Luciérnagas cibernéticas

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Hace unas semanas, un colega de la Universidad de Jilin nos invitó a mi mujer y a mí a participar en uno de los eventos que más perplejo me han dejado en lo que llevo como investigador social en China, y eso que durante estos años he sido testigo y he participado en rituales y tradiciones que poco o nada tienen que ver con lo habitual en mi sociedad de origen.

Lo que vi aquel día sobrepasó mi concepción de lo “exótico”, ya que carecía casi de cualquier elemento propio del folklore chino y extraño a ojos de Occidente, aunque la forma de organizar, utilizar e interpretar dichos elementos -la mayoría fruto de la modernidad y la tecnología avanzada- me pareció prácticamente alienígena.

En principio, todo era muy simple. Se trataba de un encuentro de tarde-noche organizado en la pista de atletismo del campus con el fin de promover la actividad física o el deporte. Esto es lo que nos contó mi amigo, y con esa idea nos presentamos en el lugar de la cita.

Al llegar, nos encontramos con dos filas intermitentes de tubos luminiscentes colocados en la circunferencia interior y exterior de la pista que vibraba con destellos verdes, rojos y azules. En el interior del recinto, se reunían cientos de jóvenes y no tan jóvenes con su atención parcialmente posada sobre las gradas del estadio, también invadidas por los tubos de colores, y en las que se había instalado una batería y un par de amplificadores.

Cerca de las gradas, dos pequeñas carpas con un logotipo naranja se encargaban de ofrecer algún bien o servicio todavía desconocido para nosotros. A medida que nos acercamos, acompañados por los ritmos tímidos del batería, descubrimos que el cebo consistía en una aplicación gratuita para móvil, cuya instalación iba premiada con un tubo, un collar o una pulsera de luces para el disfrute personal.

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Obviamente, servidor es fan de todo lo que sea gratis y no haga pupa, pero también es un poco celoso en lo relativo a instalar cualquier cosa en su hardware de uso diario, así que decidí preguntar un poco más antes de unirme a la avalancha de estudiantes que se formó en cuanto los altavoces anunciaron la oferta.

-“¿Una aplicación para qué?”-preguntamos mi mujer y yo a una de las organizadoras del evento. “Es como una agenda en la que puedes organizar y compartir tu actividad física”-respondió la chica mientras nos invitaba (en vano) a probarla.

Una vez instaladas las aplicaciones y vaciadas las cajas de regalos, se dio paso a un par de actuaciones musicales apenas ensayadas que cumplieron la función de entretener a los participantes hasta que el sol se escondiese y los apéndices de luz surtiesen el efecto ambiental esperado.

Entonces, con el zumbido de los altavoces acoplados de fondo, uno de los organizadores agarró el micrófono y soltó una especie de discurso con guiños a ese espíritu colectivo tan recomendado por el PCCh, repetidas menciones a la empresa creadora de la aplicación, y una pequeña oda al ejercicio físico que por poco me provoca un aneurisma ideológico.

No sé si fue por lo desconcertante que me resultó tanto el mensaje enviado como su contexto, o por saber que ese mismo estadio celebra cada nuevo curso con un desfile militar compuesto por estudiantes recién llegados, pero en ese momento me vinieron a la cabeza las psicotrópicas e inarmónicas escenas de Apocalypse Now que transcurren en el puente de Do Long.

Mientras los cientos de participantes se echaban a caminar y trotar con total naturalidad e incluso algo de entusiasmo, traté de dejar de lado mi incomprensión y retratar el momento jugando con el tiempo de exposición de mi cámara, que reveló unas instantáneas un tanto efectistas, aunque bastante fieles a la impresión que me dejó el evento.

Tras pasar un rato disparando fotos a los corredores, volví la atención sobre las gradas, en las que comenzó a sonar otra banda de jóvenes aficionados. Desgraciadamente, apenas durante la segunda versión, uno de los amplificadores sufrió una avería y arruinó la ya de por sí precaria calidad de sonido del concierto, aunque nadie se quejó ni dejó de recorrer el curioso circuito de luciérnagas cibernéticas.

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Cuando íbamos de camino a casa, charlé un poco sobre el evento con mi mujer, a la cual ya he contagiado la afición por neuras sociológicas del tipo:

¿Estábamos ante un acto surgido de la voluntad de los estudiantes, de sus líderes en el partido, o de un grupo de emprendedores?

A mí me parecía, y me sigue pareciendo, que el fenómeno que acabábamos de presenciar era una manifestación de las serias dificultades de los universitarios a la hora de organizar actividades de ocio más o menos creativas sin que caigan en los roñosos procesos de burocratización y control del PCCh, sin que la tecnología acabe interponiéndose en el trato directo, o sin tener que recurrir al patrocinio de empresas, siempre bienvenidas a unos campus más que hambrientos de recaudación.

Pero mientras yo optaba por contrastar esta falta de libertad y autogestión de los jóvenes chinos con la que disfrutan sus homólogos en Europa, mi mujer veía el vaso medio lleno y opinaba que ese tipo de experimentos podrían llevar a formas de organización menos controlables en el futuro próximo.

Todavía tenemos nuestras diferencias al respecto, pero en lo que sí coincidimos es que todavía nos cuesta mucho explicar con palabras lo que se vivió en el estadio del campus durante aquella noche.

3 comentarios en “Luciérnagas cibernéticas”

  1. Hola!
    Me encantan tus posts y tu blog.Fui en abril a Pekin una semana xq habia sido invitada a una boda china y vovi enamorada de la ciudad y de la cultura China en la que quiero profundizar asi que todos tus post me interesan mucho, gracias por escribirlos!
    Bss desde Madrid!
    Marga

    1. Hola Marga,

      me alegro mucho de saber que te gusta el blog, y no te preocupes, que todavía seguiré dando la lata con nuevos escritos.

      Recibe mi mejor saludo,

      Javier

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