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La wechatización de la vida en China

Cuando llegué a China por primera vez apenas sabía lo que podía hacer un teléfono inteligente. Era el año 2011 y pese a la turra que me dio todo el mundo con lo útiles y cómodos que eran, hice gala de mi signo navarro y me compré la última patata en telecomunicaciones del pleistoceno. Pero subestimaba la capacidad de convicción de los chinos, quienes no se han convertido en la segunda potencia económica animando a sus paisanos a que se las den de hippie-alternativos. Cuando la sociedad china se pone con algo, es como un tsunami al que, o te subes, o te mete un meneo que a lo mejor no lo cuentas.

Mi cabezonería contra las apps más populares de aquel entonces, como la ya algo viejuna QQ o Weibo, comenzó a resquebrajarse por influencia de mi novia, cómo no. Sé que muchas mujeres chinas tienen fama de controlar el móvil de sus novios, pero este nunca ha sido el caso de Lele ni tampoco, supongo, el de muchos millones de chinas. A ella simplemente le daba pena que fuese tan garrulo en términos de tecnología de la comunicación. Y como mujer inteligente que es, sabía que era el momento de que me apretase el bañador y que, por lo menos, me hiciese con un neumático de camión para aguantar la pedazo de ola que se nos venía encima.

Tras más de un año resistiéndome, finalmente acepté hacerme con un teléfono medio-inteligente de antepenúltimo modelo, y aunque se colgase cada vez que abría un par de aplicaciones, fue suficiente para dar cobijo digital al gran monstruo del Internet chino: Wechat.

Para los que no lo conozcáis, Wechat es a las aplicaciones móviles lo que una navaja suiza a la cubertería clásica. Hace casi todo lo que Whatsapp, Facebook, Twitter y muchas otras redes sociales o aplicaciones útiles para el día a día sin tener que plagar la memoria con innumerables instalaciones. Pero, además, tiene una función “financiera” que permite meterle tus ahorros y utilizarla para pagar cualquier cosa. Y cuando digo cualquier cosa es cualquier cosa, desde una ración de fideos en un puesto ambulante hasta un corte de pelo, pasando por la factura del gas (tales lujos se permite servidor).

Por supuesto, todo esto puede sonar muy cómodo, pero también implica regalar una burrada de datos a una sola empresa que podría llegar a dominar la vida de los chinos incluso en el ámbito político. Pero entremos ya en la cuestión laboral, que es la que más me atañe en estos momentos.

Wechat mola mucho a la hora de buscar trabajo y esto lo saben bien muchos españoles que lo utilizan para contactar con los grupos de emigrados a China y buscar oportunidades. De momento, por  aquí hay bastante trabajo para gente con cierta formación y muchos conocemos a agentes o nos llegan ofertas que podemos compartir con un solo dedazo (¿Con el móvil también se dice click?).

Francamente, es muy fácil entrar a formar parte en grupos y redes que pueden cruzar todo el país y en los que circulan cantidad de oportunidades. Sin embargo, Wechat también se ha convertido en una herramienta muy eficaz para alargar eternamente nuestra jornada laboral y esclavizarnos a ritmo de 24/7.

Ahora bien, en medio todo este enjambre de actividades laborales hay un problema que podría afectar a la carrera desarrollista del gigante asiático y que tiene que ver con la rapidez de sus transformaciones tecnológicas. Y es que, en muchas empresas e instituciones se ha dado el salto a organizarlo casi todo mediante Wechat sin haber asentado una cultura de las relaciones laborales en su sentido clásico, es decir, cara a cara. A mí me parece que esto afecta especialmente a las nuevas generaciones, pero también a las anteriores, ya que los rollos de mejora del ambiente laboral como los conocemos en Occidente empezaron a implantarse a partir de los 80, y solo en muy contadas multinacionales.

Yo vivo esta situación día a día en mi trabajo. Los profesores del departamento apenas nos juntamos y cada vez que lo hacemos me da la sensación de que es la primera vez. Me atrevería a decir que los más jóvenes no han visto nunca el orden del día o el acta de una reunión, y nuestros encuentros son tan ineficientes que no hacen sino echar más leña a la tentación de improvisar el próximo en nuestro grupo de Wechat. ¿Os imagináis a unos profes evaluando el progreso de sus estudiantes por Whatsapp? ¿O discutiendo sobre las materias del programa de grado desde su móvil? Pues eso.

Y si la comunicación en persona ya es complicada entre colegas de culturas tan diferentes, imaginaos lo desesperante que puede llegar a ser si encima le restamos todo el contexto comunicativo no verbal. ¡Sálvese quien pueda!

Pero lo peor es que los estudiantes también se nos están viciando al aspecto más incomunicativo de esta tecnología. Pues aunque Wechat puede ser muy útil para compartir materiales u organizar ciertas actividades, al final te das cuenta de que muchos alumnos se conforman con expresarse digitalmente y desde la “seguridad” de su nick en lugar de hacerlo durante la clase. Como si los estudiantes chinos no tuviesen suficientes problemas de timidez y falta de autoestima.

En fin, así nos las gastamos por esta barriada de Eurasia, a la que muchos ven como todo un referente de la sociedad global que se nos viene encima. Espero que el tsunami os pille confesados. Yo creo que voy a tener que pasarlo por debajo.

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