Guante de seda, puño de hierro: la relación de China con su propio “Estado Islámico”

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Apenas un día después de los ataques de París, un conocido chino me pasó un enlace a una noticia del pasado mes de julio, cuando Tailandia repatrió a China 109 ciudadanos de etnicidad Uigur, probablemente la minoría más estrechamente ligada al integrismo islámico dentro del gigante asiático.

Los repatriados, denominados “refugiados” por algunos y “terroristas” por otros, fueron acusados por el gobierno chino de intentar viajar a Oriente Medio para unirse a la yihad en países como Turquía, Siria o Irak.

Como era de esperar, diversas organizaciones por los derechos humanos denunciaron la forma de actuar de Tailandia y China, pero es muy posible que estos días muchos franceses y europeos se plantearán la necesidad de semejantes medidas, igual que hicieron los chinos tras ataques recientes como el de Kunming.

Al fin y al cabo, aunque los atentados producidos en países como China no nos causan el mismo estado de preocupación, lo cierto es que este país acumula acumula un historial tanto o más oscuro que el de casi cualquiera de los países europeos más amenazados. Como muestra de ello figuran pesadillas tales como la ocurrida entre el 5 y el 10 de julio de 2009, en los llamados “disturbios de Urumchi“, donde los conflictos entre los han y los uigur se saldaron con 197 víctimas mortales, 156 de ellas civiles y la mayoría de estas últimas de etnicidad han (134), aunque el Congreso Mundial Uigur reivindica que hubo muchas más víctimas uigures que las 11 oficiales, además de cientos de detenidos.

Para quienes no los conozcan, los uigures son considerados un pueblo túrquico, concepto que aglutina principalmente a los hablantes de lenguas de la familia túrquica. No obstante, aunque muchos de estos pueblos también comparten ciertos rasgos históricos y culturales, no forman parte de un mismo grupo étnico. Además, no todos los pueblos túrquicos son musulmanes, y sus rasgos fisiológicos pueden variar mucho en las diversas regiones que habitan.

Es decir, que aunque compartan las raíces de una misma lengua, los turcos y los uigures pueden considerarse a sí mismos como miembros de etnicidades y religiones diferentes, aunque en el caso de los uigures repatriados por Tailandia, parece que se consideraban a sí mismos de nacionalidad turca, y parte de la sociedad turca reaccionó de forma enérgica contra lo ocurrido con ellos.

Por otra parte, los uigures no son la única minoría étnica de China vinculada al islam, y aunque suman una población de más de 10 millones, su número es un poco inferior al de los hui, quienes comparten muchos más elementos de la cultura y la lengua china, hasta tal punto que muchos los consideran como simples han convertidos al islam.

De ahí que la mayoría de los hui se identifiquen con la nacionalidad china y se opongan tanto al separatismo tibetano como al de los uigures, cuestionando y criticando sus deseos de convertir a la provincia de Xinjiang (abajo) -también conocida como Región Autónoma Uigur- en un país independiente.

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Pero además, como suele ocurrir en todo movimiento independentista, los uigures que sueñan con un Turquestán del Este o un Uiguristán libre no acaban de ponerse de acuerdo en el principal elemento aglutinante de su identidad nacional, y mientras unos apelan al sentimiento túrquico, otros reivindican la esencia islámica y, por supuesto, ambos presionan a los uigures que no se sienten lo bastante túrquicos o islámicos.

En suma, desde el punto de vista identitario o cultural, la región uigur cuenta con tanta complejidad como la de cualquiera de las zonas más calientes de Oriente Medio, aunque a toda esa amalgama de diferencias y similitudes étnicas, lingüísticas y religiosas hay que sumar el enorme detonante que supone estar situado en una región con un interés estratégico parejo al del territorio sirio.

No en vano, muchos de los proyectos chinos de expansión económica más cruciales van en dirección este-oeste, y buena parte de ellos pasan por la provincia de Xinjiang, igual que lo hacía la antigua Ruta de la Seda, comunicando el país con vecinos tan importantes a escala geo-política como Rusia, Pakistán y Afganistán.

Sin embargo, como muchos sabréis, la economía está mucho menos desarrollada en el oeste de China, y este es un factor que juega un papel importante en el descontento de los uigures, quienes durante décadas han visto cómo el este se enriquecía mientras su economía quedaba relegada a la agricultura, la ganadería y la extracción de materias primas (Xinjiang también tiene petroleo y otros muchos recursos interesantes).

Por eso, a sabiendas de que los conflictos armados no son un buen ingrediente para la economía local, y con la esperanza de que la prosperidad ablande las aspiraciones de los líderes independentistas uigures, China ha decidido invertir la friolera de 16.300 millones de dólares en construir la Nueva Ruta de la Seda, un ambicioso proyecto en el que Xinjiang jugará un papel fundamental.

Por supuesto, siempre queda la duda de en qué medida beneficiará tal volumen de inversión a los uigures, y aunque así fuese, no está nada claro que una mejora en la calidad de vida termine apaciguando sus aspiraciones políticas y religiosas, ya que, en principio, los uigures islamistas seguirían viviendo en un país que se autoproclama ateo y que limita de forma muy estricta las prácticas religiosas en los espacios públicos, sean del credo que sean.

Y es que, aunque la prosperidad siempre ayuda en una crisis identitaria, es posible que lo que ocurre en Siria o en Xinjiang tenga mucho que ver con el choque o los malentendidos entre diversas formas de entender la modernidad y de ser, o no ser, moderno.

En el caso de China, Japón y la mayoría de países europeos (entre ellos Francia), todo apunta a que avanzan sobre un modelo en el que modernización y secularización van de la mano, aunque hay otros países en los que este paradigma no convence demasiado, y no me refiero solo a los países islámicos, sino también a países tan prósperos y cristianos como los Estados Unidos.

Por otra parte, también es posible que los proyectos de modernización de las principales potencias económicas se hayan realizado a costa de impedir que otros se modernicen, o a base de obligarlos a que se modernicen del modo en que a nosotros nos interesa. O a lo mejor es que hay partes del islam que no casan demasiado bien con la modernización, igual que hay pasajes de la biblia que tuvieron que ser reinterpretadas o ignoradas para dar paso a ese “modo de vida” que hasta hace bien poco dábamos por hecho, y que ahora nos revela su lado más vulnerable.

Sea como fuere, dudo mucho que el ojo por ojo nos ayude a evitar la siempre presente posibilidad del choque de civilizaciones, aunque a veces lo más simple y tentador es reducir al otro a poco menos que un bárbaro, y dejarlo a la suerte de los impulsos con los que detonan las bombas.

3 comentarios en “Guante de seda, puño de hierro: la relación de China con su propio “Estado Islámico””

    1. Cierto Enrique, pero dentro de la antropología hay una tendencia cada vez más fuerte a utilizar el término etnicidad en lugar de etnia, que ha acabado usándose para hacer referencia a las razas. Sé que suena un poco raro el término, pero te aseguro que está al orden del día en cualquier departamento de antropología de España.

      http://www.utp.edu.co/~chumanas/revistas/revistas/rev25/bravo.htm

      http://www.academia.edu/7566308/Concepto_de_etnia_y_etnicidad

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