparcada y nos hemos preparado para recoger, mientras la discusión de la pareja mantenía en un disimulado vilo a buena parte de los pasajeros, incluida mi compañera. “Parece que la mujer se está quejando de cómo le ha tratado la suegra”, ha añadido ella, lo que me ha hecho recordar lo verdaderamente “tensa” que puede llegar a ser la relación entre esposa y suegra en este país tan celoso por el porvenir de los hijos varones.

Entonces ha sonado otra bofetada más, y medio vagón ha presenciado el forcejeo entre él y ella, de unos treinta y tantos, y posiblemente pertenecientes a la incipiente clase media-baja de China. Nadie a pronunciado palabra alguna ni ha movido un pelo. La pareja ha seguido discutiendo en voz alta, mientras los pasajeros callábamos manteniendo una expectación un tanto vergonzosa.

Cuando ya parecía que la cosa se calmaba, la tensión entre ambos ha vuelto a escalar repentinamente, y el marido le ha propinado un manotazo a la mujer que ha sonado de un modo que yo sólo había oído en peleas entre hombres. Ha sido entonces cuando, convencido de que aquello era totalmente intolerable, me he levantado y he gritado un “hey” en dirección al agresor.

Aun así, él ha seguido tratando de pegarla, así que me he acercado por el pasillo hasta donde estaban ellos para pedirle al marido que parara. Cuando el hombre se ha dado cuenta de que estaba metiendo las narices en sus asuntos matrimoniales, su primera reacción ha sido la de sorpresa, en primer lugar por ser yo un extranjero, y en segundo lugar porque no esperaba que nadie fuera a llamarle la atención sobre lo reprobable sus actos.

Entonces el “hombre” se ha puesto como una auténtica furia y a comenzado a insultarme y a amenazarme ante la pasividad total del resto de pasajeros. Con mis 1,69 cm de navarrico encorvado y asustado, he comenzado a palidecer y a sentir que mi pierna temblaba por el miedo y la tensión, pero no he tardado demasiado en descubrir que a nuestro amigo tampoco le sobraba el valor, y se le iba la fuerza por la boca.

Cuando por fin se ha levantado a cumplir sus amenazas contra servidor, ha sido su propia mujer la que lo ha detenido, mientras me pedía disculpas por lo sucedido. Yo he respondido en mi chino precario exigiendo al marido que no pegara a su mujer, a lo que he añadido algún que otro improperio en castellano. Luego mi novia se ha acercado para llevarme de vuelta al asiento pero, no contento con mi retirada, el abofeteador ha seguido metiéndose con mi madre y mis ancestros a viva voz, y ha amenazado varias veces con pegarme al bajarnos del tren.

Sorprendido por la actitud pasiva de la mayoría de los pasajeros, y con los nervios todavía a flor de piel, me he dirigido a algunos de los pasajeros para preguntarles de forma retórica si les parecía normal que nadie hiciera nada ante una situación así. Una vez más, ninguno a mediado palabra alguna.

Cuando estábamos esperando para salir del tren, el agresor ha vuelto a retarme a pelearnos en el andén, e incluso ha hecho una llamada de teléfono muy teatral, esa típica de cuando el matón de la película de mafiosos recurre a sus compinches para una paliza de venganza.

Sin embargo, en cuanto la pareja ha bajado del tren, ella se lo ha llevado del brazo mientras él seguía jurando en hebreo y pretendiendo desear darme una paliza. Al ver que él seguía enviándonos miradas furtivas desde la lejanía, hemos decidido acudir a uno de los muchos agentes de policía que suelen andar por las estaciones, para contarle acerca de lo sucedido y sobre las amenazas de las que había sido objeto, pero, tal y como sospechaba mi novia, ha sido resultado ser una decisión de lo más fútil, ya que el agente se ha limitado a ponerse casi más nervioso que yo y a recomendarnos que saliéramos pitando de la zona.

Mientras volvíamos a casa en el taxi, mi novia me ha regañado un poco por habernos puesto en peligro y por haberme metido donde, supuestamente, no me llamaban. Sin embargo, un poco más tarde se ha acordado de las palizas que sufrió su madre por parte de su segundo marido, de sus frecuentes ojos morados y del día en que tuvo que agarrar un cuchillo para defenderse de su maltratador, quien acabó muriendo de cáncer en su casa y disfrutando de los poco merecidos cuidados que ella le ofreció hasta el final.

Entonces se ha dado cuenta de que no se puede esperar que todas las mujeres que sufren este tipo de abusos sean capaces de plantar cara a su pareja en términos “físicos”, y que si la sociedad china en su conjunto no comienza a mostrarse intolerante ante este problema, se convertirá en otro de los grandes males “invisibles” que acechan a las sufridas mujeres chinas.

Desde luego, soy muy consciente de que este no es un problema que atañe sólo a los chinos. A pesar de que he crecido en el seno de la cultura vasca, a la que se ha solido asociar cierto aire “matriarcal”, desde pequeño he presenciado una gran cantidad de ejemplos que me enseñaron que levantar la voz y la mano a una mujer era algo aceptable. Y en mi casa, sin ir más lejos, nos hemos criado con la mala costumbre de arreglar los problemas a gritos, buena parte de los cuales fueron aguantados por mi madre.

Sé que a muchos os puede parecer hipócrita mi reacción ante el agresor del tren después de oír esta confesión, pero desde que he comenzado a escribir este artículo he sentido la convicción de que para poder denunciar este detestable acto de violencia pública, a cambio yo debía reconocer el germen del problema dentro de mí mismo.

Ciertamente, espero que algún día en China este tipo de sucesos se conviertan en un fenómeno tan extraño como repudiable, y que los hombres no duden en denunciar y detener al hombre maltratador, pero me temo que ese es un logro mucho más fácil que el de reconocer y erradicar el problema dentro de nuestro hogar, de nuestra familia, y de nuestra vida íntima, donde basta con subir el volumen del televisor para no oír los gritos y golpes del vecino.

7 comentarios en “El silencio ante la violencia de género en China y allá donde nos sigue”

  1. Yo no te puedo decir que si lo que has hecho esta bien o mal, sólo que en mi punto de vista no deberias haber metido, salvo que fuera desproporcionado;no seria la primera vez que veo a una china pegar a un hombre primero , o a hacerse la tipica niñata celosa caprichosa machacando al marido; (no estoy justificando sólo que lo que tu ves, no es la realidad), lo que te quiero decir es que si lo vuelves a hacer le echas cojones y haces algo, porque sino haces nada , lo unico que puedes hacer es agravar las cosas.

    Esas personas son depredadores, y si los quieres parar , tienes que ser uno de ellos.

  2. por cierto, me encanta tu blog, me suscribo,yo el año pasado estuve viviendo en china y volvere en septiembre, supongo que discreparas de mi comentario, eso es bueno, la heterogeneidad de opiniones.

    1. Hola 艾武,

      yo también me he fijado alguna vez en las pataletas que montan algunas chicas a sus novios por la calle, pero te puedo asegurar que el pedazo bofetón que le pegó aquel animal a su mujer en el tren no se lo he visto dar a nadie hace mucho tiempo (ni siquiera entre hombres).

      Respecto de si tendría que haber hecho algo más que ir a pedirle que se parase, no estoy seguro de que más violencia hubiera sido la solución, pero es mi opinión personal.

      De hecho, el simple gesto de entrometerme puso al hombre hecho una auténtica fueria, pero a pesar de los espantos que soltó, no se le veía muy dispuesto a ir más allá de los insultos.

      Más tarde unos amigos de Changchun me dijeron que si nos hubieramos peleado él hubiera hecho venir a sus amigos para darme una paliza grupal, reacción bastante corriente por aquí, como seguramente sabrás.

      También me contaron otros casos de palizas en público a mujeres realmente terroríficas, actos que en Europa costarían años de cárcel, y con razón, pero en China las autoridades todavía se muestran muy perezosas a la hora de hacerse cargo de este problema tan grave.

      Muchas gracias por dejar tu comentario, por los ánimos, y por seguir el blog.

      Saludos desde Changchun,

      Javi

    1. Hola Pedro,

      por lo general, los chinos tienen muy poca fe en su policía y saben que no moverán un pelo hasta que ocurra algo grave. Además, son bastante conscientes de que protegerán antes a un occidental o a un extranjero que a un chino, porque en caso de que nos ocurra algo el eco y el bochorno es mucho mayor. Aun así, ya ves que la respuesta del agente deja mucho que desear.

      Muchas gracias por tu comentario, y hasta la próxima.

  3. Kaixo Javier, me encanta tu blog,
    Me he quedado estupefacta leyendo que nadie hace nada.. y eso me recuerda a un borracho que empezó a insultar a un chavalico magrebí en el tren de cercanías Brinkola-Irún. Al principio nadie dijo nada, hasta que algunos y una, nos levantamos y le dijimos que se fuera a otro vagón,.

    Lo de callarse, por desgracia no es sólo de china, lo que pasa que en cuestiones de violencia de género, sí que es verdad que por estos lares está, ahora, muy mal visto.

    1. Muchas gracias, Alazne.

      Coincido en lo que apuntas sobre el problema de callarse, pero es verdad que cuando no existe conciencia social sobre el problema, resulta muy difícil hacer algo al respecto.

      Sin ir más lejos, después del percance del tren, algunos amigos chinos pensaban que el loco era yo por haberme metido donde no me llamaban. En fin, supongo que estas cosas necesitan de un tiempo para ir cambiando.

      Encantado de que hayas dejado tu comentario, espero poder volver a contar con tu participación en el futuro.

      Saludos desde Changchun.

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