La exquisitez hecha anécdota

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Desde que escribí sobre la industria de la educación en China, llevo días acordándome de un divertido pasaje que me ocurrió con Charles, el jefe, originario de Hong Kong, de una de las academias con las que colaboré. Y como es una historia que no tengo apuntada en el diario de investigación, he pensado que lo mejor era convertirla en una entrada para el blog.

Todo ocurrió allá por junio de 2012. El Ayuntamiento de Wuhan iba a organizar un nuevo encuentro con los “expertos” extranjeros de la ciudad, celebrado con el objetivo de hacer de la ciudad un lugar más atractivo para los foráneos, especialmente aquellos con bien de pasta para invertir.

Tras un pequeño acto de presentación con vídeos promocionales de esos que hacen desaparecer la pobreza y los problemas sociales como por arte de magia, nos llevaron a dar una vuelta en barco por el río Yang-Tsé y por el Lago del Este, y de ahí a comer.

Se suponía que la comida iba a ser un momento clave para facilitar los encuentros entre distintos agentes extranjeros y locales, pero al final acabó tomando los mismos cauces de segregación racial y cultural que iba mostrando la propia ciudad.

Vamos, que los wuhaneses se sentaron con los wuhaneses, los africanos con los africanos, y como no había nadie más cercano desde el punto de vista étnico, a mí me sentaron en una mesa llena de mujeres francesas, algunas de ellas miembros del WOW (Women of Wuhan), organización creada por las empleadas y esposas de trabajadores de la Citroën.

Pues estaba yo poniéndome las botas con la comilona que nos habían servido, y haciendo migas con todas aquellas cuarentonas tan majas, cuando, de pronto, vi cómo Charles se acercaba a nuestra mesa con la mirada fijada en mí. Al llegar, a donde estaba yo sentado, me abordó de forma un tanto tajante, y me preguntó, sin apenas ningún rodeo, por qué hacía tanto tiempo que no contactaba con él.

El caso es que un par de meses atrás, habíamos barajado la posibilidad de que le ayudase a traducir la página de su web al español, de modo que su empresa pudiera captar a más estudiantes hispanohablantes. Sin embargo, después de una primera reunión cara a cara con uno de sus agentes de marketing, no volví a recibir llamada ni mensaje alguno, hecho que interpreté como una falta de interés hacia la propuesta.

Después de explicarle la situación, Charles respondió con una efusiva mezcla de sorpresa y alivio, y como se sentía un tanto incómodo por haberse lanzado a pedirme cuentas de ese modo, optó por poner a parir a su agente de marketing, dando lugar a la una conversación que, si no recuerdo mal, fue algo tal que así:

Charles: ¡Perdona hombre! Pensaba que ya no querías colaborar con nosotros.

Jabiertzo: No pasa nada Charles, fue sólo un malentendido. Todavía tengo interés en que trabajemos en ello si tú estás dispuesto.

Charles: Hmmm, todo es culpa de ese tío, Jean (su agente). ¿Sabes? Él estudio en Francia -explicó mientras fruncía el ceño.

Jabiertzo: Oh, es verdad, sí que me lo comentó -Respondí yo mientras desviaba la mirada hacia las mujeres de alrededor, con la esperanza de que Charles se diera cuenta de que hablaban en francés.

Charles: Es lo que pasa, los franceses son así, no te puedes fiar de ellos. Tu lo sabes mejor que nadie, ¿verdad?

Jabiertzo: Buenoooo… Pues no sé… -Mientras notaba cómo se nos clavaban las miradas de las comensales.

Charles: Es un caso perdido, ya está contaminado por la ponzoña esa de los franceses -Siguió vociferando Charles sin siquiera sospechar la que estaba preparando.

Jabiertzo: No pasa nada Charles, cuando quieras nos podemos reunir para hablar de la web -Contesté en un vano intento por dejar el tema francés de lado.

Charles: Ahhh, Francia… A veces hasta me arrepiento de haberle puesto el nombre de Dominique a mi hijo, pero mi mujer se puso tan pesada con eso del romanticismo francés… Total, si luego son de lo más antipático y desagradable, ¿no te parece?

Jabiertzo: Hmmmm, puede que algunos lo sean, sí… -respondí yo al tiempo que barajaba la posibilidad de fingir un mareo o un ataque para que Charles parase de decir barbaridades contra los franchutes.

Charles: Sobre lo de atraer a estudiantes hispanohablantes, he pensado que lo mejor es que te ocupes tú mismo de crear otra web para la academia, pero con toda la información en español.

Jabiertzo: Oh, entiendo, entonces, ¿estás dispuesto a invertir en el proyecto? Sabes que puede costar unos cuantos miles de yuanes, ¿verdad?

Charles: Ah, no, no, no -Respondió el mientras meneaba el dedo índice- Nosotros no vamos a poner ni un yuan en montar la web, pero cuando esté todo en marcha te podemos dar una comisión por cada estudiante que nos llegue de tu página.

Jabiertzo: Vaya, pues no sé que decir, yo no tengo dinero para eso -Le respondí, un tanto decepcionado de descubrir lo que él había entendido por “cooperación”.

Charles: Bueno, no pasa nada, ya hablaremos de ello en otra ocasión. Mándame un correo con una nueva propuesta para el próximo lunes, pero no creas que lo voy a pagar todo yo, ¿comprendes? Ah, y asegúrate de que no incluyes al francés como destinatario.

Jabiertzo: Vale, vale, no te preocupes, ¡hasta pronto! -Exclamé tratando de acelerar su despedida.

Charles: Hasta pronto, no te estorbo más, y ya te dejo sólo con estas atractivas señoritas. ¡Goodbye Ladies! -Añadió el empresario como guinda al pedazo de truño diplomático que acababa de despachar.

Como podéis imaginar, aquella conversación con Charles fue una de las más incómodas y bochornosas que recuerdo de China, aunque tengo que admitir que las señoras francesas mostraron un nivel de clase excepcional al no decir ni mu ante  las burradas que soltó el de Hong Kong.

No obstante, al volver a encontrarme sólo ante todas aquellas personas recién pateadas en su dignidad nacional, tuve la certeza de que la única salida honrosa para mí consistía en poner pies en polvorosa.

Lo cierto es que me dio un poco de rabia tener que dejar aquella mesa llena de manjares y despedirme de aquel evento lleno de personajes interesantes, pero a cambio me llevé una de las anécdotas que más gracia me siguen haciendo, a pesar de que, probablemente, no haya sido capaz de describirla en todo su esplendor.

Supongo que es lo que pasa cuando gente como Charles y como yo, que no contamos con el “habitus” propio del estrato de los expertos internacionales y los diplomáticos, nos colamos en este tipo de encuentros un tanto exclusivos y dados a los refinamientos.

Pero, ¿qué sería de ese tipo de eventos si no ocurriesen historietas transgresoras como estas?

Desde luego, habrá quien imagine a Charles como un exponente del peculiar concepto de etiqueta que maneja buena parte de los profesionales chinos, y quizás no le falte demasiada razón para ello.

Pero a servidor, que se presentó allí con una camisa a cuadros llena de pelotillas, y sin otro interés que el de fisgar y marear al personal con ideas de bombero, la hazaña de Charles se le antoja como un apoteosis de cinismo capaz de destartalar toda esa vanidad que rodea a la imagen que nos hacemos de nuestras identidades personales, colectivas, e incluso nacionales.

Patosidad extrema llevada casi a lo trascendental, o cuanto menos, un episodio de bochorno ajeno con el que consolarse cuando uno cree haber hecho un ridículo espantoso.

5 comentarios en “La exquisitez hecha anécdota”

  1. mostraron un nivel de clase excepcional al no decir ni mu ante las burradas que soltó el de Hong Kong.
    Podrian haber respondido con un “arevoire” asi por lo menos aprenderia a no meter la pata la proxima vez.
    No se si sentias algun tipo de alivio a pensar “menos mal que no estoy metiendo la pata yo”.

    Supongo que los chinos no distinguen el acento frances, del español, o el ingles. Aunque oyese hablar a las francesas tal vez no la identificase aunque se empeñase.

    A los Españoles no suelen confundir con Italianos, aunque para nosotros sea muy evidente, aun hablando español muy bien con acento italiano.
    Los ingles y holandeses se entiende un poco pero ya he oido a griegos preguntar “italiano?” a un español. Me sorprende, porque a los griegos se les distingue bastante de los italianos por ejemplo.

    Madre mia, no perdia oportunidad de meter la pata. XD Si se lo propone no lo consigue, XD.

    1. Efectivamente, amigo Wallebot, no la hubiese cagado más ni aunque lo hubiese intentado a posta. De hecho, por instantes sonaba tan bestia que incluso me planteé que lo hiciese a posta. Pero no, es justo como apuntas, el tío no se dió cuenta del acento, o de que lo que hablaban era francés, y siguió a lo suyo sin la menor idea de la que estaba liando.

      Una razón más por la que merece estar al día con los idiomas, o al menos estar familiarizado con el modo en que suenan los más hablados.

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